Información
Luuk Herssen
Luuk Herssen VA
Chino: Ma Zhengyang
Japonés: Tachibana Shinnosuke
Coreano: Min Seung Woo
Inglés: Griffyn Bellah
Informe de Examen Forte de Luuk Herssen
Poder de Resonancia
Transición de fase
Informe de Evaluación de Resonancia
[Archivo de la Unión Intergaláctica : Registros del profesorado de la Academia Fuegostelar ]
[Informe de examen del Forte RA2462-G]
Nombre: Luuk Herssen
Resumen del Forte: El examen confirma que la marca tácita del sujeto se ubica en el centro de la palma de la mano derecha, marcada por una herida crónica que no cicatriza. Los signos físicos y el análisis de sangre indican la presencia de un fluido energético anómalo: un «Ícor» que circula en el interior del sujeto. Esta sustancia puede alterar rápidamente su estado de fase a voluntad. La activación va acompañada de una sensación de ardor y temperaturas altas transitorias. Su uso prolongado ha derivado en daltonismo. Actualmente, el sujeto solo percibe el color dorado, viendo el resto de tonos en escala de grises.
El sujeto reporta síntomas estables y rechaza tratamiento adicional.
El examen y el informe fueron realizados por el propio sujeto para asegurar la precisión de los registros.
Ubicación: Academia Fuegostelar - Unidad Médica de Resonancia.
Registrador: Luuk Herssen.
Informe de Diagnóstico de Overclock
Análisis realizado: Prueba de estabilidad de fluctuación de la Curva de Rabelle
Resultado: La muestra de la Curva de Rabelle presenta una onda elíptica alargada de amplitud considerable. Sin embargo, se observa un ritmo periódico claro y no se han aproximado los umbrales de Criticidad Resonante.
Evaluación: El sujeto muestra un control estable bajo condiciones de alta carga, con datos que indican una autorregulación y concentración mental excepcionales. No se observaron indicaciones de pérdida de control.
Conclusión: La estabilidad del sujeto es excelente, sin riesgo actual de Overclock . Actualmente se considera innecesario el asesoramiento psicológico. Se recomiendan pruebas de seguimiento programadas con supervisión continua de los índices de fatiga neuronal.
El sujeto ha expresado disposición a cooperar con la observación posterior.
—Dr. Luuk... ¿está bien esta redacción? Me suena demasiado seria.
—Es perfectamente aceptable. Buen trabajo.
Objetos Apreciados y Favores de Luuk Herssen
Gafas sin graduación
Las llevaba principalmente como parte de su tapadera mientras rastreaba a los Fractsidus.
Oficialmente, son para mantener un perfil bajo. Extraoficialmente, le parecen algo divertido, casi ritual.
Una vez, alguien bromeó diciendo que las gafas le hacían parecer un falso erudito que quería estafar a la gente. Él respondió ajustándose la montura con estudiada moderación y respondiendo, muy seriamente, que tenía toda la razón.
Guantes médicos
Un par de inmaculados guantes médicos blancos. El derecho oculta bajo su tela su marca tácita y una vieja herida que nunca llegó a sanar y de la cual fluye una sangre dorada conocida como ícor.
Para él, esta sangre es su fuente de poder. Para otros, es un peligro abrasador, y por eso elige mantener ese destello de oro y todo lo que significa cuidadosamente contenido bajo esta tela inmaculada.
Marcapáginas de envoltorio de caramelo descolorido
Metido entre las páginas de un libro de su escritorio hay un envoltorio de caramelo con los bordes ligeramente curvados y que tiene impreso un osito que juega con el arcoíris, medio borrado; un producto descatalogado hace tiempo. Cuando era joven, su padre le daba estos caramelos como premio de vez en cuando.
Ahora, él no está. Su hogar no está. El caramelo tampoco existe, y solo queda el envoltorio descolorido. Lo alisa con mimo y lo usa como marcapáginas, comprimiendo una infancia de conflicto y dolor en algo fino y resistente, algo que deslizar silenciosamente entre las páginas de la memoria.
Historia de Luuk Herssen
«Hermano»
El frío llenaba la habitación de noche. Luuk se sentó bajo la blanca luz de la lámpara y extendió su mano sin protestar. El hombre a quien llamaba «padre» agarró esa palma de niño y observó cómo la sangre dorada, el «Ícor», goteaba de la herida, como oro fundido.
Luuk sabía que, cuando el hombre lo miraba, veía a otro niño; su verdadero hijo, muerto a causa de una enfermedad rara. Luuk era solo un recipiente para cargar su obsesión, una oportunidad de rellenar el vacío. Pero el cambio que su padre anhelaba nunca llegó. El Ícor siguió fluyendo en silencio, y la luz febril en sus ojos poco a poco se desvaneció y tornó en decepción.
—¿Por qué no cambia? Eres uno de los pocos que acepta el Ícor— murmuró su padre. Las palabras sacudieron los tímpanos del niño como un trueno. —Debería haber sido capaz de curar enfermedades. Después de todo lo que hemos dado... ¿Por qué no cambia nada?
Entonces llegó Rhein al hogar.
Luuk observó a su padre hablar, con la emoción quebrando su voz, sobre cómo este niño era igual que él: afligido por una enfermedad rara, pero capaz de soportar el tratamiento con ícor. «Ahora es tu hermano».
Luuk miró a este «hermano», con quien carecía de lazos de sangre. El niño era más pequeño que él. Tenía la piel pálida por la larga enfermedad y era claramente demasiado joven para entender el mundo, mucho menos el significado del Suero Áureo o las expectativas ya concebidas sobre su existencia. Solo reía, como cualquier niño, con los caramelos que su nuevo «padre» ponía en su mano.
Un niño que amaba los dulces. Luuk Herssen contempló sus delicados rizos y sintió el impulso de acariciarlos. Extendió la mano y se detuvo, recordando la herida en su palma, que se negaba a sanar.
Tal como su padre esperaba, Rhein se encariñó con Luuk casi al instante. Antes de haber aprendido muchas palabras, ya lo perseguía, gritando «hermano» una y otra vez.
Lo que su padre no esperaba era que Rhein rechazara el ícor tan rápido, más de lo que Luuk jamás había hecho. El tratamiento falló, y su cuerpo se consumió hasta que pronto apenas pudo salir de la cama.
Llegó el cumpleaños de Rhein. Luuk lo llevó en su espalda, ocultos en las sombras a lo largo de las paredes mientras se deslizaban por los largos pasillos y salían de la casa. Corrió y corrió, hasta que el aire fresco y terroso con el aroma de plantas vivas llenó sus pulmones; hasta que un cielo estrellado, deslumbrante casi en exceso, apartó las luces frías y blanquecinas de la clínica.
Se detuvieron en un jardín olvidado en el borde de la propiedad. Estaba lleno de macetas rotas y hojas muertas; no era una vista precisamente hermosa. Pero la tierra era suave y el aire vivo, y los ojos de un Rhein que había estado confinado en la habitación de un enfermo demasiado tiempo se iluminaron sobremanera.
—Feliz cumpleaños, Rhein.
Respirando con dificultad, Luuk sacó algo de dentro de su abrigo: una cosita... envuelta toscamente en papel. Estaba torcida y desigual, con una superficie moteada con marrón quemado y crema blanca. Marcado en la parte superior estaba la forma de un pequeño oso, el emblema del caramelo favorito de Rhein.
—Yo... nunca había hecho uno antes. Igual sabe fatal— dijo Luuk, ligeramente avergonzado. Encendió la vela deprisa y la frágil llama tembló en el viento nocturno, reflejándose en los ojos amplios y brillantes de Rhein.
—Pide un deseo y sopla— dijo Luuk, tratando de sonar alegre. —Así, se hará realidad.
Rhein asintió fuerte, juntó sus manos, infló sus mejillas y sopló.
*Fuooosh*. La llama se apagó.
El frío llenaba la habitación de noche, arrancando a Luuk del largo sueño y haciéndolo volver al presente. La estancia aún resonaba con el débil crepitar de las brasas de madera. Abrió los ojos, posando su mirada en la chimenea, y solo entonces se percató de dónde estaba.
Han pasado tantos años…
Exhaló y devolvió los recuerdos de vuelta a los lejanos confines del sueño.
Luuk sabía que, cuando el hombre lo miraba, veía a otro niño; su verdadero hijo, muerto a causa de una enfermedad rara. Luuk era solo un recipiente para cargar su obsesión, una oportunidad de rellenar el vacío. Pero el cambio que su padre anhelaba nunca llegó. El Ícor siguió fluyendo en silencio, y la luz febril en sus ojos poco a poco se desvaneció y tornó en decepción.
—¿Por qué no cambia? Eres uno de los pocos que acepta el Ícor— murmuró su padre. Las palabras sacudieron los tímpanos del niño como un trueno. —Debería haber sido capaz de curar enfermedades. Después de todo lo que hemos dado... ¿Por qué no cambia nada?
Entonces llegó Rhein al hogar.
Luuk observó a su padre hablar, con la emoción quebrando su voz, sobre cómo este niño era igual que él: afligido por una enfermedad rara, pero capaz de soportar el tratamiento con ícor. «Ahora es tu hermano».
Luuk miró a este «hermano», con quien carecía de lazos de sangre. El niño era más pequeño que él. Tenía la piel pálida por la larga enfermedad y era claramente demasiado joven para entender el mundo, mucho menos el significado del Suero Áureo o las expectativas ya concebidas sobre su existencia. Solo reía, como cualquier niño, con los caramelos que su nuevo «padre» ponía en su mano.
Un niño que amaba los dulces. Luuk Herssen contempló sus delicados rizos y sintió el impulso de acariciarlos. Extendió la mano y se detuvo, recordando la herida en su palma, que se negaba a sanar.
Tal como su padre esperaba, Rhein se encariñó con Luuk casi al instante. Antes de haber aprendido muchas palabras, ya lo perseguía, gritando «hermano» una y otra vez.
Lo que su padre no esperaba era que Rhein rechazara el ícor tan rápido, más de lo que Luuk jamás había hecho. El tratamiento falló, y su cuerpo se consumió hasta que pronto apenas pudo salir de la cama.
Llegó el cumpleaños de Rhein. Luuk lo llevó en su espalda, ocultos en las sombras a lo largo de las paredes mientras se deslizaban por los largos pasillos y salían de la casa. Corrió y corrió, hasta que el aire fresco y terroso con el aroma de plantas vivas llenó sus pulmones; hasta que un cielo estrellado, deslumbrante casi en exceso, apartó las luces frías y blanquecinas de la clínica.
Se detuvieron en un jardín olvidado en el borde de la propiedad. Estaba lleno de macetas rotas y hojas muertas; no era una vista precisamente hermosa. Pero la tierra era suave y el aire vivo, y los ojos de un Rhein que había estado confinado en la habitación de un enfermo demasiado tiempo se iluminaron sobremanera.
—Feliz cumpleaños, Rhein.
Respirando con dificultad, Luuk sacó algo de dentro de su abrigo: una cosita... envuelta toscamente en papel. Estaba torcida y desigual, con una superficie moteada con marrón quemado y crema blanca. Marcado en la parte superior estaba la forma de un pequeño oso, el emblema del caramelo favorito de Rhein.
—Yo... nunca había hecho uno antes. Igual sabe fatal— dijo Luuk, ligeramente avergonzado. Encendió la vela deprisa y la frágil llama tembló en el viento nocturno, reflejándose en los ojos amplios y brillantes de Rhein.
—Pide un deseo y sopla— dijo Luuk, tratando de sonar alegre. —Así, se hará realidad.
Rhein asintió fuerte, juntó sus manos, infló sus mejillas y sopló.
*Fuooosh*. La llama se apagó.
El frío llenaba la habitación de noche, arrancando a Luuk del largo sueño y haciéndolo volver al presente. La estancia aún resonaba con el débil crepitar de las brasas de madera. Abrió los ojos, posando su mirada en la chimenea, y solo entonces se percató de dónde estaba.
Han pasado tantos años…
Exhaló y devolvió los recuerdos de vuelta a los lejanos confines del sueño.
Una corriente subterránea
Luuk se dio cuenta de que algo no iba bien años después de la muerte de su padre.
Aunque era el heredero del Grupo Regenerativo Novialle, los veteranos experimentados de la junta lo veían como un testaferro menor de edad, incompetente para asuntos de cierta relevancia. Pero...
Página a página, Luuk examinó discrepancias financieras que no parecían tener nada que ver, procedimientos de laboratorio apenas sometidos a escrutinio y períodos de los últimos meses de su padre que habían sido borrados. Eran como fragmentos de un rompecabezas y poco a poco se fueron ensamblando en una imagen fracturada y escalofriante, una «verdad». Su mirada se endureció.
De hecho, no era muy diferente a una cirugía. Cortar una superficie que parecía intacta. Introducir una hoja afilada más profundamente. Cercenar la necrosis infectada en el hueso.
Sabía cómo se hacía. Ya lo había hecho antes.
Lo único que vio el público fue un nuevo líder, demasiado joven para su cometido, aunque sabía comportarse con compostura y dirigía el grupo sin concesiones. Pronto surgieron las primeras dudas, pero no duraron mucho ante los resultados. El desarrollo de medicamentos se aceleró mientras los laboratorios destinados a encontrar el «Suero Áureo» fueron desapareciendo, uno a uno.
Por la noche, ya a solas, Luuk se quitaba los guantes y observaba el Ícor manar de su palma. La sangre dorada se acumulaba sobre su piel, espesándose en forma de bisturí. Luego, con un giro de su muñeca, se derretía de vuelta a su dócil estado líquido.
Tras todos estos años, el «cambio» por el que su padre se había obsesionado por fin se había hecho patente. Y respondía a Luuk.
—Pero ya no sacrificaré más gente por ti— dijo en voz baja, con los ojos fijos en el destello de oro. —Voy a... usarte.
—¿Infiltrarte en los Fractsidus?— La voz de la Terminal se pausó.
—Sí—. Luuk se paró en el borde de la azotea, con el viento haciendo ondear su abrigo. —Demasiados hilos me llevan hasta ellos. Sospecho que tienen algo que ver con la muerte de mi padre.
—¿Lo has pensado bien? Una vez que entres, no habrá marcha atrás.
Luuk miró hacia las luces diseminadas abajo. ¿Cuántas vidas, sostenidas solo por la medicación, parpadeaban como velas en el viento, esperando a través de una noche interminable para que la ilusión se quemara y el amanecer llegara al fin?
—No hay marcha atrás— dijo mientras se adentraba en la noche, con su voz desvaneciéndose en el viento. —Por eso vale la pena ir.
Aunque era el heredero del Grupo Regenerativo Novialle, los veteranos experimentados de la junta lo veían como un testaferro menor de edad, incompetente para asuntos de cierta relevancia. Pero...
Página a página, Luuk examinó discrepancias financieras que no parecían tener nada que ver, procedimientos de laboratorio apenas sometidos a escrutinio y períodos de los últimos meses de su padre que habían sido borrados. Eran como fragmentos de un rompecabezas y poco a poco se fueron ensamblando en una imagen fracturada y escalofriante, una «verdad». Su mirada se endureció.
De hecho, no era muy diferente a una cirugía. Cortar una superficie que parecía intacta. Introducir una hoja afilada más profundamente. Cercenar la necrosis infectada en el hueso.
Sabía cómo se hacía. Ya lo había hecho antes.
Lo único que vio el público fue un nuevo líder, demasiado joven para su cometido, aunque sabía comportarse con compostura y dirigía el grupo sin concesiones. Pronto surgieron las primeras dudas, pero no duraron mucho ante los resultados. El desarrollo de medicamentos se aceleró mientras los laboratorios destinados a encontrar el «Suero Áureo» fueron desapareciendo, uno a uno.
Por la noche, ya a solas, Luuk se quitaba los guantes y observaba el Ícor manar de su palma. La sangre dorada se acumulaba sobre su piel, espesándose en forma de bisturí. Luego, con un giro de su muñeca, se derretía de vuelta a su dócil estado líquido.
Tras todos estos años, el «cambio» por el que su padre se había obsesionado por fin se había hecho patente. Y respondía a Luuk.
—Pero ya no sacrificaré más gente por ti— dijo en voz baja, con los ojos fijos en el destello de oro. —Voy a... usarte.
—¿Infiltrarte en los Fractsidus?— La voz de la Terminal se pausó.
—Sí—. Luuk se paró en el borde de la azotea, con el viento haciendo ondear su abrigo. —Demasiados hilos me llevan hasta ellos. Sospecho que tienen algo que ver con la muerte de mi padre.
—¿Lo has pensado bien? Una vez que entres, no habrá marcha atrás.
Luuk miró hacia las luces diseminadas abajo. ¿Cuántas vidas, sostenidas solo por la medicación, parpadeaban como velas en el viento, esperando a través de una noche interminable para que la ilusión se quemara y el amanecer llegara al fin?
—No hay marcha atrás— dijo mientras se adentraba en la noche, con su voz desvaneciéndose en el viento. —Por eso vale la pena ir.
La penumbra
El aire en este puesto avanzado de los Fractsidus siempre estaba cargado de polvo, moho y cierto sabor metálico.
Luuk Herssen caminó por el tenue pasillo usando unas gafas finas de montura plateada, balanceando un viejo maletín médico a su lado. Sus pasos eran suaves, conscientes, perfectamente metidos en su papel: un joven doctor silencioso y modesto, lo suficientemente hábil para ser útil, lo suficientemente tímido para pasar desapercibido.
La puerta se cerró tras su espalda. Lo que le recibió a continuación fue el hedor pesado de la sangre y el mordisco acre del desinfectante.
Varios Fractsidus heridos estaban sentados o deambulando. Mientras se acercaba, alguien chasqueó la lengua con impaciencia. —¡Llegas tarde!
Encorvó los hombros, bajó la mirada y se apresuró, casi escondiéndose en su abrigo.
El maletín médico se abrió con un suave chasquido. Sacó cuidadosamente las pinzas y el algodón antiséptico y comenzó a limpiar una herida en un brazo. En la esquina, algunos de los miembros menos heridos hablaban entre susurros.
—¡Shhh!—. Alguien los cortó bruscamente, mirando con cautela hacia Luuk mientras trabajaba.
El locutor se congeló por un momento, pero luego se burló. —De qué te preocupas? ¿De él?— dijo, levantando la voz a propósito. —La última vez que me trató el hombro, estaba tan nervioso que no paraba de jadear. Míralo, tímido como un ratón. No es un peligro.
Luuk se ajustó las gafas. Su vista permaneció baja, centrada completamente en el vendaje de sus manos, como si ninguna de esas palabras fuera con él.
—Aun así, mejor prevenir que curar— murmuró alguien. —La seguridad es más estricta en todas partes. Se dice que hay una rata...
Sus voces se desvanecieron entre murmullos. La postura de Luuk no cambió ni una pizca, mientras sus manos hicieron un trabajo impecable. Limpiar, tratar, vendar. Solo de vez en cuando dejaba entrever una pizca de nerviosismo: pinzas chocando juntas, un tapón de botella deslizándose de sus dedos...
Con cada vendaje terminado, el herido se levantaba y se marchaba. El que había hablado antes le dio a Luuk una palmada casual en el hombro. —Gracias, doc.
—Solo hago mi trabajo—. Las palabras salían dóciles de su garganta.
Los pasos se fueron desvaneciendo. La puerta se cerró. La sala de tratamiento se quedó en silencio, con el olor del desinfectante impregnando débilmente el aire.
Luuk Herssen se enderezó con calma. La timidez retrocedió. Se quitó las gafas, limpiando los cristales mientras se dirigía a los suministros médicos apilados en la esquina. Liberado del disfraz, sus ojos rojos como la sangre se alzaron hacia la parte superior de un gabinete.
De entre todo el desorden, sacó un dispositivo de escucha no más grande que un botón.
La trampa se estaba cerrando.
Después de confirmar la transmisión, Luuk se dirigió a la ventana y apartó ligeramente la pesada cortina. Afuera se veía el complejo sombrío de los Fractsidus, el último rayo del crepúsculo disolviéndose en la noche. Se puso las gafas de nuevo. Una por una, luces distantes parpadearon, reflejadas en los cristales como los ojos de bestias en la oscuridad.
Se paró entre la luz y la oscuridad, los ojos entornados tras el cristal.
El juego apenas daba comienzo.
Luuk Herssen caminó por el tenue pasillo usando unas gafas finas de montura plateada, balanceando un viejo maletín médico a su lado. Sus pasos eran suaves, conscientes, perfectamente metidos en su papel: un joven doctor silencioso y modesto, lo suficientemente hábil para ser útil, lo suficientemente tímido para pasar desapercibido.
La puerta se cerró tras su espalda. Lo que le recibió a continuación fue el hedor pesado de la sangre y el mordisco acre del desinfectante.
Varios Fractsidus heridos estaban sentados o deambulando. Mientras se acercaba, alguien chasqueó la lengua con impaciencia. —¡Llegas tarde!
Encorvó los hombros, bajó la mirada y se apresuró, casi escondiéndose en su abrigo.
El maletín médico se abrió con un suave chasquido. Sacó cuidadosamente las pinzas y el algodón antiséptico y comenzó a limpiar una herida en un brazo. En la esquina, algunos de los miembros menos heridos hablaban entre susurros.
—¡Shhh!—. Alguien los cortó bruscamente, mirando con cautela hacia Luuk mientras trabajaba.
El locutor se congeló por un momento, pero luego se burló. —De qué te preocupas? ¿De él?— dijo, levantando la voz a propósito. —La última vez que me trató el hombro, estaba tan nervioso que no paraba de jadear. Míralo, tímido como un ratón. No es un peligro.
Luuk se ajustó las gafas. Su vista permaneció baja, centrada completamente en el vendaje de sus manos, como si ninguna de esas palabras fuera con él.
—Aun así, mejor prevenir que curar— murmuró alguien. —La seguridad es más estricta en todas partes. Se dice que hay una rata...
Sus voces se desvanecieron entre murmullos. La postura de Luuk no cambió ni una pizca, mientras sus manos hicieron un trabajo impecable. Limpiar, tratar, vendar. Solo de vez en cuando dejaba entrever una pizca de nerviosismo: pinzas chocando juntas, un tapón de botella deslizándose de sus dedos...
Con cada vendaje terminado, el herido se levantaba y se marchaba. El que había hablado antes le dio a Luuk una palmada casual en el hombro. —Gracias, doc.
—Solo hago mi trabajo—. Las palabras salían dóciles de su garganta.
Los pasos se fueron desvaneciendo. La puerta se cerró. La sala de tratamiento se quedó en silencio, con el olor del desinfectante impregnando débilmente el aire.
Luuk Herssen se enderezó con calma. La timidez retrocedió. Se quitó las gafas, limpiando los cristales mientras se dirigía a los suministros médicos apilados en la esquina. Liberado del disfraz, sus ojos rojos como la sangre se alzaron hacia la parte superior de un gabinete.
De entre todo el desorden, sacó un dispositivo de escucha no más grande que un botón.
La trampa se estaba cerrando.
Después de confirmar la transmisión, Luuk se dirigió a la ventana y apartó ligeramente la pesada cortina. Afuera se veía el complejo sombrío de los Fractsidus, el último rayo del crepúsculo disolviéndose en la noche. Se puso las gafas de nuevo. Una por una, luces distantes parpadearon, reflejadas en los cristales como los ojos de bestias en la oscuridad.
Se paró entre la luz y la oscuridad, los ojos entornados tras el cristal.
El juego apenas daba comienzo.
La tormenta
Aunque el invierno llegaba a su fin, el frío se negaba a irse. Cuando por fin Luuk se liberó de la montaña de burocracia e investigaciones encubiertas, empujó la puerta de la sala de cuidados especiales y apenas reconoció la figura demacrada en la cama.
Rhein yacía contra la almohada. Los rizos que una vez habían sido suaves y esponjosos ahora se pegaban amarillentos a su frente. Al sonido del movimiento, sus ojos se movieron ligeramente, pero ninguna voz los acompañó.
Luuk recordó de repente las palabras de su padre: «Deberías sentirte afortunado. El Ícor te eligió».
A pesar del daltonismo y los ataques de dolor abrasador, Luuk era la única persona sanada por el ícor. Todos los demás que pasaron por el tratamiento terminaron igual que Rhein.
Luuk se sentó junto a la cama. El ritmo constante de las máquinas llenaba la habitación. Buscó palabras para romper el silencio.
—Estudié psicología una temporada— dijo. —Pensé que igual me ayudaba a entender mejor. A ayudar a algunas personas—. Después de una pausa, añadió: —También he mejorado en la cocina. Ya no quemo pasteles. ¿Hay algo que te apetezca comer? Puedo hacerlo.
Silencio. Luuk no se rindió y cambió de tema.
—He conocido a alguien hace poco. {Male=Un amigo;Female=Una amiga}. Inteligente y de fiar. Ha desafiado muchas de mis viejas ideas, de las más persistentes. Quizás debería intentar cambiar...
—¿Crees realmente que lo necesitas?— La voz de Rhein interrumpió, ronca y quebradiza, como un pico de hielo clavado directamente en su pecho. —¿No eres siempre tan… excepcional? No como el resto de nosotros, gente normal y corriente.
La respiración de Luuk se cortó. La calma que había mantenido se desplomó de repente. Miró a los ojos de Rhein, antes brillantes y vivaces, ahora opacos hasta casi el vacío. Y bajo esa superficie quieta se agitaba algo inconfundible: el odio.
...
—Ya no me hablará más— dijo Luuk en voz baja.
La respuesta de la Terminal fue constante, impersonal. —Él no te odia a ti, sino a todo lo que el apellido «Herssen» representa. Simplemente eres el único objetivo seguro para ese odio.
Luuk estuvo callado un momento. —Gracias...
—¿Has encontrado algo?
—Los puntos están a punto de conectarse— respondió Luuk, mirando por la ventana. Nubes oscuras se enrollaban y espesaban, presagiando una lluvia fuerte. —Esta noche... veré la verdad por mí mismo.
Esa noche tormentosa, la lluvia cayó como si quisiera aplastar el mundo. Luuk caminó solo hacia un cementerio desierto. Un rayo blanco desgarró el cielo, iluminando la lápida que tenía delante. Era la de su padre.
Y entonces lo vio.
A través de la cortina de lluvia se alzaba una figura solitaria sosteniendo un paraguas, esperando ante la piedra, como si hubiera sabido que vendría. Las gotas de lluvia estallaban contra el paraguas, derramándose por sus bordes como una cascada. Pero a través de ese caos de gris y negro, Luuk vio claramente los ojos que lo observaban.
Dorados. Como Ícor fundido. Como el primer rayo de sol sobre el páramo helado.
El único color vívido en un mundo ceniciento.
—Si realmente has descubierto algo— le dijo {Male=él;Female=ella}, avanzando a través del agua, —necesitarás {Male=un;Female=una} testigo.
Rhein yacía contra la almohada. Los rizos que una vez habían sido suaves y esponjosos ahora se pegaban amarillentos a su frente. Al sonido del movimiento, sus ojos se movieron ligeramente, pero ninguna voz los acompañó.
Luuk recordó de repente las palabras de su padre: «Deberías sentirte afortunado. El Ícor te eligió».
A pesar del daltonismo y los ataques de dolor abrasador, Luuk era la única persona sanada por el ícor. Todos los demás que pasaron por el tratamiento terminaron igual que Rhein.
Luuk se sentó junto a la cama. El ritmo constante de las máquinas llenaba la habitación. Buscó palabras para romper el silencio.
—Estudié psicología una temporada— dijo. —Pensé que igual me ayudaba a entender mejor. A ayudar a algunas personas—. Después de una pausa, añadió: —También he mejorado en la cocina. Ya no quemo pasteles. ¿Hay algo que te apetezca comer? Puedo hacerlo.
Silencio. Luuk no se rindió y cambió de tema.
—He conocido a alguien hace poco. {Male=Un amigo;Female=Una amiga}. Inteligente y de fiar. Ha desafiado muchas de mis viejas ideas, de las más persistentes. Quizás debería intentar cambiar...
—¿Crees realmente que lo necesitas?— La voz de Rhein interrumpió, ronca y quebradiza, como un pico de hielo clavado directamente en su pecho. —¿No eres siempre tan… excepcional? No como el resto de nosotros, gente normal y corriente.
La respiración de Luuk se cortó. La calma que había mantenido se desplomó de repente. Miró a los ojos de Rhein, antes brillantes y vivaces, ahora opacos hasta casi el vacío. Y bajo esa superficie quieta se agitaba algo inconfundible: el odio.
...
—Ya no me hablará más— dijo Luuk en voz baja.
La respuesta de la Terminal fue constante, impersonal. —Él no te odia a ti, sino a todo lo que el apellido «Herssen» representa. Simplemente eres el único objetivo seguro para ese odio.
Luuk estuvo callado un momento. —Gracias...
—¿Has encontrado algo?
—Los puntos están a punto de conectarse— respondió Luuk, mirando por la ventana. Nubes oscuras se enrollaban y espesaban, presagiando una lluvia fuerte. —Esta noche... veré la verdad por mí mismo.
Esa noche tormentosa, la lluvia cayó como si quisiera aplastar el mundo. Luuk caminó solo hacia un cementerio desierto. Un rayo blanco desgarró el cielo, iluminando la lápida que tenía delante. Era la de su padre.
Y entonces lo vio.
A través de la cortina de lluvia se alzaba una figura solitaria sosteniendo un paraguas, esperando ante la piedra, como si hubiera sabido que vendría. Las gotas de lluvia estallaban contra el paraguas, derramándose por sus bordes como una cascada. Pero a través de ese caos de gris y negro, Luuk vio claramente los ojos que lo observaban.
Dorados. Como Ícor fundido. Como el primer rayo de sol sobre el páramo helado.
El único color vívido en un mundo ceniciento.
—Si realmente has descubierto algo— le dijo {Male=él;Female=ella}, avanzando a través del agua, —necesitarás {Male=un;Female=una} testigo.
Tras el deshielo
La luz de la tarde se filtraba a través de la ventana, proyectando bandas de luz y sombra sobre el suelo. Estudiantes sudorosos por el entrenamiento se apiñaban alrededor de la camilla, observando mientras Luuk Herssen vendaba el tobillo de una víctima particularmente desafortunada.
—¡Dr. Luuk, es increíble!— siseó el alumno lesionado entre sus dientes apretados. —¿Puedes enseñarme cómo hacer eso, por favor?
Luuk terminó con un nudo limpio y le tocó el hombro. —Claro. Añadiremos la lección a tus gastos médicos—. Ante la estupefacción del chico, Luuk curvó los labios. —Es broma. Pero recuerda calentar la próxima vez. No me gustaría verte competir con muletas.
La risa se extendió por la habitación.
—¡Dr. Herssen, vamos al Mercado Roya más tarde! ¿Vienes con nosotros?
Luuk miró el reloj y negó con la cabeza, con pesar sincero. —Hoy no. Tengo más citas—. Se inclinó y bajó la voz. —Y sé de buena tinta que hoy los pasteles de la cafetería estarán a mitad de precio. Como lleguéis tarde, os quedaréis sin nada.
Los alumnos se golpearon las frentes y salieron en desbandada. La puerta de la enfermería se cerró detrás de ellos, acabando con la animada charla. En medio del silencio, el aroma a desinfectante sobresalía de repente. Luuk se dirigió a la ventana, recordando la última vez que había visto sol como este.
Esa fue también la última vez que vio a Rhein.
O más bien, era difícil decir si la «criatura» veteada de oro aún era Rhein. El plan de tratamiento que había consumido el esfuerzo de toda la vida del Grupo no había sido capaz de curar a ningún otro paciente con enfermedades raras, aparte de Luuk Herssen. En sus últimos momentos, Rhein ni siquiera murió de la enfermedad. El ícor, que una vez se creyó su salvación, se volvió contra él. Delirante, hirió a varias personas y huyó de la sala, en medio de una espiral hacia el descontrol completo. Luuk sintió el ícor ardiendo en su palma, ansioso por convertirse en arma, pero...
¿Realmente no había otra manera?
Luuk miró esos ojos que una vez brillaron dulcemente. No quedaba claridad en ellos. El Ícor quemaba, instándolo, pero él dudaba, buscando la forma de detener a Rhein sin matarlo.
La tormenta de nieve y los gritos se estrellaron, nublando su visión.
Había una manera. Cerró el puño.
Porque soy igual que él. Porque nosotros... llevamos la misma sangre.
En el momento final, Luuk revirtió el estado del Ícor en su palma, anclándolo a sí mismo y clavando a Rhein bajo el hielo. El oro solidificándose los ató a ambos. La escarcha se extendió desde sus pies, el dolor ardiente surgió de su palma, las dos fuerzas bloqueadas en un equilibrio silencioso y violento dentro de su cuerpo.
Mientras la conciencia comenzaba a desvanecerse, sintió a alguien a su lado, preguntándole cautelosamente si aún podía ver. Asintió. En un mundo blanqueado, vio el sol alzándose sobre el páramo helado distante, y a su alcance, unos ojos más brillantes que el sol.
{Male=Él;Female=Ella} le dijo: «Te haré una promesa. No importa cuántos inviernos cueste, pero nos volveremos a ver. Abrirás los ojos y yo estaré {Male=parado;Female=parada} justo aquí, igual que hoy».
Pensó que eso debía haber sido...
Clic.
La puerta de la enfermería se abrió. Luuk miró hacia ahí. La luz del sol se derramó, perfilando la figura en la entrada. El color cálido llenó el espacio tenue, y el mundo grisáceo y blanco se hizo pedazos en una lluvia de oro.
Era como si el sol volviera a alzarse una vez más.
Luuk sonrió y se dirigió hacia la luz. Fuera de la ventana, una nueva hoja, desprendida por la suave brisa primaveral, cayó deslizándose sobre el alféizar.
El largo invierno finalmente había terminado.
—¡Dr. Luuk, es increíble!— siseó el alumno lesionado entre sus dientes apretados. —¿Puedes enseñarme cómo hacer eso, por favor?
Luuk terminó con un nudo limpio y le tocó el hombro. —Claro. Añadiremos la lección a tus gastos médicos—. Ante la estupefacción del chico, Luuk curvó los labios. —Es broma. Pero recuerda calentar la próxima vez. No me gustaría verte competir con muletas.
La risa se extendió por la habitación.
—¡Dr. Herssen, vamos al Mercado Roya más tarde! ¿Vienes con nosotros?
Luuk miró el reloj y negó con la cabeza, con pesar sincero. —Hoy no. Tengo más citas—. Se inclinó y bajó la voz. —Y sé de buena tinta que hoy los pasteles de la cafetería estarán a mitad de precio. Como lleguéis tarde, os quedaréis sin nada.
Los alumnos se golpearon las frentes y salieron en desbandada. La puerta de la enfermería se cerró detrás de ellos, acabando con la animada charla. En medio del silencio, el aroma a desinfectante sobresalía de repente. Luuk se dirigió a la ventana, recordando la última vez que había visto sol como este.
Esa fue también la última vez que vio a Rhein.
O más bien, era difícil decir si la «criatura» veteada de oro aún era Rhein. El plan de tratamiento que había consumido el esfuerzo de toda la vida del Grupo no había sido capaz de curar a ningún otro paciente con enfermedades raras, aparte de Luuk Herssen. En sus últimos momentos, Rhein ni siquiera murió de la enfermedad. El ícor, que una vez se creyó su salvación, se volvió contra él. Delirante, hirió a varias personas y huyó de la sala, en medio de una espiral hacia el descontrol completo. Luuk sintió el ícor ardiendo en su palma, ansioso por convertirse en arma, pero...
¿Realmente no había otra manera?
Luuk miró esos ojos que una vez brillaron dulcemente. No quedaba claridad en ellos. El Ícor quemaba, instándolo, pero él dudaba, buscando la forma de detener a Rhein sin matarlo.
La tormenta de nieve y los gritos se estrellaron, nublando su visión.
Había una manera. Cerró el puño.
Porque soy igual que él. Porque nosotros... llevamos la misma sangre.
En el momento final, Luuk revirtió el estado del Ícor en su palma, anclándolo a sí mismo y clavando a Rhein bajo el hielo. El oro solidificándose los ató a ambos. La escarcha se extendió desde sus pies, el dolor ardiente surgió de su palma, las dos fuerzas bloqueadas en un equilibrio silencioso y violento dentro de su cuerpo.
Mientras la conciencia comenzaba a desvanecerse, sintió a alguien a su lado, preguntándole cautelosamente si aún podía ver. Asintió. En un mundo blanqueado, vio el sol alzándose sobre el páramo helado distante, y a su alcance, unos ojos más brillantes que el sol.
{Male=Él;Female=Ella} le dijo: «Te haré una promesa. No importa cuántos inviernos cueste, pero nos volveremos a ver. Abrirás los ojos y yo estaré {Male=parado;Female=parada} justo aquí, igual que hoy».
Pensó que eso debía haber sido...
Clic.
La puerta de la enfermería se abrió. Luuk miró hacia ahí. La luz del sol se derramó, perfilando la figura en la entrada. El color cálido llenó el espacio tenue, y el mundo grisáceo y blanco se hizo pedazos en una lluvia de oro.
Era como si el sol volviera a alzarse una vez más.
Luuk sonrió y se dirigió hacia la luz. Fuera de la ventana, una nueva hoja, desprendida por la suave brisa primaveral, cayó deslizándose sobre el alféizar.
El largo invierno finalmente había terminado.
Líneas de Voz de Luuk Herssen
Pensamientos: I
Qué curioso. La primera vez que perdí la visión en color debido a efectos secundarios del ícor, el mundo se convirtió de repente en una película vieja, de esas en blanco y negro. Lo único que apreciaba eran los hipnotizantes matices dorados que bronceaban el mundo a mi alrededor: la luz matutina alumbrando el alféizar, las sonrisas de los estudiantes mientras les quitaba las vendas, la energía vibrante que traían a la sala al empujar mi puerta... Mira, incluso este ramo que me trajeron unos estudiantes esta mañana brilla débilmente con esa misma luz dorada. Quizás cuando tenga tiempo, vaya a recoger nuevas semillas yo mismo.
Pensamientos: II
Nací en una familia de médicos. Mis juguetes de la infancia eran estetoscopios, y mis cuentos para dormir eran tratados sobre medicina. Cualquiera habría dicho que estaba hecho para la profesión. Durante años, me moví como un delicado mecanismo de relojería, cada paso preciso, deliberado, impecable, por el sendero establecido. Pero cuando dominé el bisturí, la confusión hizo su primera incisión. Cada vez que me ponía bajo la luz quirúrgica, sentía unos hilos invisibles tirando de mí. La razón me ordenaba cortar y el corazón se negaba a moverse. ¿Puede esto realmente salvar a todos? ¿Realmente puedo extirpar toda la enfermedad y podredumbre de este mundo estando aquí?
Pensamientos: III
Más adelante, recurrí a la psicología. Comencé a escuchar los sueños, las dudas y los miedos de las personas. Observando cómo las emociones reprimidas comenzaban a agitarse bajo una apariencia calmada. Esa era otra clase de «cirugía»: no efectuabas la incisión en la carne, sino en su silenciosa fachada. Vi a muchos volver desde las profundidades de la desesperación... e incluso yo mismo me reconstruía gracias a sus historias.
Pensamientos: IV
¿Te acuerdas de aquella noche de lluvia? El viento era tan fuerte que podría haber arrancado los huesos de un hombre. Pensé que el mundo me había dejado sin nada más que una tumba vacía como compañía, hasta que te vi, de pie al borde de la tormenta, extendiendo tu mano. Tú viste a través de ese esquema del suyo mucho antes que yo. Incluso la muerte era un recurso narrativo más en su retorcida obra. Mientras la lluvia lavaba las palabras de la lápida como cuando se derrite la nieve, la supuesta «verdad» se desvaneció, disolviéndose en la oscuridad.
... Pero ese no era el final que yo quería.
Tallaré la verdad, y expondré cada mentira a la luz ardiente del día.
... Pero ese no era el final que yo quería.
Tallaré la verdad, y expondré cada mentira a la luz ardiente del día.
Pensamientos: V
He visto el sol en nuestro pacto, así que ahora es mi turno de liderar el camino. Nos aguarde lo que nos aguarde, desesperación o esperanza, igual que una vez nos apoyamos mutuamente a través de la ventisca, caminemos hombro con hombro.
El pasatiempo de Luuk Herssen
A ver... ¿estar cerca de la gente cuenta como pasatiempo? Me gusta conocer a otros y escuchar las historias de su vida. Te sorprenderían los maravillosos y divertidos relatos que cuentan. Es mucho más interesante que enterrarme en artículos de investigación.
Claro que, cuando estoy solo, me gusta servirme una taza de té, sentarme junto a la ventana y ver caer la nieve... u ordenar mis bisturíes y frascos de medicina justo como debe ser. Es extrañamente relajante, aunque a veces me trae recuerdos de los viejos tiempos. Ja, era broma. Hace mucho que superé el pasado. Lo que sea que pasó entonces, cada día que tengo ahora es algo que espero con ansias.
Claro que, cuando estoy solo, me gusta servirme una taza de té, sentarme junto a la ventana y ver caer la nieve... u ordenar mis bisturíes y frascos de medicina justo como debe ser. Es extrañamente relajante, aunque a veces me trae recuerdos de los viejos tiempos. Ja, era broma. Hace mucho que superé el pasado. Lo que sea que pasó entonces, cada día que tengo ahora es algo que espero con ansias.
El problema de Luuk Herssen
La verdad es que hoy por hoy no tengo muchas preocupaciones. ¿Te lo puedes creer? He aprendido a disfrutar de una conversación en lugar de cavilar a solas. Ya sea el clima, el desayuno o una flor al lado del camino... nuestras ansiedades o trivialidades no son más que evidencias de que estamos vivos. Así que, si algo te preocupa, me gusta escuchar.
Comida favorita
Ya conoces la respuesta, ¿no? Los caramelos, claro. ¿Quieres uno?
Últimamente he ido probando variedades nuevas. Mis estudiantes son una fuente de inspiración constante. El otro día vino uno, y muy serio me preguntó si podía darle un caramelo que liberara el estrés de los exámenes de la noche a la mañana. Je. ¿Debería decirle que, si comparamos los caramelos con una charla conmigo en mi oficina, eso último funciona mejor?
Últimamente he ido probando variedades nuevas. Mis estudiantes son una fuente de inspiración constante. El otro día vino uno, y muy serio me preguntó si podía darle un caramelo que liberara el estrés de los exámenes de la noche a la mañana. Je. ¿Debería decirle que, si comparamos los caramelos con una charla conmigo en mi oficina, eso último funciona mejor?
Comida que no le gusta
No soporto las verduras picantes o el marisco que sabe demasiado a pescado. Esos sabores me recuerdan las temporadas lluviosas. Olores húmedos, mohosos, podridos. Nunca me ha gustado la lluvia interminable... Aun así, nunca juzgaría el gusto de otra persona. Cuando una receta se gana un paladar, es porque debe tener su propio encanto, ¿no crees?
Ideales
Mi deseo de toda la vida es ser «compañero» de alguien. Juntos, los enviaremos... directos al infierno.
Chat: I
Estos dispositivos de restricción en mi cuello y brazos... son para contener el ícor, o lo que llaman el «Suero Áureo». Nada demasiado misterioso. Seguro que te sabes la historia, ¿no? Son solo «cicatrices quirúrgicas». El ícor puede remodelarse bajo mi voluntad. Cuando lo necesito, aparece en mi mano con la forma perfecta. Gracias a esto, el ícor permanece silencioso dentro de mí. Ahora ya no represento ninguna amenaza, y tengo el control total.
Chat: II
El día antes de venir a Lahai-Roi , le dejé todo el desastre de Novialle a mi asistente. Me sentí extrañamente tranquilo cuando vi una expresión de auténtica sorpresa y confusión en su rostro. Tenías razón. Necesitaba aflojar la cuerda que había mantenido demasiado tensa, mudarme a algún lugar nuevo y comenzar de cero.
Acerca de Lucilla
La directora de la Academia y... una adulta astuta. Lucilla sabe lo que quiere, y lo que otros quieren de ella. A diferencia de esos académicos pedantes, ella entiende cuándo ponerse firme y cuándo ceder por el bien de Fuegostelar . Es calmada y silenciosa, como las corrientes subterráneas que fluyen bajo la capa de hielo de la Academia, y lo mantiene todo a salvo.
Acerca de Aemeath
Esa niña significa tanto para ti. Veo aspectos de ti en ella. Es tan testaruda contra el destino, tan decidida y valiente que te deja sin palabras. Hay momentos en que esa alegría cojea, y veo cómo esa sonrisa brillante es solo una máscara que se pone, pero si es eso lo que ella elige mostrar, lo respetaré.
Acerca de Sigrika
Sigrika carga un peso demasiado pesado para alguien de su edad. Por suerte, los caramelos endulzan la tristeza, y nunca duda en probar los que le ofrezco. Su valentía me impresiona. Quizás esa curiosidad suya sea lo único que se corresponde con su edad.
Acerca de Rhein
Dos «hermanos» empleados como peones en este juego del Suero Áureo, aunque no compartimos sangre. Aun así, había similitudes entre nosotros. Cuando decidimos algo, ya no hay marcha atrás; es un ansia por alcanzar la verdad, sin importar cuánto queme... Si alguna vez despierta de nuevo, creo que será un pintor excelente. Siempre tuvo el don. Su vida no debería terminar aquí. Debe haber una manera.
Acerca de los Fractsidus y «él»
Extraño, ¿no? Él jugó con tantas vidas como si fuéramos meros accesorios de un escenario, pero no sé nada de su nombre o género. Dudo que se haya molestado en recordar el mío tampoco, pero está bien. Un día, arrancaremos toda la sociedad de los Fractsidus de raíz y la arrojaremos al abismo que él mismo escarbó.
Deseos de cumpleaños
Hola, {PlayerName}. ¡Feliz cumpleaños!
Los Páramos Helados rara vez ven cambiar las estaciones, y solo un invierno interminable se extiende hasta donde alcanza la vista. Sin embargo, la nieve que entierra el pasado también nutre nuevos comienzos. En un día como este, me gustaría enviarte mis mejores deseos.
Gracias por elegir pasar este día conmigo.
Sigue caminando hacia el amanecer. El mundo que tienes por delante es vasto, y cada una de tus huellas en la nieve será tocada por la luz. Seguirás avanzando, y yo no estaré muy lejos, vigilando los lugares que has iluminado. Cuando mires atrás, seguiré aquí, con los brazos abiertos.
Como siempre hemos hecho, emergiendo de la oscuridad, juntos.
Desde este día, soy tu compañero, uno que no necesita que se lo agradezcas.
Los Páramos Helados rara vez ven cambiar las estaciones, y solo un invierno interminable se extiende hasta donde alcanza la vista. Sin embargo, la nieve que entierra el pasado también nutre nuevos comienzos. En un día como este, me gustaría enviarte mis mejores deseos.
Gracias por elegir pasar este día conmigo.
Sigue caminando hacia el amanecer. El mundo que tienes por delante es vasto, y cada una de tus huellas en la nieve será tocada por la luz. Seguirás avanzando, y yo no estaré muy lejos, vigilando los lugares que has iluminado. Cuando mires atrás, seguiré aquí, con los brazos abiertos.
Como siempre hemos hecho, emergiendo de la oscuridad, juntos.
Desde este día, soy tu compañero, uno que no necesita que se lo agradezcas.
Inactivo: I
*Sonido de esfuerzo*
Inactivo: II
¿Oh?
Inactivo: III
Oye, tómatelo con calma. ¿Quieres uno también? ¿*Mmm*? Ja, ja.
Autopresentación
Dr. Luuk Herssen, de la Unidad Médica de Resonancia. Es una rara excepción que nos veamos fuera de mi oficina. Oh, puedes llamarme simplemente Luuk.
Saludo
Ya me he despedido del «yo» enterrado bajo las tierras heladas. Cuando la nieve se derrita... nos encontraremos de nuevo entre las nuevas flores de la primavera.
Unirse al equipo: I
Déjalo en mis manos.
Unirse al equipo: II
¿Necesitas un médico? Resulta que estoy libre.
Unirse al equipo: III
Que este oro se convierta en tu arma más fiable.
Ascensión: I
Mi cuerpo responde... con una frecuencia tan sutil, casi inaudible. Como el instante silencioso cuando una hoja finalmente se afila a la perfección. *Mmm*, qué bien se siente. Preciso, como una extensión de mi brazo.
Ascensión: II
La fuerza no es solo para la batalla. También llega a aquellos que, atrapados entre el fracaso y la recuperación, aún eligen extender una mano.
Ascensión: III
El ícor se está agitando. Quema un poco, pero es tolerable. Está bien. El dolor es el lenguaje de la medicina. Me recuerda por qué asumí este deber, y hacia dónde debo ir.
Ascensión: IV
No me romperé. Soy el hueso que soporta ventiscas, la lámpara al rojo vivo de una mesa quirúrgica. Ardo, pero mi bisturí nunca vacila.
Ascensión: V
Somos amigos jurados. Juntos, enviaremos a aquellos que no tienen cabida en este mundo directos al infierno. Así que te hago este voto: resucitaré del hielo y veré la luz del sol besar la nieve. Hasta entonces y más allá, nunca te traicionaré ni dejaré tu lado.
Ataque básico: I
Reacción: inicio.
Ataque básico: II
Qué pena. Solo un paso en falso.
Ataque básico: III
En el blanco.
Ataque básico: IV
Disección.
Ataque básico: V
Reconstrucción.
Ataque básico: VI
Cambio de modalidad.
Ataque básico: VII
Escisión.
Ataque básico: VIII
Recipientes al descubierto.
Ataque aéreo: I
¡Regresa al silencio!
Ataque aéreo: II
¡Sepultado en el amanecer!
Ataque aéreo: III
La agonía cesa.
Habilidad de resonancia: I
Fin de la partida.
Habilidad de resonancia: II
Hora de la incisión.
Habilidad de resonancia: III
Ja, te pillé.
Habilidad de resonancia: IV
El desequilibrio termina aquí.
Habilidad de resonancia: V
La ceniza toma forma.
Habilidad de resonancia: VI
¡Álzate de nuevo!
Habilidad de resonancia: VII
¡Corrupción extirpada!
Habilidad de resonancia: VIII
Venas expuestas.
Circuito del Forte: I
Je, je, como esperaba.
Circuito del Forte: II
Predicción exacta.
Liberación de resonancia: I
Mi bisturí graba tu epitafio.
Liberación de resonancia: II
Te entrego una muerte misericordiosa.
Liberación de resonancia: III
Otorgo la paz eterna.
Habilidad Intro: I
Alivio del dolor iniciado.
Habilidad Intro: II
*Sssh*... resistirse solo causa más dolor.
Habilidad Intro: III
Procedimiento inmediato.
Golpe: I
...Una incisión profunda.
Golpe: II
…Mi pasado corta más hondo.
Herido: I
Un precio soportable.
Herido: II
Je, je, por fin algo de sangre.
Herido: III
Eso es otra cosa.
Derrotado: I
Una vez más... debemos separarnos.
Derrotado: II
Qué final tan... silencioso.
Derrotado: III
¿Otra vez... allí?
Invocación de Eco
Adelante, mi {Male=compañero;Female=compañera}.
Transformación de Eco: I
División de forma.
Transformación de Eco: II
Yo soy el recipiente.
Enemigos acercan
Justo a tiempo.
Planeo: I
*Mmm*, qué refrescante.
Planeo: II
Buen cambio de perspectiva.
Sensor
*Mmm*... Un análisis claro.
Esprint
El camino está despejado.
Cofre de suministros: I
¿Oh? ¿Qué se esconde dentro?
Cofre de suministros: II
*Mmm*. Son solo rasguños. Todo es funcional.
Cofre de suministros: III
Espero que esto ayude.