Información
Iuno
Iuno VA
Chino: Jiang Yingjun
Japonés: Lynn
Coreano: Yoon Eun Seo
Inglés: Ella Boyes
Informe de Examen Forte de Iuno
Poder de Resonancia
Estancamiento, ciclo, renovación
Informe de Evaluación de Resonancia
[Extracto del registro de Sacerdotisa , Templo Tetrágono]
Esta entrada concierne a la 127.ª sacerdotisa del Templo Tetrágono, conocida como Iu▇.
Nació en la noche en que la luna se hundió bajo el horizonte. Como Resonadora congénita , se dice que sus ojos poseen el poder de ▇▇▇▇.
Su marca tácita se ubica en la parte superior de su pie izquierdo. Cuando activa su Forte, construcciones de energía ▇▇ con la forma de fases lunares se manifiestan a su alrededor, y las puntas de su cabello se vuelven translúcidas, irradiando un resplandor suave que es casi indistinguible de la luz lunar de verdad.
El análisis espectral de resonancia revela que su Forte se alinea extraordinariamente cerca del patrón de frecuencia del astro lunar, exhibiendo una modulación continua similar a las fases. Drásticamente, hace tres años, su Forte pareció ▇▇▇▇. Se volvió capaz de an▇ y mani▇, permitiéndole dar forma a la luz lunar en flechas sólidas que pueden revelar monstruos marcados ocul▇ en la Marea Oscura .
Cuando archivamos esta entrada, la Anciana Lillibet nos pidió verificarla múltiples veces. Por extraño que parezca, nadie pudo recordar quién la había escrito en primer lugar. Y más extraño aún es que nadie parece recordar a la sacerdotisa descrita aquí. ¿Podría una sacerdotisa tan poderosa haber existido realmente? ¡De alguna manera, este registro surgido de la nada parece haber sido escrito por la propia luz lunar!
Informe de Diagnóstico de Overclock
[Extracto del Registro de Sacerdotisa , Templo Tetrágono]
Esta entrada concierne a la 127.ª sacerdotisa del Templo Tetrágono.
La forma de onda de esta sacerdotisa permanece en gran medida dentro de parámetros controlables, sin señales de riesgo de Overclock . Sin embargo, se han observado múltiples interrupciones de duraciones variables, acompañadas de una disminución gradual y constante en su frecuencia. Esto sugiere un posible agotamiento a largo plazo, aunque la causa subyacente es desconocida. La sacerdotisa ha rechazado exámenes adicionales y muestra una disposición limitada a participar en indagaciones más profundas sobre el asunto.
Está claro que ella sabe mucho más sobre su propia condición de lo que deja entrever, pero si esta forma de onda continúa disminuyendo más allá del rango controlable, o incluso a cero... ¿qué podría pasar entonces?
¿Realmente no tiene miedo? ¿O ya sabe cómo solucionarlo?
Objetos Apreciados y Favores de Iuno
Renacimiento quebrado
Una rama rota que brotó de una herida fracturada. Se parece a la rama de Lunarum que una vez formaste en el caos. Sin embargo, con el arco de Iuno ya forjado, una rama perfecta ya no tiene tanto significado. Soportando todos los embates del destino, ya no es una ofrenda para un sacrificio, sino una simple rama: indefinida, sin cargas, libre.
La única diferencia es que ahora Iuno y tú por fin la podéis ver crecer en paz, en un futuro por escribir más allá del final.
Un brote fresco encaja con un nuevo inicio, uno enraizado en la esperanza.
Toque de incertidumbre
Estos dados asimétricos e irregulares pertenecen a Iuno.
Los septimontinos buscan la diversión en los juegos competitivos, ya sea en el espectáculo de los enfrentamientos entre gladiadores o en la emoción de una apuesta informal. Iuno no es distinta, pero prefiere la serendipia a la monotonía.
Empezando con un simple dado de doce caras, ella continúa añadiendo nuevas restricciones y recompensas a sus juegos de azar. Dados extraños emergen uno tras otro, cada uno vinculado a su propio jueguecito. Con caras irregulares y símbolos que aparecen con distintas probabilidades, el sesgo está más que claro. Pero con las mismas reglas y los mismos dados, ambos jugadores corren los mismos riesgos. La imparcialidad del juego permanece intacta.
En realidad, es así como ella le da algo de chispa a una larga e incierta batalla. Al mantener los resultados alejados del poder de predicción, resiste los tirones de la inevitabilidad.
Permanencia medida en momentos
Una cámara instantánea y un puñado de fotos en las que aún se percibe la silueta de Iuno.
El dispositivo, que llegó a Septimont de la mano de los Montelli, captó rápidamente el interés de Iuno. No tardó en encontrar en él un propósito silencioso: capturar momentos fugaces de alegría, de pena y de conexión con otros, y preservarlos en estas delicadas imágenes.
Cada foto se convirtió en un pequeño acto de desafío frente al efecto secundario de su habilidad de anclaje, el cual difuminaba su presencia en los recuerdos de quienes la rodeaban. Y, con el tiempo, pasó a ser su forma de prepararse para lo inevitable: el instante en el que desaparecería completamente.
Aunque aquellos que alguna vez la miraron la hayan olvidado, aunque las imágenes se hayan empezado a desvanecer, lo que se capturó aún permanece. Por muy borrosos que estén, esos bellos momentos fueron reales. Ocurrieron y son prueba de su existencia.
Historia de Iuno
Al principio, cerró los ojos
Iuno se despierta como sacada de las profundidades del agua.
El aire le llena los pulmones poco a poco. Los escalones de piedra bajo sus pies son fríos y firmes. Cada nueva sensación la sorprende. Demasiado vívidas y reales. Desaparecer significa no dejar rastro. El pasado, el presente, todo lo que podía haber sido... No hay más que silencio. Había aceptado pagar ese precio, desaparecer. Entonces, ¿por qué, como un resto hundido y empapado, sigue ahí?
De hecho, ni siquiera sabe dónde se encuentra. Todo a su alrededor parece normal, pero arrastra una pesada y lenta carga, como si el tiempo pudiera detenerse en cualquier instante. Solo el camino persiste bajo sus pies. Está húmedo y agrietado, pero resiste. Así que camina. Siente cada paso como andar sobre huesos fríos que la conducen hacia lo desconocido.
Sigue caminando.
Eso era lo que Iuno solía hacer de niña. Caminaba sobre rocas, musgo, pétalos, incluso a través de burbujeantes manantiales. Nunca necesitaba un motivo ni le buscaba el sentido. Simplemente no podía estarse quieta. Solo la idea de lugares inexplorados y cosas por probar la llenaba de alegría. Quería sentirlo todo.
Su madre, Sibylla, era quizás la única que de verdad sabía cómo educar a una niña así: de espíritu libre, indómita, pero jamás arrogante. Sibylla no le impuso ninguna regla nobiliaria. Dejó que Iuno corriera libre y abrazara sus anhelos. Nunca hubo un único camino. Cualquiera que Iuno escogiese, su madre la esperaba al final.
Aquel día empezó como cualquier otro. La pequeña Iuno corrió escaleras arriba y se lanzó directa a los brazos de su madre. Sibylla se inclinó para estrecharla, posó la mano sobre su nuca y dijo con voz cálida: «Mi Iuno lo ha hecho de maravilla, como siempre». Pues claro que sí. Iuno parpadeó orgullosa. La AncianaLillibet había dicho que sería la sacerdotisa más prodigiosa que Septimont hubiera conocido jamás. Pero... ¿por qué tenía que ser sacerdotisa? ¿Por qué no podía destacar en otra cosa?
Por aquel entonces, Iuno aún sentía una curiosidad pura e inocente por las profecías. Era demasiado joven para comprender que ser favorecida por el destino acarreaba un precio.
Y el destino se cansó de esperar.
La sonrisa de Iuno se paralizó. Vio a su madre deshacerse, desmoronarse. Su carne se desprendió como cera derretida. La oscuridad la carcomía, pero lo que brotó no fue sangre. Era más oscuro y denso que la mismísima noche, y avanzaba como si fuera a inundar los ojos de Iuno en cualquier momento.
Retrocedió tambaleante y cerró los ojos con fuerza. Era demasiado oscuro y frío, estaba demasiado cerca. Temblando, se aferró a la manga de su madre y, cuando se obligó a abrir los ojos de nuevo, todo había vuelto a la normalidad. La marea del destino la había arrollado de forma súbita e inesperada. Y, con la misma celeridad, había retrocedido dejando solo una tenue huella.
Habló sin cesar de lo que nunca vio realmente aquel día, una y otra vez. Y su madre solo sonreía y le acariciaba el cabello. «Ya está, cariño. Has visto suficiente».
Tiempo después, en una operación de apoyo, laMarea Oscura engulló a su madre y la ahogó en la eterna inmundicia. Sus palabras de consuelo se hundieron con ella y no resurgieron jamás. Iuno revivió aquel día una y otra vez. ¿Cuándo había comenzado la materia gris calcificada a invadir el cuerpo de su madre? ¿Cuándo empezó a fluir la oscuridad? ¿Sería esa la clave?
«Si lo hubiera sabido..., ¿podría haberla salvado?».
«¿Y si... no hubiera cerrado los ojos?».
La joven Iuno se detiene de nuevo en los escalones de piedra y mira hacia atrás. Abre los ojos de par en par, tratando de grabar la parte que falta en su memoria. Pero incluso ahora, en ese reino desprovisto de realidad, no ve nada.
«Una oportunidad más».
Su voz es apenas un susurro, como si deseara disolverse en el aire húmedo. Quizás habla consigo misma. Quizás con algo completamente distinto.
«Solo dame una oportunidad más... Déjame verlo».
Pero el destino nunca mira hacia atrás. Solo persiste el camino a sus pies, pavimentado con capas de huesos, atrayendo a una figura sombría con cada paso.
Es ella misma. Iuno avanza poco a poco, dejando atrás el lugar donde su madre siempre la espera y avanzando hacia la versión más joven de sí misma. La atracción es casi paralizante. Puede que pronto vuelva el silencio total, pero no importa. Aún hay tiempo para una respuesta.
La han sacado de las profundidades. Y, en ese breve instante, decide traer algo a la superficie consigo.
Iuno se arrodilla. La niña ante ella tiene los ojos húmedos y las pestañas temblorosas, como si fueran a cerrarse de nuevo. Ella extiende la mano y toca suavemente sus pequeños párpados.
«No los cierres, no lo hagas».
«No importa cuán oscuro, cuán frío, cuán cerca... No los cierres».
De repente, el viento se alza. Sopla de la nada, a través de las torres más altas, entre los árboles bajos, y se detiene, justo ahí, sobre los escalones. Justo lo necesario para secarle a Iuno el borde de los ojos.
El aire le llena los pulmones poco a poco. Los escalones de piedra bajo sus pies son fríos y firmes. Cada nueva sensación la sorprende. Demasiado vívidas y reales. Desaparecer significa no dejar rastro. El pasado, el presente, todo lo que podía haber sido... No hay más que silencio. Había aceptado pagar ese precio, desaparecer. Entonces, ¿por qué, como un resto hundido y empapado, sigue ahí?
De hecho, ni siquiera sabe dónde se encuentra. Todo a su alrededor parece normal, pero arrastra una pesada y lenta carga, como si el tiempo pudiera detenerse en cualquier instante. Solo el camino persiste bajo sus pies. Está húmedo y agrietado, pero resiste. Así que camina. Siente cada paso como andar sobre huesos fríos que la conducen hacia lo desconocido.
Sigue caminando.
Eso era lo que Iuno solía hacer de niña. Caminaba sobre rocas, musgo, pétalos, incluso a través de burbujeantes manantiales. Nunca necesitaba un motivo ni le buscaba el sentido. Simplemente no podía estarse quieta. Solo la idea de lugares inexplorados y cosas por probar la llenaba de alegría. Quería sentirlo todo.
Su madre, Sibylla, era quizás la única que de verdad sabía cómo educar a una niña así: de espíritu libre, indómita, pero jamás arrogante. Sibylla no le impuso ninguna regla nobiliaria. Dejó que Iuno corriera libre y abrazara sus anhelos. Nunca hubo un único camino. Cualquiera que Iuno escogiese, su madre la esperaba al final.
Aquel día empezó como cualquier otro. La pequeña Iuno corrió escaleras arriba y se lanzó directa a los brazos de su madre. Sibylla se inclinó para estrecharla, posó la mano sobre su nuca y dijo con voz cálida: «Mi Iuno lo ha hecho de maravilla, como siempre». Pues claro que sí. Iuno parpadeó orgullosa. La Anciana
Por aquel entonces, Iuno aún sentía una curiosidad pura e inocente por las profecías. Era demasiado joven para comprender que ser favorecida por el destino acarreaba un precio.
Y el destino se cansó de esperar.
La sonrisa de Iuno se paralizó. Vio a su madre deshacerse, desmoronarse. Su carne se desprendió como cera derretida. La oscuridad la carcomía, pero lo que brotó no fue sangre. Era más oscuro y denso que la mismísima noche, y avanzaba como si fuera a inundar los ojos de Iuno en cualquier momento.
Retrocedió tambaleante y cerró los ojos con fuerza. Era demasiado oscuro y frío, estaba demasiado cerca. Temblando, se aferró a la manga de su madre y, cuando se obligó a abrir los ojos de nuevo, todo había vuelto a la normalidad. La marea del destino la había arrollado de forma súbita e inesperada. Y, con la misma celeridad, había retrocedido dejando solo una tenue huella.
Habló sin cesar de lo que nunca vio realmente aquel día, una y otra vez. Y su madre solo sonreía y le acariciaba el cabello. «Ya está, cariño. Has visto suficiente».
Tiempo después, en una operación de apoyo, la
«Si lo hubiera sabido..., ¿podría haberla salvado?».
«¿Y si... no hubiera cerrado los ojos?».
La joven Iuno se detiene de nuevo en los escalones de piedra y mira hacia atrás. Abre los ojos de par en par, tratando de grabar la parte que falta en su memoria. Pero incluso ahora, en ese reino desprovisto de realidad, no ve nada.
«Una oportunidad más».
Su voz es apenas un susurro, como si deseara disolverse en el aire húmedo. Quizás habla consigo misma. Quizás con algo completamente distinto.
«Solo dame una oportunidad más... Déjame verlo».
Pero el destino nunca mira hacia atrás. Solo persiste el camino a sus pies, pavimentado con capas de huesos, atrayendo a una figura sombría con cada paso.
Es ella misma. Iuno avanza poco a poco, dejando atrás el lugar donde su madre siempre la espera y avanzando hacia la versión más joven de sí misma. La atracción es casi paralizante. Puede que pronto vuelva el silencio total, pero no importa. Aún hay tiempo para una respuesta.
La han sacado de las profundidades. Y, en ese breve instante, decide traer algo a la superficie consigo.
Iuno se arrodilla. La niña ante ella tiene los ojos húmedos y las pestañas temblorosas, como si fueran a cerrarse de nuevo. Ella extiende la mano y toca suavemente sus pequeños párpados.
«No los cierres, no lo hagas».
«No importa cuán oscuro, cuán frío, cuán cerca... No los cierres».
De repente, el viento se alza. Sopla de la nada, a través de las torres más altas, entre los árboles bajos, y se detiene, justo ahí, sobre los escalones. Justo lo necesario para secarle a Iuno el borde de los ojos.
Te ofrezco la amargura de alguien que contempla la luna
Iuno despierta de nuevo como si la hubiesen sacado de las profundidades marinas.
Desde que se encontró con su yo más joven por primera vez y le dio una respuesta, Iuno ha empezado a revivir más y más de estos extraños despertares.
A veces, ve el pasado. Otras, se ve a sí misma. Pero, con más frecuencia, se obliga a revivirlo todo tal cual, experimentando el recuerdo como si fuera el presente, una y otra vez, hasta que todo se ralentiza, hasta que el silencio la engulle por completo, hasta que llega el siguiente despertar.
Se acostumbra al ciclo. Empieza a sentirse casi normal. Pero, aun así, una sensación absurda persiste. Nadie más recuerda estos momentos despojados de sentido que ahora se aferran a la que decidió desaparecer. Solo ella ha sido condenada a cargarlos en un ciclo interminable. ¿Acaso era una broma cruel del destino? ¿O un castigo por esfumarse?
No halla respuesta. Está despierta de nuevo, y eso significa que otro fragmento del pasado la ha alcanzado.
Aquel día, la lluvia era intensa y gélida, pero no impidió que la multitud se congregara en el Templo Tetrágono. Habían acudido a presenciar la llegada de la esperada niña prodigio, quien pronto se uniría a las filas de lassacerdotisas . Ese día, Iuno oyó más que nunca sobre las sacerdotisas: asombro, veneración y rumores fantásticos. Algunos afirmaban que las sacerdotisas podían contemplar la verdad definitiva y hallar la perfección oculta en la desesperación en sus últimos instantes.
Al fin y al cabo, las sacerdotisas eran las que más cerca estaban del destino, del futuro, de lo desconocido y del camino correcto. Con eso bastaba para despertar la envidia. Pero para Iuno, la mitad de esas afirmaciones eran mentira. Y la otra mitad, alucinaciones. Porque la noche anterior, mientras descansaba en el jardín con las demás, había presenciado la muerte de una sacerdotisa.
Una paloma blanca se había aterrizado bajo el viejo laurel. El aleteo de sus alas apenas cubría el sonido de unos estertores que se apagaban. La sacerdotisa moribunda se volvió hacia ella, con la voz débil, y susurró:
«Tú... no eres como nosotras. Naciste con la capacidad de ver. Ve, pues. Hazlo por nosotras».
«Lo haré», respondió Iuno de forma casi inaudible.
Eso era algo que ella podía hacer, pero quien escuchó su promesa jamás viviría para verla cumplida. Incluso quienes caminan junto al destino, al futuro y a lo desconocido no siempre son más fuertes que los demás. No siempre pueden ver su propio final. Y también anhelan una respuesta.
La profecía es una cadena y, a su vez, una llave. Iuno quiere empuñar la llave. Pero, si puede, también desea romper la cadena. Por eso eligió convertirse en sacerdotisa, para no estar atada a expectativas o ideales ajenos.
Aquel día, no vistió la túnica ceremonial, sino una antigua prenda con adornos de raso y oro. No como suplicante del destino, sino como alguien que se atreve a mirarlo de cara. Dio un paso al frente, candelabro en mano.
Unos murmullos se extendieron entre la multitud. Uno de los ancianos, aferrado a la tradición, masculló con desdén:
«Qué insolente... ¿Cómo puede tener tanta falta de humildad?».
Iuno lo oyó y, por primera y última vez, respondió:
«Quien ve no tiene por qué arrodillarse».
Levantó la cabeza. Sus ojos de un gris azulado, bañados por la luz que se filtraba desde la alta cúpula del templo, eran afilados como cuchillas y brillaban como si desearan abrir algo en canal.
Tras aquel día, dio comienzo su largo e interminable camino a través de la marea del caos, y se adentró en lo desconocido en busca de claridad. Vio el futuro en más ocasiones. Visiones fragmentadas, aterradoras e ineludibles. Transmitió aquellas visiones. Quienes las recibieron trataron sus palabras como escritura, una esperanza a la que aferrarse. Pero Iuno veía más allá. Eran solo destellos, rayos efímeros del destino que se escapaban por las grietas.
Y cuanto más veía, más se daba cuenta de que estas visiones eran como cuchillas. Si no las empuñabas para diseccionar algo, sufrirías los cortes en tu propia piel.
Desde entonces, Iuno nunca más ha cerrado los ojos. Pero en lo más profundo, empieza a sentir que algo la está desgarrando a ella.
Quizás sea un recuerdo.
O el nombre por el que la llaman.
O puede que solo sea un pedazo de sí misma que se desvanece cada vez más al mirar demasiado de cerca el mundo.
Aun así, no tiene miedo.
De pie frente al viento de Septimont, la lluvia se aferra a sus pestañas como hilos de plata.
La AncianaLillibet le dijo una vez que había nacido para verlo todo. Y así ha sido. Pero ahora quiere ver más allá:
Ver si puede alejarse de la hoja y vivir para alcanzar un lugar más lejano.
Desde que se encontró con su yo más joven por primera vez y le dio una respuesta, Iuno ha empezado a revivir más y más de estos extraños despertares.
A veces, ve el pasado. Otras, se ve a sí misma. Pero, con más frecuencia, se obliga a revivirlo todo tal cual, experimentando el recuerdo como si fuera el presente, una y otra vez, hasta que todo se ralentiza, hasta que el silencio la engulle por completo, hasta que llega el siguiente despertar.
Se acostumbra al ciclo. Empieza a sentirse casi normal. Pero, aun así, una sensación absurda persiste. Nadie más recuerda estos momentos despojados de sentido que ahora se aferran a la que decidió desaparecer. Solo ella ha sido condenada a cargarlos en un ciclo interminable. ¿Acaso era una broma cruel del destino? ¿O un castigo por esfumarse?
No halla respuesta. Está despierta de nuevo, y eso significa que otro fragmento del pasado la ha alcanzado.
Aquel día, la lluvia era intensa y gélida, pero no impidió que la multitud se congregara en el Templo Tetrágono. Habían acudido a presenciar la llegada de la esperada niña prodigio, quien pronto se uniría a las filas de las
Al fin y al cabo, las sacerdotisas eran las que más cerca estaban del destino, del futuro, de lo desconocido y del camino correcto. Con eso bastaba para despertar la envidia. Pero para Iuno, la mitad de esas afirmaciones eran mentira. Y la otra mitad, alucinaciones. Porque la noche anterior, mientras descansaba en el jardín con las demás, había presenciado la muerte de una sacerdotisa.
Una paloma blanca se había aterrizado bajo el viejo laurel. El aleteo de sus alas apenas cubría el sonido de unos estertores que se apagaban. La sacerdotisa moribunda se volvió hacia ella, con la voz débil, y susurró:
«Tú... no eres como nosotras. Naciste con la capacidad de ver. Ve, pues. Hazlo por nosotras».
«Lo haré», respondió Iuno de forma casi inaudible.
Eso era algo que ella podía hacer, pero quien escuchó su promesa jamás viviría para verla cumplida. Incluso quienes caminan junto al destino, al futuro y a lo desconocido no siempre son más fuertes que los demás. No siempre pueden ver su propio final. Y también anhelan una respuesta.
La profecía es una cadena y, a su vez, una llave. Iuno quiere empuñar la llave. Pero, si puede, también desea romper la cadena. Por eso eligió convertirse en sacerdotisa, para no estar atada a expectativas o ideales ajenos.
Aquel día, no vistió la túnica ceremonial, sino una antigua prenda con adornos de raso y oro. No como suplicante del destino, sino como alguien que se atreve a mirarlo de cara. Dio un paso al frente, candelabro en mano.
Unos murmullos se extendieron entre la multitud. Uno de los ancianos, aferrado a la tradición, masculló con desdén:
«Qué insolente... ¿Cómo puede tener tanta falta de humildad?».
Iuno lo oyó y, por primera y última vez, respondió:
«Quien ve no tiene por qué arrodillarse».
Levantó la cabeza. Sus ojos de un gris azulado, bañados por la luz que se filtraba desde la alta cúpula del templo, eran afilados como cuchillas y brillaban como si desearan abrir algo en canal.
Tras aquel día, dio comienzo su largo e interminable camino a través de la marea del caos, y se adentró en lo desconocido en busca de claridad. Vio el futuro en más ocasiones. Visiones fragmentadas, aterradoras e ineludibles. Transmitió aquellas visiones. Quienes las recibieron trataron sus palabras como escritura, una esperanza a la que aferrarse. Pero Iuno veía más allá. Eran solo destellos, rayos efímeros del destino que se escapaban por las grietas.
Y cuanto más veía, más se daba cuenta de que estas visiones eran como cuchillas. Si no las empuñabas para diseccionar algo, sufrirías los cortes en tu propia piel.
Desde entonces, Iuno nunca más ha cerrado los ojos. Pero en lo más profundo, empieza a sentir que algo la está desgarrando a ella.
Quizás sea un recuerdo.
O el nombre por el que la llaman.
O puede que solo sea un pedazo de sí misma que se desvanece cada vez más al mirar demasiado de cerca el mundo.
Aun así, no tiene miedo.
De pie frente al viento de Septimont, la lluvia se aferra a sus pestañas como hilos de plata.
La Anciana
Ver si puede alejarse de la hoja y vivir para alcanzar un lugar más lejano.
Incertidumbre, riesgo, derrota
Antes de que la Marea Alta se desatara, Iuno fue la primera en prever el devastador futuro.
Las ominosas criaturas que surgían de la marea eran tan oscuras como una noche sin luna. Losgladiadores luchaban con todas sus fuerzas, pero era en vano. Cada vez que sus armas trataban de perforar las criaturas de la Marea Oscura, estas se dispersaban y se fundían de nuevo con la marea. Y de aquella fusión, renacían. Todo lo que dejaban a su paso era un rastro de lodo reluciente a los pies de los gladiadores.
Hay cosas en este mundo que no se doblegarán a tu voluntad, aunque las veas venir con claridad.
Esa noche, Iuno apenas durmió. En sus sueños, no eran las criaturas las que se ahogaban en la Marea Oscura, sino ella misma. La marea le engullía la boca y la nariz, arrastrándola centímetro a centímetro. Nunca supo cuán profunda era. Cuando sus pies por fin tocaron el fondo, su mirada se encontró con una versión más fría y afilada de sí misma, de pie al otro lado.
«¿De verdad crees que ver es salvar?».
La otra Iuno sonrió. En sus ojos se reflejaban incontables versiones de una Septimont destrozada: quemada, hundida, reconstruida y en ruinas de nuevo.
«Puedes verlos a todos… excepto a ti misma».
Iuno intentó responder, pero no emitió ningún sonido.
La Marea Oscura seguía revolviéndose en las mesetas. Los gladiadores cargaban una y otra vez sin éxito alguno. Más y más gente se reunía alrededor del Templo Tetrágono, a la espera de que ella y las demás sacerdotisas ofrecieran alguna profecía, algo útil. Hablaron de hallar el fin buscando el origen, de alterar los resultados entendiendo las causas. Querían dar forma a un destino mejor, pero Iuno se vio incapaz de hablar. Vio a su madre justo antes de que la Marea Oscura se la tragara. Vio edificios derrumbarse, a multitudes dispersándose, y toda flecha que salía disparada de su arco acababa engullida en la oscuridad antes de alcanzar su objetivo.
Nada había cambiado. Iuno podía ver, pero eso era lo único que el destino le había permitido.
Otra noche en blanco. Iuno volvía a estar sentada en su mesa de adivinación. El agua ondeaba. En medio del silencio, creyó oír un susurro.
«Puedes verlo todo, pero... si lo único que haces es mirar, ¿en qué te convierte eso?».
En un instante, le vinieron a la mente todos los fragmentos de futuro que había predicho. Muros de piedra grabados con conocimiento la rodeaban. Pergaminos rebosantes de profecías se desenrollaron. Hilos formados por la luz del destino se enredaron a su alrededor. Y, cuando alzó la vista, vio el punto donde todo convergía. Vio la luna reflejada en lo alto, lo único que alguna vez la había ayudado a orientarse. Quizás eso fuera lo más cercano al destino profundo e insondable.
Nunca le había dado respuestas, pero esta vez no necesitaba ninguna.
«Si no puedo cambiar lo que veo..., deja que lo destruya».
Entonces, alzó la mano y lo cercenó todo. Concentró todo el poder que podía blandir y, con una sonrisa desafiante e imprudente, disparó la flecha hacia abajo.
La flecha acertó sin fanfarria y, en aquel momento, el camino de la Marea Oscura que había estado oculto quedó clavado entre Septimont y el destino. Por primera vez, los monstruos no se escabullían sin ser vistos, sino que acababan destrozados por la luz azulada y blanquecina.
Pero ¿a qué precio? Tras la batalla, en un campamento en las mesetas, la gente alzaba sus vasos con alivio. El fuego restallaba, las voces se superponían unas a otras y la celebración se animaba cada vez más. Iuno se mantuvo al margen, lejos de las llamas más brillantes.
Hasta que alguien se dio cuenta de su presencia.
«¿Y esa quién es?».
«¿Me lo preguntas en serio? Es la sacerdotisa esa... Un momento, ¿cómo se llama? ¿Iuno?».
«¿La sacerdotisa Iuno? ¿Te refieres a aquel prodigio del que todo el mundo hablaba?».
«Qué raro. Casi ni me suena el nombre».
Un joven gladiador se le acercó titubeante. Levantando su vaso con educación, dijo con voz indecisa: «Tú... Tú estabas con nosotros antes, ¿verdad? Ven, únete a la celebración».
Iuno alzó las cejas y no dijo nada. Simplemente, elevó su vaso y lo chocó suavemente contra el del joven.
Más tarde, lejos del alcance de la luz, se sentó a solas al lado del lago. Con la barbilla apoyada en las rodillas, escondió su risa con el brazo. Echó la vista atrás, hacia el camino que había tomado y hacia las sombras que la habían seguido. Algunas estaban difuminadas, pero otras ya se habían quebrado. Oía a gente que la llamaba, pero nadie lo hacía por el nombre. Vio cómo ojos que una vez se habían encontrado con los suyos ahora se apartaban, confusos y extrañados. Hacía muy poco que, al compartir la profecía, la habían llamado «Iuno» sin albergar duda alguna. Habían estado a su lado antes de que las flechas volaran. Y, aun así, todo por lo que habían pasado y sobrevivido se estaba desvaneciendo.
Iuno acarició la superficie del lago con la punta de los dedos, creando ondas que rompían los reflejos. Se vio a sí misma en el agua. El contorno era nítido, pero había algo siempre velado. Intentó tocar ese rostro, pero, en cuanto sus dedos lo rozaron, el reflejo se estremeció como tratando de escapar.
«No huyas», dijo Iuno riéndose. «¿Ni siquiera tú me reconoces ahora?».
La superficie se agitó, como si el reflejo susurrara:
«¿Quieres que se te recuerde?».
Iuno no contestó, sino que rozó el agua de nuevo como intentando alisar la imagen, pero sus dedos tan solo rompieron la superficie y esparcieron el reflejo.
«Da igual...».
Tras un largo silencio, murmuró en voz baja y echó la cabeza hacia atrás, mirando la luna con desprecio. Allí estaba, suspendida en el cielo como una moneda de plata con el borde mordisqueado. Un símbolo de imperfección.
Entonces, Iuno le sonrió, como saludando al fin a una antigua rival.
«Aunque la única que me reconozca seas tú... con eso me basta».
Las ominosas criaturas que surgían de la marea eran tan oscuras como una noche sin luna. Los
Hay cosas en este mundo que no se doblegarán a tu voluntad, aunque las veas venir con claridad.
Esa noche, Iuno apenas durmió. En sus sueños, no eran las criaturas las que se ahogaban en la Marea Oscura, sino ella misma. La marea le engullía la boca y la nariz, arrastrándola centímetro a centímetro. Nunca supo cuán profunda era. Cuando sus pies por fin tocaron el fondo, su mirada se encontró con una versión más fría y afilada de sí misma, de pie al otro lado.
«¿De verdad crees que ver es salvar?».
La otra Iuno sonrió. En sus ojos se reflejaban incontables versiones de una Septimont destrozada: quemada, hundida, reconstruida y en ruinas de nuevo.
«Puedes verlos a todos… excepto a ti misma».
Iuno intentó responder, pero no emitió ningún sonido.
La Marea Oscura seguía revolviéndose en las mesetas. Los gladiadores cargaban una y otra vez sin éxito alguno. Más y más gente se reunía alrededor del Templo Tetrágono, a la espera de que ella y las demás sacerdotisas ofrecieran alguna profecía, algo útil. Hablaron de hallar el fin buscando el origen, de alterar los resultados entendiendo las causas. Querían dar forma a un destino mejor, pero Iuno se vio incapaz de hablar. Vio a su madre justo antes de que la Marea Oscura se la tragara. Vio edificios derrumbarse, a multitudes dispersándose, y toda flecha que salía disparada de su arco acababa engullida en la oscuridad antes de alcanzar su objetivo.
Nada había cambiado. Iuno podía ver, pero eso era lo único que el destino le había permitido.
Otra noche en blanco. Iuno volvía a estar sentada en su mesa de adivinación. El agua ondeaba. En medio del silencio, creyó oír un susurro.
«Puedes verlo todo, pero... si lo único que haces es mirar, ¿en qué te convierte eso?».
En un instante, le vinieron a la mente todos los fragmentos de futuro que había predicho. Muros de piedra grabados con conocimiento la rodeaban. Pergaminos rebosantes de profecías se desenrollaron. Hilos formados por la luz del destino se enredaron a su alrededor. Y, cuando alzó la vista, vio el punto donde todo convergía. Vio la luna reflejada en lo alto, lo único que alguna vez la había ayudado a orientarse. Quizás eso fuera lo más cercano al destino profundo e insondable.
Nunca le había dado respuestas, pero esta vez no necesitaba ninguna.
«Si no puedo cambiar lo que veo..., deja que lo destruya».
Entonces, alzó la mano y lo cercenó todo. Concentró todo el poder que podía blandir y, con una sonrisa desafiante e imprudente, disparó la flecha hacia abajo.
La flecha acertó sin fanfarria y, en aquel momento, el camino de la Marea Oscura que había estado oculto quedó clavado entre Septimont y el destino. Por primera vez, los monstruos no se escabullían sin ser vistos, sino que acababan destrozados por la luz azulada y blanquecina.
Pero ¿a qué precio? Tras la batalla, en un campamento en las mesetas, la gente alzaba sus vasos con alivio. El fuego restallaba, las voces se superponían unas a otras y la celebración se animaba cada vez más. Iuno se mantuvo al margen, lejos de las llamas más brillantes.
Hasta que alguien se dio cuenta de su presencia.
«¿Y esa quién es?».
«¿Me lo preguntas en serio? Es la sacerdotisa esa... Un momento, ¿cómo se llama? ¿Iuno?».
«¿La sacerdotisa Iuno? ¿Te refieres a aquel prodigio del que todo el mundo hablaba?».
«Qué raro. Casi ni me suena el nombre».
Un joven gladiador se le acercó titubeante. Levantando su vaso con educación, dijo con voz indecisa: «Tú... Tú estabas con nosotros antes, ¿verdad? Ven, únete a la celebración».
Iuno alzó las cejas y no dijo nada. Simplemente, elevó su vaso y lo chocó suavemente contra el del joven.
Más tarde, lejos del alcance de la luz, se sentó a solas al lado del lago. Con la barbilla apoyada en las rodillas, escondió su risa con el brazo. Echó la vista atrás, hacia el camino que había tomado y hacia las sombras que la habían seguido. Algunas estaban difuminadas, pero otras ya se habían quebrado. Oía a gente que la llamaba, pero nadie lo hacía por el nombre. Vio cómo ojos que una vez se habían encontrado con los suyos ahora se apartaban, confusos y extrañados. Hacía muy poco que, al compartir la profecía, la habían llamado «Iuno» sin albergar duda alguna. Habían estado a su lado antes de que las flechas volaran. Y, aun así, todo por lo que habían pasado y sobrevivido se estaba desvaneciendo.
Iuno acarició la superficie del lago con la punta de los dedos, creando ondas que rompían los reflejos. Se vio a sí misma en el agua. El contorno era nítido, pero había algo siempre velado. Intentó tocar ese rostro, pero, en cuanto sus dedos lo rozaron, el reflejo se estremeció como tratando de escapar.
«No huyas», dijo Iuno riéndose. «¿Ni siquiera tú me reconoces ahora?».
La superficie se agitó, como si el reflejo susurrara:
«¿Quieres que se te recuerde?».
Iuno no contestó, sino que rozó el agua de nuevo como intentando alisar la imagen, pero sus dedos tan solo rompieron la superficie y esparcieron el reflejo.
«Da igual...».
Tras un largo silencio, murmuró en voz baja y echó la cabeza hacia atrás, mirando la luna con desprecio. Allí estaba, suspendida en el cielo como una moneda de plata con el borde mordisqueado. Un símbolo de imperfección.
Entonces, Iuno le sonrió, como saludando al fin a una antigua rival.
«Aunque la única que me reconozca seas tú... con eso me basta».
Mil veces ha caído la luna
Quietud. Sumersión. Soledad. Despertar.
A veces, en este ciclo sin fin, Iuno se encuentra en momentos que no pertenecen a su pasado.
Estaba sentada en lo alto de la torre bajo una noche sin estrellas. La luna se veía tan cercana que parecía lista para desprenderse y caer en sus manos abiertas. Iuno no recordaba haberse quedado dormida, aunque quizás no se había adormecido, sino que se había dejado llevar por la luz de la luna hasta una agradable ilusión que nunca había soñado antes. Puede que fuera una represalia silenciosa por aquella flecha que disparó hacia el cielo... y por la rebeldía a la que osó dar voz.
En aquel lugar, no existía laMarea Oscura ni el fin del mundo. Tan solo había un prado extraño pero familiar. Niños corrían descalzos bajo el sol de la mañana. Columnas de humo ascendían al atardecer. Una chica de más o menos su edad descansaba sobre la rama de un árbol repleto de fruta. Las piernas le colgaban perezosamente y tenía una expresión plácida, como un pez que nada tranquilamente en un mar bañado por el sol. Iuno casi podía ver su sonrisa, cada vez más amplia como ondas sobre el agua.
«¿Ves?», dijo la luna con voz cálida y dulce. «Esto también es una forma de vivir».
Iuno no contestó. Tan solo observó cómo aquella otra versión de sí misma saludaba a alguien a lo lejos y, entonces, se dejó caer grácilmente de la rama y se sacudió animadamente la falda.
«Eres tú», la voz murmuró. «Tal es la magia de la ilusión. Puedes llegar a ver nieves y mares que jamás conociste..., vidas que jamás viviste».
Iuno se dio la vuelta y vio la luna a su espalda. Ya no era solamente un adorno silencioso en el cielo, sino más bien un ojo enorme y demacrado, siempre vigilante.
Con voz gentil y antigua, como la luz del fuego que una vez trajo la profecía hasta sus huesos, dijo: «No te queda nada a lo que aferrarte, así que ¿por qué no te quedas aquí? No es real, pero ¿qué tiene de malo algo de dicha? ¿Por qué tienes que ser tan cruel contigo misma?».
En ese momento, todo empezó a retroceder.
El último final. El milésimo. El centésimo... El décimo... El primero.
Cuando se retrocede lo suficiente y se cruzan todos los umbrales hasta el punto de inicio, lo que queda entre medias no son más que números fáciles de reescribir.
Su otra yo echó a correr por el prado, riendo y volcando una cesta de fruta a sus pies. Los rayos del sol rodeaban sus brazos como si fueran lazos. La amiga a la que había saludado se le acercó con una sonrisa. «¿Y si vamos a la playa hoy?», le preguntó como si fuera lo más normal del mundo.
La luna susurró: «¿Te has parado a pensar que todo en lo que te has convertido se debe a que estabas vinculada a la profecía desde el principio? ¿Que nunca tuviste otra opción? Pero... ¿y si la tuvieras?».
«Sabes que esto no es real», dijo Iuno en voz baja, alzando la mirada hacia la luna extrañamente presente en el cielo azul del día.
«Y tú sabes que no puedes volver», contestó de forma persuasiva, no cruel.
«Todo lo que tuviste está enterrado. Este es el lugar al que perteneces ahora y al que pertenecerás». La luna hizo una pausa antes de seguir. «Incluso ahora, en una ilusión, sigues negándote a olvidarte a ti misma. No dejas de aferrarte al pasado y, así, no puedes aceptar una posible nueva vida. Tu testarudez es exasperante».
Iuno no contestó.
Bajó la mirada a su mano. No había ningún arco, sino tan solo un puñado de flores silvestres con los pétalos cerrados.
Tras un largo silencio, sus labios dibujaron una pequeña media sonrisa. «Y tú eres igual que yo», susurró. «Testaruda».
Iuno volvió a mirar a su otra yo. La chica ahora paseaba por una calle bulliciosa, riendo tranquilamente y parándose delante del escaparate de una tienda.
«¿Te sientes sola?», le preguntó la luna.
Iuno inclinó la cabeza. «Puede que... un poco», admitió.
«¿No quieres que nadie sepa de esa soledad?».
«Eso me haría parecer frágil».
«¿Negarías esa soledad, pues?».
«Eso no es más que otro tipo de fragilidad».
«¿Entonces?».
«La acepto», susurró. «Cargaré con ella en las noches que solo yo recuerdo».
Al entrar en la tienda, vio a otra Iuno atusándose el pelo delante de un espejo.
Se acercó a ella y, con cuidado, le puso los mechones de pelo detrás de las orejas, tal y como solía hacer su madre. Tras un momento de pausa, dejó las flores en los brazos de la otra Iuno.
«Eres maravillosa», le dijo con dulzura. «Pero yo nunca podría ser tú. Hace ya mucho que no».
Con esas palabras, se dio la vuelta y se marchó, dejando atrás la tienda y la ilusión que la luna había tejido. La luz de la luna alargaba su sombra e intentaba traerla de vuelta una vez más, pero Iuno siguió andando. Lentamente. Firmemente. Sin volverse. Detrás de ella, la luna hizo un último intento.
«¿Sabes? A veces..., siento mucha lástima de ti. Eres tan testaruda. Tan inflexible».
Pues que sienta lástima, a Iuno le da igual. Al fin y al cabo, la vida no es más que un juego. No importa quién haya sentado al otro lado de la mesa: ella tiene la intención de ganar una y otra vez.
Ha llegado muy lejos y no piensa rendirse. Ni siquiera ante sí misma.
A veces, en este ciclo sin fin, Iuno se encuentra en momentos que no pertenecen a su pasado.
Estaba sentada en lo alto de la torre bajo una noche sin estrellas. La luna se veía tan cercana que parecía lista para desprenderse y caer en sus manos abiertas. Iuno no recordaba haberse quedado dormida, aunque quizás no se había adormecido, sino que se había dejado llevar por la luz de la luna hasta una agradable ilusión que nunca había soñado antes. Puede que fuera una represalia silenciosa por aquella flecha que disparó hacia el cielo... y por la rebeldía a la que osó dar voz.
En aquel lugar, no existía la
«¿Ves?», dijo la luna con voz cálida y dulce. «Esto también es una forma de vivir».
Iuno no contestó. Tan solo observó cómo aquella otra versión de sí misma saludaba a alguien a lo lejos y, entonces, se dejó caer grácilmente de la rama y se sacudió animadamente la falda.
«Eres tú», la voz murmuró. «Tal es la magia de la ilusión. Puedes llegar a ver nieves y mares que jamás conociste..., vidas que jamás viviste».
Iuno se dio la vuelta y vio la luna a su espalda. Ya no era solamente un adorno silencioso en el cielo, sino más bien un ojo enorme y demacrado, siempre vigilante.
Con voz gentil y antigua, como la luz del fuego que una vez trajo la profecía hasta sus huesos, dijo: «No te queda nada a lo que aferrarte, así que ¿por qué no te quedas aquí? No es real, pero ¿qué tiene de malo algo de dicha? ¿Por qué tienes que ser tan cruel contigo misma?».
En ese momento, todo empezó a retroceder.
El último final. El milésimo. El centésimo... El décimo... El primero.
Cuando se retrocede lo suficiente y se cruzan todos los umbrales hasta el punto de inicio, lo que queda entre medias no son más que números fáciles de reescribir.
Su otra yo echó a correr por el prado, riendo y volcando una cesta de fruta a sus pies. Los rayos del sol rodeaban sus brazos como si fueran lazos. La amiga a la que había saludado se le acercó con una sonrisa. «¿Y si vamos a la playa hoy?», le preguntó como si fuera lo más normal del mundo.
La luna susurró: «¿Te has parado a pensar que todo en lo que te has convertido se debe a que estabas vinculada a la profecía desde el principio? ¿Que nunca tuviste otra opción? Pero... ¿y si la tuvieras?».
«Sabes que esto no es real», dijo Iuno en voz baja, alzando la mirada hacia la luna extrañamente presente en el cielo azul del día.
«Y tú sabes que no puedes volver», contestó de forma persuasiva, no cruel.
«Todo lo que tuviste está enterrado. Este es el lugar al que perteneces ahora y al que pertenecerás». La luna hizo una pausa antes de seguir. «Incluso ahora, en una ilusión, sigues negándote a olvidarte a ti misma. No dejas de aferrarte al pasado y, así, no puedes aceptar una posible nueva vida. Tu testarudez es exasperante».
Iuno no contestó.
Bajó la mirada a su mano. No había ningún arco, sino tan solo un puñado de flores silvestres con los pétalos cerrados.
Tras un largo silencio, sus labios dibujaron una pequeña media sonrisa. «Y tú eres igual que yo», susurró. «Testaruda».
Iuno volvió a mirar a su otra yo. La chica ahora paseaba por una calle bulliciosa, riendo tranquilamente y parándose delante del escaparate de una tienda.
«¿Te sientes sola?», le preguntó la luna.
Iuno inclinó la cabeza. «Puede que... un poco», admitió.
«¿No quieres que nadie sepa de esa soledad?».
«Eso me haría parecer frágil».
«¿Negarías esa soledad, pues?».
«Eso no es más que otro tipo de fragilidad».
«¿Entonces?».
«La acepto», susurró. «Cargaré con ella en las noches que solo yo recuerdo».
Al entrar en la tienda, vio a otra Iuno atusándose el pelo delante de un espejo.
Se acercó a ella y, con cuidado, le puso los mechones de pelo detrás de las orejas, tal y como solía hacer su madre. Tras un momento de pausa, dejó las flores en los brazos de la otra Iuno.
«Eres maravillosa», le dijo con dulzura. «Pero yo nunca podría ser tú. Hace ya mucho que no».
Con esas palabras, se dio la vuelta y se marchó, dejando atrás la tienda y la ilusión que la luna había tejido. La luz de la luna alargaba su sombra e intentaba traerla de vuelta una vez más, pero Iuno siguió andando. Lentamente. Firmemente. Sin volverse. Detrás de ella, la luna hizo un último intento.
«¿Sabes? A veces..., siento mucha lástima de ti. Eres tan testaruda. Tan inflexible».
Pues que sienta lástima, a Iuno le da igual. Al fin y al cabo, la vida no es más que un juego. No importa quién haya sentado al otro lado de la mesa: ella tiene la intención de ganar una y otra vez.
Ha llegado muy lejos y no piensa rendirse. Ni siquiera ante sí misma.
Al fin, el ciclo vuelve a empezar
Tras incontables veces, Iuno vuelve a despertar como si la sacaran de las profundidades.
El ciclo, amargo y vacío, la tiene agotada. Su pasado ya no le afecta, pero no puede parar porque, ahora, al fin, comprende dónde está: a la deriva en el caos que existe entre la existencia y el desvanecimiento. Su nombre hace mucho que se borró del mundo del que proviene. Por cada ser de laMarea Oscura que ancló, una parte de «Iuno» desapareció. Ella misma eligió este final y no hay vuelta atrás.
Por lo que sigue adelante.
Pasando de un ciclo roto al siguiente, pasando por copias prestadas de sí misma como en un sueño hasta que, en un momento, extendió la mano. Y, por primera vez, la calidez de otra persona recibió la suya.
{Male=El Indestinado;Female=La Indestinada}. El primer ser en este caos que no es ella y cuya existencia reverbera.
{Male=El Indestinado;Female=La Indestinada} la ve tal y como está, suspendida entre la luz de la luna y la Marea Oscura.
«Iuno...».
Todo cambia en el instante en que pronuncia su nombre. {Male=Él;Female=Ella} la recuerda y, debido a ello, Iuno se recuerda a sí misma. Dos excepciones en un lugar donde los recuerdos no deberían existir. Y, de repente, el caos ya no parece eterno.
«¿Adónde me llevas?». {Male=El Indestinado;Female=La Indestinada} camina a su lado, su voz suave como una piedra que toca el agua.
Iuno dibuja una pequeña sonrisa. «A poner fin a algo. O quizás... a empezar de nuevo».
A pesar de que se separan, vuelven a reencontrarse en el campo de batalla donde todo empezó. Allí, bajo una luna rota, yace la marca de su sacrificio. Una prueba que el destino no pudo borrar. Un pequeño resquicio por el que ella puede pasar.
«Si lo cruzas, volverás a aquel momento. Con {Male=él;Female=ella}, anclarás a tu yo olvidado, pero será necesario anclar todo lo que has anclado antes, todo lo que querías anclar, incluso el mismísimo destino. ¿Entiendes lo que preludia algo así?».
Se oye a sí misma. Parece una advertencia o una persuasión.
Iuno levanta la cabeza y mira directamente a la luna.
«Sí, lo entiendo».
Lo dice casi sin darle importancia. Su expresión aún lleva esa curva orgullosa y familiar.
«Antes creía que, si veía más, si predecía más, podría cambiar algo. Creía que el conocimiento me daría poder. Pero, cuanto más veía, más atrapada me sentía».
{Male=El Indestinado;Female=La Indestinada} la observa en silencio.
Iuno alza la mano. Las trazas que aún quedan de su pasado se unen en una única forma y revelan otra Flecha lunar. Sus plumas resplandecen con tonos plateados y azules, como la quietud antes del amanecer.
«Esta vez, cambiemos el orden», dice mientras tensa la cuerda del arco. No hay pena ni resentimiento en su mirada. «Primero me anclaré a mí misma. Después, todo lo que intente huir. Y, por último..., iré a ver algo nuevo».
Se concentra.
La Flecha lunar resplandece suspendida como la luna llena ante un muro derruido. El viento que sopla le agita el cabello, pero su respiración permanece serena. {Male=El Indestinado;Female=La Indestinada} ve la silueta de Iuno dibujada en el muro y, por un instante, parece la luna completándose.
No se oye ningún sonido cuando la flecha sale disparada. Una luz mana de la luna rota, brotando hacia atrás como una corriente invertida. El resplandor baña por completo a Iuno, ahogándola y haciéndola flotar a la vez. Los nombres que se perdieron y las sombras que se tragó el destino vuelven a ella. Una única flecha lo ancla todo.
El tiempo pasa.
Cuando finalmente emerge de aquel vacío de posibilidades infinitas y reaparece en el mundo de la celebración, pétalos de flores caen del cielo como gotas de lluvia.
Cerca del fuego, un chico levanta un vaso de vino y se cruza con su mirada. Él parpadea confuso.
«Eres... Mmm, qué raro. Creo que es la primera vez que te veo, pero... ¿nos conocemos?».
Iuno levanta las cejas y no dice nada, igual que antes. Simplemente, eleva su vaso y lo choca suavemente contra el del joven.
Tras aquella noche, nadie recuerda a la chica que disparó una flecha a través del destino. Pero, desde entonces, la luna de Iuno no es una que simplemente crezca y mengue. No es una luna de repetición eterna, sino de renovación.
Iuno ha escrito su propio significado en el ciclo. Un ciclo que ahora continúa, siempre cambiante, siempre suyo.
El ciclo, amargo y vacío, la tiene agotada. Su pasado ya no le afecta, pero no puede parar porque, ahora, al fin, comprende dónde está: a la deriva en el caos que existe entre la existencia y el desvanecimiento. Su nombre hace mucho que se borró del mundo del que proviene. Por cada ser de la
Por lo que sigue adelante.
Pasando de un ciclo roto al siguiente, pasando por copias prestadas de sí misma como en un sueño hasta que, en un momento, extendió la mano. Y, por primera vez, la calidez de otra persona recibió la suya.
{Male=El Indestinado;Female=La Indestinada}. El primer ser en este caos que no es ella y cuya existencia reverbera.
{Male=El Indestinado;Female=La Indestinada} la ve tal y como está, suspendida entre la luz de la luna y la Marea Oscura.
«Iuno...».
Todo cambia en el instante en que pronuncia su nombre. {Male=Él;Female=Ella} la recuerda y, debido a ello, Iuno se recuerda a sí misma. Dos excepciones en un lugar donde los recuerdos no deberían existir. Y, de repente, el caos ya no parece eterno.
«¿Adónde me llevas?». {Male=El Indestinado;Female=La Indestinada} camina a su lado, su voz suave como una piedra que toca el agua.
Iuno dibuja una pequeña sonrisa. «A poner fin a algo. O quizás... a empezar de nuevo».
A pesar de que se separan, vuelven a reencontrarse en el campo de batalla donde todo empezó. Allí, bajo una luna rota, yace la marca de su sacrificio. Una prueba que el destino no pudo borrar. Un pequeño resquicio por el que ella puede pasar.
«Si lo cruzas, volverás a aquel momento. Con {Male=él;Female=ella}, anclarás a tu yo olvidado, pero será necesario anclar todo lo que has anclado antes, todo lo que querías anclar, incluso el mismísimo destino. ¿Entiendes lo que preludia algo así?».
Se oye a sí misma. Parece una advertencia o una persuasión.
Iuno levanta la cabeza y mira directamente a la luna.
«Sí, lo entiendo».
Lo dice casi sin darle importancia. Su expresión aún lleva esa curva orgullosa y familiar.
«Antes creía que, si veía más, si predecía más, podría cambiar algo. Creía que el conocimiento me daría poder. Pero, cuanto más veía, más atrapada me sentía».
{Male=El Indestinado;Female=La Indestinada} la observa en silencio.
Iuno alza la mano. Las trazas que aún quedan de su pasado se unen en una única forma y revelan otra Flecha lunar. Sus plumas resplandecen con tonos plateados y azules, como la quietud antes del amanecer.
«Esta vez, cambiemos el orden», dice mientras tensa la cuerda del arco. No hay pena ni resentimiento en su mirada. «Primero me anclaré a mí misma. Después, todo lo que intente huir. Y, por último..., iré a ver algo nuevo».
Se concentra.
La Flecha lunar resplandece suspendida como la luna llena ante un muro derruido. El viento que sopla le agita el cabello, pero su respiración permanece serena. {Male=El Indestinado;Female=La Indestinada} ve la silueta de Iuno dibujada en el muro y, por un instante, parece la luna completándose.
No se oye ningún sonido cuando la flecha sale disparada. Una luz mana de la luna rota, brotando hacia atrás como una corriente invertida. El resplandor baña por completo a Iuno, ahogándola y haciéndola flotar a la vez. Los nombres que se perdieron y las sombras que se tragó el destino vuelven a ella. Una única flecha lo ancla todo.
El tiempo pasa.
Cuando finalmente emerge de aquel vacío de posibilidades infinitas y reaparece en el mundo de la celebración, pétalos de flores caen del cielo como gotas de lluvia.
Cerca del fuego, un chico levanta un vaso de vino y se cruza con su mirada. Él parpadea confuso.
«Eres... Mmm, qué raro. Creo que es la primera vez que te veo, pero... ¿nos conocemos?».
Iuno levanta las cejas y no dice nada, igual que antes. Simplemente, eleva su vaso y lo choca suavemente contra el del joven.
Tras aquella noche, nadie recuerda a la chica que disparó una flecha a través del destino. Pero, desde entonces, la luna de Iuno no es una que simplemente crezca y mengue. No es una luna de repetición eterna, sino de renovación.
Iuno ha escrito su propio significado en el ciclo. Un ciclo que ahora continúa, siempre cambiante, siempre suyo.
Líneas de Voz de Iuno
Pensamientos: I
Un vacío... Me sorprendió la primera vez que la Anciana Lillibet te describió así. Nosotras, las sacerdotisas, veneramos las Llamas Sagradas, pues su luz nos otorga revelaciones. Brillen donde brillen, emergen sombras y reflejos. Pero un vacío... ¿Podría ser una barrera, o un engaño que se niega a ser revelado? Como {Male=el Indestinado;Female=la Indestinada}, ¿encarnas una impredecibilidad infinita o la nada más absoluta? Ahora que camino contigo, lo entiendo. Este vacío no es oscuro. Es caos, pero diferente. Hay infinitas posibilidades que esperan ser elegidas.
Pensamientos: II
Ver es fácil, pero afrontar lo que ves, no tanto. Ver el futuro puede ser una bendición, pero saber lo que viene y ser impotente para detenerlo es toda una maldición. Aun así, no acepto las profecías. Solo los más débiles se quedarían parados esperando un final anunciado. Yo quiero intentar cambiarlo. Aunque tenga que mirar la verdad agonizante una vez tras otra. Aunque la lucha no cese nunca. Aunque solo melle mínimamente el destino.
Pensamientos: III
¿Qué pasa si disparo esa flecha...? Bueno, más o menos lo sé. Mi existencia... se desvanecería completamente o me olvidarían. Siempre que he usado la Flecha lunar para marcar y desenmascarar las creaciones de Marea Oscura , he experimentado esto. Los costes siempre han sido pequeños y las reacciones inapreciables. Como mucho, la gente no se acordaba de mí, y tenía que recordarles quién era... Eso es soportable. ¿Pero reescribir todo el final a este precio? Bueno, quizás no sea un mal trato, ¿no crees?
Pensamientos: IV
A veces, quien recuerda sufre más que quien olvida. Recordar significa cargar un peso con entereza, sin romperte, para continuar. Perdóname por ser tan caprichosa... En aquel entonces, no tenía idea de que regresar al mundo real fuera siquiera posible, y por eso, este deseo egoísta mío de que me recordaras ahora parece aún más caprichoso... Pero si tuviera que volver a hacerlo... Me gustaría que alguna parte de mí viviera en tu recuerdo. Tú serías mi excepción.
Pensamientos: V
¿Qué haré ahora? Aún no lo sé. Llevo tanto tiempo mirando hacia el futuro que pensar en el presente se me hace raro. Pero ahora, Septimont y yo coincidimos. Sin cadenas, sin límites... Se abren infinitas posibilidades ante nosotros. Con tantos caminos a elegir, ¿para qué correr? Elegiré lo que me parezca más acertado, y lo que realmente quiera... ¿Y ahora mismo? Esto es lo que quiero; de eso estoy segura.
El pasatiempo de Iuno
Adoro las sorpresas. ¡El destino puede ser tan generoso y tacaño a la vez! Burlarlo y provocar algunos «accidentes» requiere grandes esfuerzos. Infinitas preparaciones, cálculos interminables... hasta que por fin haces realidad algo completamente inesperado. Por esas maravillosas razones, sin importar si son grandes o pequeñas, siempre tendrán mis aplausos más sinceros.
El problema de Iuno
¿Conformarme con menos? No es una opción. Siempre buscaré lo que más me guste y satisfaga. ¿Los demás? Lo que hagan no es mi problema y no me importa un pimiento.
Comida favorita
Una fruta plenamente madura y regordeta, fresca y suplicando ser comida. Ni siquiera tienes que cogerla; con pararte bajo el árbol, caerá en tus manos. Dale un buen mordisco y disfruta de su dulzura, fresca y jugosa, fluyendo desde la pulpa... ¿Probamos una {Male=juntos;Female=juntas}?
Comida que no le gusta
*Uf*, los platos con proteína deberían ser menos grasientos, ligeramente condimentados e íntegramente libres de sabor a caza o pescado. ¿Y vegetales pastosos? ¡Impensable! Y no me hagas hablar de esas comidas pegajosas y babosas. ¡Todo un sinsentido!... ¿A qué viene esa cara? ¡Aún no he terminado!
Ideales
¿Luchar contra el destino? No exactamente. Solo elegí caprichosamente la libertad. Si el destino se niega a darte lo que deseas, reclámalo tú misma, me dije. Yo solo soy ambiciosa y descarada y tomo lo que quiero de manera imprudente, honesta y elegante... En cuanto al precio, ¿hay algo sin consecuencias?
Chat: I
Ese arco, forjado de ramas de Lunarum, fue lo último que me dejó mi padre. Lo recibí cuando decidí convertirme en sacerdotisa y me preparaba para ir al Templo Tetrágono. Nunca pensé en usarlo, pero con el tiempo, decidí tomar el destino con mis propias manos, en vez de pasar mis días rezando a algún poder superior. Y ahora, quien una vez siguió la guía y las huellas de la luna se ha convertido en quien domina y ancla sus fases. Este «arco lunar» está arraigado a mi historia, uniendo mi comienzo y final.
Chat: II
Bueno, tal y como profetizó la Anciana Lillibet, yo... Espera, ¿no has presenciado ya todo mi pasado en el caos? Se me hace tan raro repetir lo que otros ya saben... ¡Pe-pero está bien! Te lo contaré de nuevo... ¡pero porque me apetece! ¡Y como ya te dije, no se lo cuentes a nadie más! ¡Y no te atrevas a olvidar ni una sola palabra!
Acerca de Augusta
Te voy a contar un secretito que ni siquiera Augusta sabe. Cuando nos conocimos por primera vez, le dije que llevaría a Septimont a una nueva era, y ella creyó que era una profecía. Pero en realidad, solo fue una corazonada. Nunca hurgo en su destino porque siempre ha estado en sus manos. Es de ese tipo de gobernante que sacrificaría todo por su pueblo, incluso su propio ser. No hace falta una coronación para saberlo, es algo que se ve en un vistazo. Sin embargo, esa responsabilidad que carga es más pesada de lo que cualquiera pueda imaginar. Aunque sé que puede con ello, quiero ayudarla de alguna forma. Como sacerdotisa, amiga... o incluso como alguien que ella ha olvidado.
Acerca de Lillibet
Tras profetizar sobre mí, la Anciana Lillibet me llevó al Templo Tetrágono para enseñármelo todo sobre el destino. Nunca fui demasiado obediente y ella es más bien la típica sacerdotisa autoritaria de Septimont. Pocas veces estuvimos de acuerdo en qué hace a una sacerdotisa más talentosa o en cómo manejar el destino y las profecías, pero jamás me impuso su punto de vista, ni me presionó para ser como ella o como las demás. Era de la opinión de que las reglas importan si vale la pena seguirlas, y uno siempre es libre de elegir mientras no haga daño a otros... Me enseñó que las sacerdotisas no son únicamente símbolos estáticos, sino personas vivas que respiran también.
Acerca de Lupa
Cualquiera que haya visto sus enfrentamientos probablemente sienta el impulso de desafiarla también, ¿no crees? Su pasión por la competitividad es realmente... pura, simple e instintiva. Para ella, la victoria y la gloria son solo la guinda del pastel comparado con el júbilo de la pelea. No teme perder y su pasión siempre la impulsa a darlo todo, a no retroceder, sin importar las probabilidades.
Acerca de Avidius
Le rugió al destino con todo lo que tenía. Y claro, ese rugido se redujo a gemidos y luego silencio, pero todos lo escuchamos. Dejó su impronta... Creo que, cuando deja de preocuparse por lo que debe ser o lo que otros esperan de él, parece un Rey de los Héroes.
Acerca de Carlotta
Ella y su familia siempre traen novedades a Septimont y Raguna. Y antes de que te des cuenta, esas pequeñas innovaciones provocan tendencia... ¿Yo? Claro, termino comprando lo que sea. ¿Cómo resistirse? Siempre sabe lo que me gusta. ¡Esos Montelli, tan astutos como siempre!
Deseos de cumpleaños
Para una sacerdotisa, el día del nacimiento es el punto de partida hacia el final. Hmm, una línea bastante adecuada para marcar el comienzo de una profecía. Pero las infinitas posibilidades del vacío son perfectas. No hay nada más que ofrecer. Así que he preparado algo más. ¿Ves esta luna pequeñita? Puede cambiar sus fases. Tómala y colócala en tu vacío. Si alguna vez te abruman los infinitos caminos por delante, te servirá como ancla de certeza... Feliz cumpleaños, {PlayerName}.
Inactivo: I
*Sonido de esfuerzo*
Inactivo: II
Hmm... Perfecto.
Inactivo: III
Agradable al oído, ¿no?
Autopresentación
Iuno, la niña prodigio nacida bajo el eclipse lunar. La sacerdotisa que ve el auténtico futuro. ¿Tienes curiosidad sobre lo que nos espera? Ven a mí... Pero no prometo la perfección que buscas.
Saludo
Más allá de mí misma. Más allá de cada comienzo y final escrito de la historia. Hasta que reescribamos nuestro destino.
Unirse al equipo: I
Muy bien. Te concederé la iluminación.
Unirse al equipo: II
Oh. ¿Qué harás sin mí?
Unirse al equipo: III
Soy la luna que nunca cae, y he venido a reescribir el final.
Ascensión: I
Mi poder sigue manifestándose como mis emociones, recuerdos y conexiones... Te has vuelto bastante hábil como ancla, ¿no?
Ascensión: II
De luna a luna, a través de ciclos infinitos... hasta que esté más allá de toda dimensión.
Ascensión: III
¿Seguro que quieres hacer esto? ¿Saciar mis caprichos? Si seguimos así, podríamos... ¡caer en un futuro desconocido más aterrador que el mismísimo caos!
Ascensión: IV
¿Puedo tener cualquier cosa que quiera, además de poder? Piénsalo bien antes de responder. Una vez dicho, no pararé hasta conseguirlo.
Ascensión: V
Veo llamas frías más allá del borde de la razón. Veo perfección tras el desastre. Veo caos. Veo ilusiones. Veo verdades. Te veo... a ti, quien capturó la luna.
Ataque cargado: I
¡Entretenedme!
Ataque cargado: II
Alábame.
Ataque cargado: III
Enfréntate a mí.
Ataque cargado: IV
Busca.
Ataque cargado: V
Captura.
Ataque cargado: VI
Domina.
Habilidad de resonancia: I
Menguante.
Habilidad de resonancia: II
Creciente.
Habilidad de resonancia: III
Llena.
Habilidad de resonancia: IV
Yo soy la luna.
Habilidad de resonancia: V
Inclínate ante mí.
Habilidad de resonancia: VI
Presenta tus ofrendas.
Habilidad de resonancia: VII
Sé mi cuerda.
Habilidad de resonancia: VIII
Sé mi marca.
Habilidad de resonancia: IX
Sé mi presa.
Habilidad de resonancia: X
La causalidad... devuelta.
Habilidad de resonancia: XI
El futuro... remodelado.
Habilidad de resonancia: XII
El destino... revelado.
Liberación de resonancia: I
¡Prueba mi obstinación!
Liberación de resonancia: II
¡Responde a mi llamada!
Liberación de resonancia: III
¡La luna está llena!
Habilidad Intro: I
Te complaceré.
Habilidad Intro: II
Con estilo y gracia...
Habilidad Intro: III
Ahora, observa atentamente.
Habilidad Outro: I
Mi turno de observar.
Habilidad Outro: II
Me he divertido.
Habilidad Outro: III
Con mucho gusto.
Habilidad Outro: IV
{Male=Al Rey;Female=A la Reina} de los Héroes.
Habilidad Outro: V
¿Ya me echas de menos?
Habilidad Outro: VI
Nos sumergimos en la gloria.
Golpe: I
Qué sinsentido.
Golpe: II
Los nervios.
Golpe: III
Je. Esto no es nada.
Herido: I
¿Eso es todo?
Herido: II
¿Osas ponerme a prueba? Qué insolencia.
Herido: III
Enfréntate a mí... A todo mi ser.
Derrotado: I
No. ¡Yo no... me rindo!
Derrotado: II
He... dejado mi marca...
Derrotado: III
La luna... mengua...
Invocación de Eco
Adelante.
Transformación de Eco
¡Sorpresa!
Enemigos acercan
Seré testigo.
Planeo
Aprovechemos la luna.
Sensor
Qué predecible.
Esprint
No pares.
Cofre de suministros: I
Eso es otra cosa.
Cofre de suministros: II
Una recompensa bien merecida.
Cofre de suministros: III
¿Te gusta? Pues tengo mucho más.
Cofre de suministros: IV
¿Un golpe de suerte? A veces el destino puede ser generoso.