Información
Augusta
Augusta VA
Chino: Mu Xueting
Japonés: Hikasa Yoko
Coreano: Lee Ji Hyeon
Inglés: Alix Wilton Regan
Informe de Examen Forte de Augusta
Poder de Resonancia
Magnetismo del amanecer
Informe de Evaluación de Resonancia
[Extraído del informe médico de una participante del Agón █████]
Nombre: Augusta
El historial de Resonancia de esta contendiente se remonta a su primera infancia, y es casi idéntico a su edad. Se especula con que es una Resonadora congénita .
La contendiente Augusta tiene su Marca Tácita en el dorso de la mano izquierda. Al activarla, puede generar y manipular un campo magnético alrededor de su cuerpo con un radio de diez metros. Con un mayor dominio de su Forte, sería capaz de controlar y reestructurar materiales como el hierro, el cobalto y el níquel. Sin embargo, si nos basamos tanto en su testimonio personal como en los datos de las pruebas, su Forte parece haber alcanzado su desarrollo máximo, por lo que ese radio de diez metros sería lo más lejos que podría llegar.
«Una Resonadora congénita inusual cuyo Forte ofrece poco más que algo de apoyo en combate. "Mediocre" sería la palabra más adecuada para describirlo. Que alguien como ella destaque en el Agón sería como ver salir el sol a medianoche: pura fantasía». —De las notas del examinador médico
La Marca Tácita que tiene en el dorso de la mano desde su infancia fue a la vez una bendición de los cielos y una broma cruel. Una vez, su débil Forte fue como unos grilletes que la apresaban, pero ahora hace mucho que derritió esas cadenas. Paso a paso, Augusta sube los peldaños hacia el trono, demostrando a todos que incluso alguien nacido del polvo puede brillar con la fuerza de un sol ardiente.
Informe de Diagnóstico de Overclock
[Informe médico anual del Palacio de la Éforo — Acceso verificado]
El gráfico de onda del sujeto muestra fluctuaciones elípticas. El patrón de dominio del tiempo es regular y no se observan fluctuaciones anormales. Los resultados de las pruebas entran dentro del rango de fase normal.
Criticidad resonante: el riesgo de que este sujeto entre en modo Overclock es mínimo. Basándonos en la intensidad de la onda, también descartamos el potencial de Overclock.
En los registros no hay antecedentes de Overclock, por lo que la atención psicológica se considera innecesaria en este momento.
«Cada vez que hacemos esto, para mí es como comprobar tu altura como mujer adulta, lo cual es... un poco raro».
«Y, aun así, tú nunca dejas de sorprender en las pruebas físicas. Bueno, más bien dejas con la boca abierta a quienes diseñaron el equipamiento de prueba...».
«Ja, ja, ¿ah, sí?».
Objetos Apreciados y Favores de Augusta
Sello del sol y el grifo
La piedra con la que se elaboró este sello se extrajo de las primeras montañas que pisaron los ancestros de Septimont. Resistente y de textura lisa, el blanco puro de su superficie presenta patrones sinuosos tallados por el propio tiempo, una marca indeleble de la historia grabada en la tierra.
El sello lo adornan un grifo y un sol, ambos elaborados en metales preciosos. La bestia representa el valor y la visión, mientras que el astro representa la eternidad y la gloria. Este pequeño sello simboliza los sueños y esperanzas de los fundadores de Septimont y sirve como recordatorio constante de la determinación con la que empezó todo.
Augusta aún recuerda su tacto en la punta de los dedos cuando lo sostuvo por primera vez, aquella sensación gélida con un silencioso toque ardiente. El toque del poder. Ella sabe bien que tras ese poder hay algo más que honor. El sello, a pesar de ser lo bastante ligero como para poder lanzarlo al aire, le pesa en la mano como una carga sobre los hombros, un lastre del que no se puede deshacer.
Cinta vieja
Antes de que Augusta se labrara un nombre, hizo trabajos esporádicos y ahorró como pudo para comprarse esta cinta decorada con los patrones tradicionales de Septimont. Por aquel entonces, ella no era más que otra gladiadora anónima con una vida dura, sin nadie que la viera ni la escuchara. Antes de adentrarse en la arena, siempre se ataba esta cinta alrededor de la cabeza, por lo que fue testigo de todos sus combates y le secó cada lágrima silenciosa que derramó.
En la víspera de un Agón Sangriento, Augusta extendió la cinta sobre sus rodillas y, con torpeza, bordó en el dorso una única línea de palabras pequeñas:
«Aunque sangres, recuerda por qué desenvainas la espada».
Los caracteres estaban torcidos y las puntadas eran bastas. Cuando hubo terminado, se puso en pie y se ató la cinta una vez más.
No volvió la vista al camino que la había conducido hasta aquí.
No le hizo falta.
«Gladiabellotita»
De pequeña, Augusta se hizo un «compañero de juegos» con una bellota. Al igual que sus desafortunados hermanos de formas extrañas, esta bellota provenía del gran roble de Fabianum.
Por aquel entonces, Augusta aún no había aprendido el arte de la artesanía: la mayoría de sus gladiabellotas tenían formas irregulares, algunas con piernas rotas y otras con cabezas aplastadas. Aun así, todos estos pequeños y efímeros compañeros tuvieron nombre antes de que Augusta les diera sepultura en el jardín. Una noche cálida, la pequeña le entregó una gladiabellota inacabada a su padre y, en sus manos, cobró «vida». Era sólida. Hermosa. Igual que un poderoso gladiador de verdad.
Así es: Gladiabellotita fue una gladiadora condecorada. Entre sus heroicas hazañas se incluyen:
—Derrotar a una araña que intentó tejer una tela en su casco.
—Derrotar a una tormenta que sopló por la ventana.
—Derrotar a la gladiabellota «Rolliza».
—Derrotar a la gladiabellota «Enjuta».
En la imaginación sin límites de la pequeña Augusta, Gladiabellotita encarnaba a la perfección la imagen de un Rey de los Héroes.
Han pasado los años. Ahora, Gladiabellotita descansa en silencio en un rincón de su estudio, como una veterana curtida disfrutando de su merecida jubilación. Por su parte, la niña que una vez la admiró sigue avanzando con firmeza por su propio camino hacia la gloria.
Historia de Augusta
El susurro
«¡Clanc!».
Cuando le arrebataron la espada a la joven, su mente también se sumergió en la confusión.
El calor le recorrió las extremidades y las dejó entumecidas. Sus nervios fueron rompiéndose, uno a uno, por la tensión, hasta caer en una oscuridad fría y silenciosa.
Había perdido la cuenta de las veces que la habían derribado. Y no sabía cuántas más le tocaría levantarse.
El temor se adueñó de su pecho. Envolvió su voluntad menguante como un capullo de seda.
Estaba aterrorizada. Temía desmoronarse antes de conseguir nada. Temía perderse en un camino sin retorno.
«Acepta este sentimiento, Augusta...».
La voz resonó en su oído, rasgando la penumbra como un fósforo al encenderse en el vacío.
«Aprende a temer. A tener miedo. Esta es tu primera lección...».
«Debes aceptar tu debilidad. Solo así comprenderás la verdadera fuerza».
«Solo al saborear la derrota entenderás el valor del poder...».
«El camino de la gloria no se forjó para ti. Pero si logras alcanzar su fin, a nadie le importará el nombre que solías portar».
«La determinación de ser una heroína... Es más que suficiente para empezar a serlo...».
«Así que, avanza por el camino, Augusta... No tienes alternativa. Y tampoco la necesitas».
«No persigas la luz como una polilla. Sé el sol abrasador que nadie se atreve a mirar».
«Ahora, álzate, Augusta».
El susurro desgarró el capullo del miedo, dejándola expuesta de nuevo en la gélida oscuridad.
El frío punzó la escasa voluntad que le quedaba, y entonces...
Se irguió.
Sus piernas temblaban. Arrastró un pie, luego otro. Alcanzó su espada. La empuñó.
Y de nuevo, desafió al gladiador llamado Cato.
Desde ese instante...
Blandió su primera victoria como una hoja para abrirse camino hacia la gloria.
Cuando le arrebataron la espada a la joven, su mente también se sumergió en la confusión.
El calor le recorrió las extremidades y las dejó entumecidas. Sus nervios fueron rompiéndose, uno a uno, por la tensión, hasta caer en una oscuridad fría y silenciosa.
Había perdido la cuenta de las veces que la habían derribado. Y no sabía cuántas más le tocaría levantarse.
El temor se adueñó de su pecho. Envolvió su voluntad menguante como un capullo de seda.
Estaba aterrorizada. Temía desmoronarse antes de conseguir nada. Temía perderse en un camino sin retorno.
«Acepta este sentimiento, Augusta...».
La voz resonó en su oído, rasgando la penumbra como un fósforo al encenderse en el vacío.
«Aprende a temer. A tener miedo. Esta es tu primera lección...».
«Debes aceptar tu debilidad. Solo así comprenderás la verdadera fuerza».
«Solo al saborear la derrota entenderás el valor del poder...».
«El camino de la gloria no se forjó para ti. Pero si logras alcanzar su fin, a nadie le importará el nombre que solías portar».
«La determinación de ser una heroína... Es más que suficiente para empezar a serlo...».
«Así que, avanza por el camino, Augusta... No tienes alternativa. Y tampoco la necesitas».
«No persigas la luz como una polilla. Sé el sol abrasador que nadie se atreve a mirar».
«Ahora, álzate, Augusta».
El susurro desgarró el capullo del miedo, dejándola expuesta de nuevo en la gélida oscuridad.
El frío punzó la escasa voluntad que le quedaba, y entonces...
Se irguió.
Sus piernas temblaban. Arrastró un pie, luego otro. Alcanzó su espada. La empuñó.
Y de nuevo, desafió al gladiador llamado Cato.
Desde ese instante...
Blandió su primera victoria como una hoja para abrirse camino hacia la gloria.
El derecho de los fuertes
Confrontar. Evaluar. Asestar el golpe. Después llegaron el veredicto, los aplausos y los vítores.
Ignoró las intensas miradas y se marchó sin echar la vista atrás.
Con el paso del tiempo, Augusta dejó de sentir pasión por ganar, pues era realmente fácil hacerlo.
Ansiaba una piedra de afilar. Alguien que pudiera pulir su temple. Pero en Septimont, los rivales así escaseaban.
«Insuficiente... Sigue sin bastar...».
«Dos golpes para quebrar su ofensiva. Uno para aniquilar su defensa. Un último impacto para acabar».
«Un rival de este nivel... Debí poner fin al combate en cuatro movimientos...».
Augusta se sentó sola en la sala, analizando los fallos de su actuación.
«No hay prisa, Augusta...».
«Ya posees la mentalidad de los fuertes. Eso está bien...».
«Buscas brechas, te aferras a cualquier oportunidad... Así luchan los débiles. Para los fuertes, la victoria nunca es la meta. Tan solo el principio».
Como de costumbre, el susurro apareció.
Era como un mentor: paciente, pero firme. Un anciano persuasivo que aparecía siempre que ella más lo necesitaba para guiarla.
«¿Los fuertes...?». Augusta apretó la espada, con la voz teñida de incertidumbre.
«¿De verdad... me he convertido en uno de ellos?».
«Sin duda, Augusta. Ya no eres aquella niña indefensa».
«Exprime hasta la última gota de los débiles. Que los más fuertes sean tu combustible».
«Asciende por las escaleras que formen sus cuerpos y reclama tu trono...».
«¡...!».
Augusta abrió los ojos de golpe, como si un punzón helado le hubiera atravesado la columna.
«¿Qué pasa, Augusta?».
«Nada... Es que...». Se llevó una mano al rostro, con el ceño fruncido, tratando de recordar.
«Es que... no consigo recordar el aspecto del oponente de hoy...».
Días más tarde, Augusta recibió una invitación para acudir a las arenas clandestinas. Alguna vez, pisó aquel lugar como gladiadora. Ahora, la recibían como una ilustre invitada, sentada entre la nobleza.
«Acéptalo, Augusta. Amplía tus horizontes. Solo al escapar de esa pequeña jaula podrás alcanzar la cima de Septimont».
Ella quiso negarse. Pero, al final, hizo caso al susurro. Se sentó, tensa, en un suntuoso asiento al que no estaba habituada, y respondió a la banal charla de la nobleza con una cortesía nada propia de ella. La incomodidad la atenazó, así que desvió la mirada hacia la arena inferior.
Fue entonces cuando, tras las rejas de hierro, vio muchos más gladiadores de lo normal en un combate como ese.
«¡Augusta, nuestra estrella más radiante!», exclamó el noble a su lado. «Todos anhelan un aspirante que se alce y se mida contigo, pero aún no hemos hallado a nadie».
«Así pues, hemos preparado algo especial. Un Agón nunca antes visto. Sin reglas, sin límites. ¡Un combate a muerte!».
Una extraña desazón se instaló en el pecho de Augusta, filtrándose en su sangre.
«¡Mira, Augusta! ¿Ves a esos que esperan entrar? Todos cayeron una vez ante tu espada. Todos ellos».
«Ahora, se les ha concedido una segunda oportunidad. Para luchar de nuevo. Para obtener el privilegio de retarte una vez más».
«Y ese privilegio... solo le pertenece al último que quede en pie».
Un zumbido le invadió la cabeza. Escuchaba la sangre bombear en sus tímpanos.
«Disfruta del espectáculo, Augusta…», musitó el susurro. «Disfruta del festín preparado para ti. Un privilegio que solo los fuertes poseen…».
«El derecho… de los fuertes…».
Su murmullo chocó con la voz del susurro, como dos chispas que se golpean, y algo en su interior prendió.
Hasta incendiar su sangre. Despertó dudas y preguntas que la habían perseguido.
«No hay por qué molestarse tanto...».
LaMarca Tácita fulgió en el dorso de su mano. Un soplo de viento rasgó el aire. La espada voló directamente a su mano.
Los nobles contuvieron el aliento cuando Augusta se levantó de su asiento y saltó a la arena.
«¡Si queréis desafiarme, que sea sin privilegios!». Clavó la espada en el suelo y su voz resonó por toda la arena.
«Si compartís el mismo sueño, entonces apuntad con vuestra hoja a quien deseéis derrotar. ¡Ahora!».
Tras sus palabras, las puertas de hierro crujieron al abrirse. Los gladiadores entraron, uno a uno, rodeándola.
En ese instante, los recuerdos invadieron la mente de Augusta. Analizó a la multitud. Sentía la presión de mil ojos clavados en ella. Reconoció a cada uno de ellos.
Recordaba sus nombres. Sus movimientos. Sus puntos fuertes. Y sus debilidades.
Esperó, serena e inmóvil, a que sonara el cuerno de guerra.
Aquel día, ella fue la última que quedó en pie en la arena. Pero no se cobró ni una vida.
Aquel día, oyó el rugido de un millar de voces. Pero el susurro… no se hallaba entre ellas.
Ignoró las intensas miradas y se marchó sin echar la vista atrás.
Con el paso del tiempo, Augusta dejó de sentir pasión por ganar, pues era realmente fácil hacerlo.
Ansiaba una piedra de afilar. Alguien que pudiera pulir su temple. Pero en Septimont, los rivales así escaseaban.
«Insuficiente... Sigue sin bastar...».
«Dos golpes para quebrar su ofensiva. Uno para aniquilar su defensa. Un último impacto para acabar».
«Un rival de este nivel... Debí poner fin al combate en cuatro movimientos...».
Augusta se sentó sola en la sala, analizando los fallos de su actuación.
«No hay prisa, Augusta...».
«Ya posees la mentalidad de los fuertes. Eso está bien...».
«Buscas brechas, te aferras a cualquier oportunidad... Así luchan los débiles. Para los fuertes, la victoria nunca es la meta. Tan solo el principio».
Como de costumbre, el susurro apareció.
Era como un mentor: paciente, pero firme. Un anciano persuasivo que aparecía siempre que ella más lo necesitaba para guiarla.
«¿Los fuertes...?». Augusta apretó la espada, con la voz teñida de incertidumbre.
«¿De verdad... me he convertido en uno de ellos?».
«Sin duda, Augusta. Ya no eres aquella niña indefensa».
«Exprime hasta la última gota de los débiles. Que los más fuertes sean tu combustible».
«Asciende por las escaleras que formen sus cuerpos y reclama tu trono...».
«¡...!».
Augusta abrió los ojos de golpe, como si un punzón helado le hubiera atravesado la columna.
«¿Qué pasa, Augusta?».
«Nada... Es que...». Se llevó una mano al rostro, con el ceño fruncido, tratando de recordar.
«Es que... no consigo recordar el aspecto del oponente de hoy...».
Días más tarde, Augusta recibió una invitación para acudir a las arenas clandestinas. Alguna vez, pisó aquel lugar como gladiadora. Ahora, la recibían como una ilustre invitada, sentada entre la nobleza.
«Acéptalo, Augusta. Amplía tus horizontes. Solo al escapar de esa pequeña jaula podrás alcanzar la cima de Septimont».
Ella quiso negarse. Pero, al final, hizo caso al susurro. Se sentó, tensa, en un suntuoso asiento al que no estaba habituada, y respondió a la banal charla de la nobleza con una cortesía nada propia de ella. La incomodidad la atenazó, así que desvió la mirada hacia la arena inferior.
Fue entonces cuando, tras las rejas de hierro, vio muchos más gladiadores de lo normal en un combate como ese.
«¡Augusta, nuestra estrella más radiante!», exclamó el noble a su lado. «Todos anhelan un aspirante que se alce y se mida contigo, pero aún no hemos hallado a nadie».
«Así pues, hemos preparado algo especial. Un Agón nunca antes visto. Sin reglas, sin límites. ¡Un combate a muerte!».
Una extraña desazón se instaló en el pecho de Augusta, filtrándose en su sangre.
«¡Mira, Augusta! ¿Ves a esos que esperan entrar? Todos cayeron una vez ante tu espada. Todos ellos».
«Ahora, se les ha concedido una segunda oportunidad. Para luchar de nuevo. Para obtener el privilegio de retarte una vez más».
«Y ese privilegio... solo le pertenece al último que quede en pie».
Un zumbido le invadió la cabeza. Escuchaba la sangre bombear en sus tímpanos.
«Disfruta del espectáculo, Augusta…», musitó el susurro. «Disfruta del festín preparado para ti. Un privilegio que solo los fuertes poseen…».
«El derecho… de los fuertes…».
Su murmullo chocó con la voz del susurro, como dos chispas que se golpean, y algo en su interior prendió.
Hasta incendiar su sangre. Despertó dudas y preguntas que la habían perseguido.
«No hay por qué molestarse tanto...».
La
Los nobles contuvieron el aliento cuando Augusta se levantó de su asiento y saltó a la arena.
«¡Si queréis desafiarme, que sea sin privilegios!». Clavó la espada en el suelo y su voz resonó por toda la arena.
«Si compartís el mismo sueño, entonces apuntad con vuestra hoja a quien deseéis derrotar. ¡Ahora!».
Tras sus palabras, las puertas de hierro crujieron al abrirse. Los gladiadores entraron, uno a uno, rodeándola.
En ese instante, los recuerdos invadieron la mente de Augusta. Analizó a la multitud. Sentía la presión de mil ojos clavados en ella. Reconoció a cada uno de ellos.
Recordaba sus nombres. Sus movimientos. Sus puntos fuertes. Y sus debilidades.
Esperó, serena e inmóvil, a que sonara el cuerno de guerra.
Aquel día, ella fue la última que quedó en pie en la arena. Pero no se cobró ni una vida.
Aquel día, oyó el rugido de un millar de voces. Pero el susurro… no se hallaba entre ellas.
El héroe «impecable»
«¿Quién es?».
«¿Bromeas? ¡Es el éforo Magno! No hay ni un alma en Septimont que no lo conozca».
«Éforo...».
A la sombra de una esquina, Augusta dio el último bocado a su pan duro, con la mirada clavada en la alta figura que daba un discurso en la plaza. Tendría unos treinta años. Sus rasgos, cincelados como el mármol, se suavizaban con una sonrisa cálida y franca. Cuando sus palabras alcanzaron su punto más álgido, extendió los brazos y la multitud estalló en un aplauso atronador.
Un campeón invicto de los Agones públicos. Un gladiador prodigio único en su generación. Había masacrado a siete corrosaurios en las Mesetas Sanguis y regresado con vida, cubierto en sangre de dragón. Lo llamaban el Matadragones. En aquella época, las leyendas de sus proezas se extendían por todo Septimont.
Escuchaba al pueblo. Nunca ignoraba una súplica. Gobernaba sin codicia. Un éforo elegido por voluntad popular. Muchos creían que se convertiría en el Rey de los Héroes según la profecía de su era.
Para Augusta, ese título siempre le había parecido remoto e inalcanzable. Pero, por primera vez, vio a alguien que realmente podría alcanzarlo.
Un fuego se encendió en su pecho. Esas proezas que creyó exageradas, esas leyendas que conmovían el alma... Alguien, en sus propias carnes, las había vivido. Lo que significaba que su sueño no era una mera fantasía. Podría estar a su alcance.
Pero poco a poco, ese fuego comenzó a apagarse. Estudió el rostro del hombre y posó la mirada en aquella sonrisa de belleza impecable...
«¿Por qué alguien tan fuerte... no pudo salvar Fabianum?».
Poco después, Augusta se encontró cara a cara con aquel hombre, las preguntas aún pesándole en el alma.
«Felicidades, jovencita. Te has ganado la bendición de Arsinosa. Serás coronada como la nueva campeona».
En el podio, Augusta se encaró con Magno mientras este se disponía a prenderle la medalla en el pecho. Pero, tras aquella sonrisa tan forzada, vislumbró unos ojos apagados debido al agotamiento.
El héroe que una vez imaginó ya no estaba allí. Tampoco el fuego. El guerrero, antaño aclamado como el Matadragones, había desaparecido.
Augusta aceptó el honor en silencio. Justo antes de marcharse, le susurró, lo suficientemente bajo como para que solo él pudiera oírlo...
«¿Aquellas leyendas que hablaban sobre ti... eran ciertas?».
Él respondió con la misma sonrisa silenciosa.
Tiempo después, un gladiador sin nombre apareció en las arenas clandestinas. Llevaba un yelmo que ocultaba su rostro y una armadura negra como la obsidiana. Luchaba como un hombre sin nada que perder. Buscaba solo a los más fuertes. Sin florituras. Sin dignidad. Tampoco luchaba por honor. Luchaba como si persiguiera a la muerte.
«El sin nombre» acumulaba victorias a un ritmo espeluznante, lo que captó pronto la atención de Augusta. A pesar de haber sido coronada campeona, aceptó su desafío.
Lo supo al segundo de cruzar sus espadas. Ni el yelmo podía ocultar aquellos ojos nublados y extenuados.
Desconocía por qué un éforo tan venerado, un héroe sin nada que demostrar, descendería a las sombras para luchar en una jaula manchada de sangre. Pero en ese instante, nada de eso importaba. Solo el formidable oponente que se encontraba frente a ella y cómo derrotarlo.
El acero chocó, una y otra vez. Ninguno cedió un ápice. Para salir del punto muerto, la espada del sin nombre crepitó con electricidad. Rayos color carmesí danzaron por la hoja. Un arma forjada por el rayo. Su golpe extremo, ese que marcaría el fin.
Y en ese destello cegador, Augusta lo vio. La leyenda. El guerrero de las Mesetas Sanguis, relámpago en mano, desgarrando nubes de tormenta y desesperación para infundir esperanza a quienes le seguían.
LaMarca Tácita fulgió en el dorso de su mano. Ella jamás podría invocar un rayo como el suyo. Su Forte era un susurro en comparación con su rugido. Pero, aun así...
Esa leve chispa de resistencia desvió el rayo, tan solo un ápice.
Y en ese instante surgió la oportunidad y Augusta golpeó con todas sus fuerzas. Un último tajo.
Tras ese día, el sin nombre desapareció de las arenas. Para el resto del mundo, solo fue otra de tantas victorias de Augusta. Nadie advirtió que una leyenda había llegado a su fin.
Tiempo después, en un día cualquiera, Augusta recibió una carta. Una invitación manuscrita del Palacio del Éforo.
«¿Bromeas? ¡Es el éforo Magno! No hay ni un alma en Septimont que no lo conozca».
«Éforo...».
A la sombra de una esquina, Augusta dio el último bocado a su pan duro, con la mirada clavada en la alta figura que daba un discurso en la plaza. Tendría unos treinta años. Sus rasgos, cincelados como el mármol, se suavizaban con una sonrisa cálida y franca. Cuando sus palabras alcanzaron su punto más álgido, extendió los brazos y la multitud estalló en un aplauso atronador.
Un campeón invicto de los Agones públicos. Un gladiador prodigio único en su generación. Había masacrado a siete corrosaurios en las Mesetas Sanguis y regresado con vida, cubierto en sangre de dragón. Lo llamaban el Matadragones. En aquella época, las leyendas de sus proezas se extendían por todo Septimont.
Escuchaba al pueblo. Nunca ignoraba una súplica. Gobernaba sin codicia. Un éforo elegido por voluntad popular. Muchos creían que se convertiría en el Rey de los Héroes según la profecía de su era.
Para Augusta, ese título siempre le había parecido remoto e inalcanzable. Pero, por primera vez, vio a alguien que realmente podría alcanzarlo.
Un fuego se encendió en su pecho. Esas proezas que creyó exageradas, esas leyendas que conmovían el alma... Alguien, en sus propias carnes, las había vivido. Lo que significaba que su sueño no era una mera fantasía. Podría estar a su alcance.
Pero poco a poco, ese fuego comenzó a apagarse. Estudió el rostro del hombre y posó la mirada en aquella sonrisa de belleza impecable...
«¿Por qué alguien tan fuerte... no pudo salvar Fabianum?».
Poco después, Augusta se encontró cara a cara con aquel hombre, las preguntas aún pesándole en el alma.
«Felicidades, jovencita. Te has ganado la bendición de Arsinosa. Serás coronada como la nueva campeona».
En el podio, Augusta se encaró con Magno mientras este se disponía a prenderle la medalla en el pecho. Pero, tras aquella sonrisa tan forzada, vislumbró unos ojos apagados debido al agotamiento.
El héroe que una vez imaginó ya no estaba allí. Tampoco el fuego. El guerrero, antaño aclamado como el Matadragones, había desaparecido.
Augusta aceptó el honor en silencio. Justo antes de marcharse, le susurró, lo suficientemente bajo como para que solo él pudiera oírlo...
«¿Aquellas leyendas que hablaban sobre ti... eran ciertas?».
Él respondió con la misma sonrisa silenciosa.
Tiempo después, un gladiador sin nombre apareció en las arenas clandestinas. Llevaba un yelmo que ocultaba su rostro y una armadura negra como la obsidiana. Luchaba como un hombre sin nada que perder. Buscaba solo a los más fuertes. Sin florituras. Sin dignidad. Tampoco luchaba por honor. Luchaba como si persiguiera a la muerte.
«El sin nombre» acumulaba victorias a un ritmo espeluznante, lo que captó pronto la atención de Augusta. A pesar de haber sido coronada campeona, aceptó su desafío.
Lo supo al segundo de cruzar sus espadas. Ni el yelmo podía ocultar aquellos ojos nublados y extenuados.
Desconocía por qué un éforo tan venerado, un héroe sin nada que demostrar, descendería a las sombras para luchar en una jaula manchada de sangre. Pero en ese instante, nada de eso importaba. Solo el formidable oponente que se encontraba frente a ella y cómo derrotarlo.
El acero chocó, una y otra vez. Ninguno cedió un ápice. Para salir del punto muerto, la espada del sin nombre crepitó con electricidad. Rayos color carmesí danzaron por la hoja. Un arma forjada por el rayo. Su golpe extremo, ese que marcaría el fin.
Y en ese destello cegador, Augusta lo vio. La leyenda. El guerrero de las Mesetas Sanguis, relámpago en mano, desgarrando nubes de tormenta y desesperación para infundir esperanza a quienes le seguían.
La
Esa leve chispa de resistencia desvió el rayo, tan solo un ápice.
Y en ese instante surgió la oportunidad y Augusta golpeó con todas sus fuerzas. Un último tajo.
Tras ese día, el sin nombre desapareció de las arenas. Para el resto del mundo, solo fue otra de tantas victorias de Augusta. Nadie advirtió que una leyenda había llegado a su fin.
Tiempo después, en un día cualquiera, Augusta recibió una carta. Una invitación manuscrita del Palacio del Éforo.
Trono de espinas
«Antes de que me asaltes con tus "porqués"... permíteme una pregunta».
«¿Eres de... Fabianum?».
«Sí».
«Lo suponía. Una huérfana de Fabianum convirtiéndose en campeona de Septimont, increíble».
«¿Sorprendido?».
«No. Solo... arrepentido».
En la recepción del Palacio del Éforo, la característica sonrisa de Magno se había apagado. Aunque apenas le sacaba una década a Augusta, su expresión, a diferencia del ardor juvenil de ella, recordaba a la de un hombre ya al borde de la muerte.
«Aquel golpe tuyo fue magnífico», dijo de pronto, rememorando el duelo en la arena clandestina. «Ni siquiera mi yo de antaño habría podido pararlo».
«Todos te llaman héroe, pero ¿por qué solo veo resignación en ti?», preguntó Augusta.
«Quizás estuve a la altura como héroe, pero no como éforo».
«Como héroe, fui capaz de estar a la altura de las esperanzas de decenas, cientos... incluso miles de personas. Pero, como éforo, no he podido hacer realidad ni una sola visión para Septimont».
«Estás en la cúspide del poder. ¿Cómo puedes afirmar tu ineptitud?».
«No estoy justificándome. Cuando asumí este cargo, de verdad creía que soportaría las expectativas de miles depositadas en mí».
«Puedo engañarme a mí mismo, pero la realidad es la realidad. Jovencita... Supe quién eras desde el principio. El día que te trajeron a Septimont, supe que eras la última superviviente de Fabianum».
«Tu existencia era una espada colgada sobre mí y, el día que te convertiste en campeona..., esa espada finalmente cayó. Ya no podía ocultarme del error que había cometido: ignorar la caída de Fabianum solo para aferrarme a mi mísera corona».
«¿Por qué me cuentas esto? ¿Es porque te sientes culpable?».
«Quizás. O porque... tengo esperanza». Magno se levantó y sacó un vaso de un cajón oculto bajo el escritorio.
«La corona me dio un poder inmenso, pero también me hizo un cobarde. Ya no soy el héroe que Septimont necesita». Levantó el vaso vacío hacia ella. «Porta la corona, Augusta. Has derrotado a los rivales que son visibles. Ahora te toca enfrentarte a los que no puedes ver».
«¿Y crees que soy digna solo porque te vencí?».
«No. Nada tan trivial». Magno negó con la cabeza. «Es porque he oído tu nombre. Desde las cumbres de Septimont hasta sus profundidades, desde los salones de oropel hasta los humildes callejones. Sin importar riqueza, fuerza, clase o credo, la gente se ha unido bajo un único nombre. Y creo que, algún día, esa conexión será la nueva fuerza que impulse a Septimont».
«Puse a prueba el peso de ese nombre con mi propia espada. Eso... es lo último que pude ofrecer como éforo».
«Aunque tus huesos se vuelvan ceniza, no te rindas mansamente a esa falsa noche». Por un brevísimo instante, a través del borde de su vaso, un atisbo de fuego regresó a los ojos de Magno.
Aquella misma noche, los sirvientes de limpieza lo encontraron sentado en el trono del éforo. Tenía el rostro pálido, los labios amoratados. Veneno, dijeron. Un vaso roto yacía a sus pies, y el líquido derramado relucía mientras fluía escalones abajo.
Algunos dijeron que fue obra de sus rivales.
Otros, que fue un regalo del Senado. Una muerte elegante en una copa.
Pero la mayoría coincidió en que Septimont necesitaba un nuevo «héroe».
Y, tal y como Magno había predicho, el nombre de Augusta empezó a extenderse por Septimont como la pólvora.
La primavera dio paso al otoño, y el trono del éforo recibió a su nueva ocupante.
Augusta se irguió allí donde una vez alzó la vista. Contempló el trono de espinas, ese que había consumido a tantos héroes. Pensó en Magno, en aquella última noche. Y, en su mente, lo vio alzando su copa hacia quien un día se sentaría allí y bebiendo hasta la última gota de veneno.
No tenía muchas cosas en la cabeza. No albergaba odio hacia nadie. Había conocido la oscuridad en primera persona, pero también sabía lo que era la luz.
Sus pensamientos eran sencillos:
Solo quien supera a todos los héroes puede ser llamado Rey de los Héroes.
Y las espinas del trono no eran más que otra prueba que superar.
Tomó asiento y, con manos firmes, colocó sobre su cabeza tanto el yugo como la corona.
«Éforo Augusta, un mensaje del Senado. Los senadores solicitan una audiencia para... tratar asuntos urgentes». El heraldo hizo una reverencia ante el trono.
«Muy bien», dijo Augusta sonriendo.
Estaba ansiosa por conocer a estos «oponentes» de fuera de la arena.
«Guía el camino».
«¿Eres de... Fabianum?».
«Sí».
«Lo suponía. Una huérfana de Fabianum convirtiéndose en campeona de Septimont, increíble».
«¿Sorprendido?».
«No. Solo... arrepentido».
En la recepción del Palacio del Éforo, la característica sonrisa de Magno se había apagado. Aunque apenas le sacaba una década a Augusta, su expresión, a diferencia del ardor juvenil de ella, recordaba a la de un hombre ya al borde de la muerte.
«Aquel golpe tuyo fue magnífico», dijo de pronto, rememorando el duelo en la arena clandestina. «Ni siquiera mi yo de antaño habría podido pararlo».
«Todos te llaman héroe, pero ¿por qué solo veo resignación en ti?», preguntó Augusta.
«Quizás estuve a la altura como héroe, pero no como éforo».
«Como héroe, fui capaz de estar a la altura de las esperanzas de decenas, cientos... incluso miles de personas. Pero, como éforo, no he podido hacer realidad ni una sola visión para Septimont».
«Estás en la cúspide del poder. ¿Cómo puedes afirmar tu ineptitud?».
«No estoy justificándome. Cuando asumí este cargo, de verdad creía que soportaría las expectativas de miles depositadas en mí».
«Puedo engañarme a mí mismo, pero la realidad es la realidad. Jovencita... Supe quién eras desde el principio. El día que te trajeron a Septimont, supe que eras la última superviviente de Fabianum».
«Tu existencia era una espada colgada sobre mí y, el día que te convertiste en campeona..., esa espada finalmente cayó. Ya no podía ocultarme del error que había cometido: ignorar la caída de Fabianum solo para aferrarme a mi mísera corona».
«¿Por qué me cuentas esto? ¿Es porque te sientes culpable?».
«Quizás. O porque... tengo esperanza». Magno se levantó y sacó un vaso de un cajón oculto bajo el escritorio.
«La corona me dio un poder inmenso, pero también me hizo un cobarde. Ya no soy el héroe que Septimont necesita». Levantó el vaso vacío hacia ella. «Porta la corona, Augusta. Has derrotado a los rivales que son visibles. Ahora te toca enfrentarte a los que no puedes ver».
«¿Y crees que soy digna solo porque te vencí?».
«No. Nada tan trivial». Magno negó con la cabeza. «Es porque he oído tu nombre. Desde las cumbres de Septimont hasta sus profundidades, desde los salones de oropel hasta los humildes callejones. Sin importar riqueza, fuerza, clase o credo, la gente se ha unido bajo un único nombre. Y creo que, algún día, esa conexión será la nueva fuerza que impulse a Septimont».
«Puse a prueba el peso de ese nombre con mi propia espada. Eso... es lo último que pude ofrecer como éforo».
«Aunque tus huesos se vuelvan ceniza, no te rindas mansamente a esa falsa noche». Por un brevísimo instante, a través del borde de su vaso, un atisbo de fuego regresó a los ojos de Magno.
Aquella misma noche, los sirvientes de limpieza lo encontraron sentado en el trono del éforo. Tenía el rostro pálido, los labios amoratados. Veneno, dijeron. Un vaso roto yacía a sus pies, y el líquido derramado relucía mientras fluía escalones abajo.
Algunos dijeron que fue obra de sus rivales.
Otros, que fue un regalo del Senado. Una muerte elegante en una copa.
Pero la mayoría coincidió en que Septimont necesitaba un nuevo «héroe».
Y, tal y como Magno había predicho, el nombre de Augusta empezó a extenderse por Septimont como la pólvora.
La primavera dio paso al otoño, y el trono del éforo recibió a su nueva ocupante.
Augusta se irguió allí donde una vez alzó la vista. Contempló el trono de espinas, ese que había consumido a tantos héroes. Pensó en Magno, en aquella última noche. Y, en su mente, lo vio alzando su copa hacia quien un día se sentaría allí y bebiendo hasta la última gota de veneno.
No tenía muchas cosas en la cabeza. No albergaba odio hacia nadie. Había conocido la oscuridad en primera persona, pero también sabía lo que era la luz.
Sus pensamientos eran sencillos:
Solo quien supera a todos los héroes puede ser llamado Rey de los Héroes.
Y las espinas del trono no eran más que otra prueba que superar.
Tomó asiento y, con manos firmes, colocó sobre su cabeza tanto el yugo como la corona.
«Éforo Augusta, un mensaje del Senado. Los senadores solicitan una audiencia para... tratar asuntos urgentes». El heraldo hizo una reverencia ante el trono.
«Muy bien», dijo Augusta sonriendo.
Estaba ansiosa por conocer a estos «oponentes» de fuera de la arena.
«Guía el camino».
Un día en la arena...
Para Augusta, la vida como Reina de los Héroes no difería mucho de su vida anterior.
Una vez que concluyeron las breves celebraciones, la montaña de papeleo seguía ahí. Por mucho que durara la euforia de la victoria, esta siempre sería arrastrada por la suave marea de la vida cotidiana.
Pero a Augusta no le molestaban los días tranquilos como esos. Los Agones aún rugían con pasión. Fuera cual fuera la era, Septimont seguía siendo una nación que ardía con fervor.
Todo avanzaba hacia un futuro más prometedor. Todo el mundo avanzaba.
Y, aun así, Augusta albergaba una pequeña inquietud.
Como éforo de Septimont, estaba más que lista para concebir un futuro radiante junto a su pueblo. Pero, como Augusta, se hallaba estancada en el epílogo de su propia historia.
Desde la niñez hasta el presente, había recorrido el camino de la gloria. Y, ahora, había llegado a la meta.
Había cumplido la antigua profecía y se había convertido en lo que antaño admiró: en una Reina de los Héroes.
Había conocido a quienes estaban destinados a caminar a su lado y había superado pruebas que antes consideraba imposibles.
De haberse escrito un relato que perdurase a través de las eras, este bien podría ser su desenlace. El capítulo final de la Reina de los Héroes, Augusta.
Un final perfecto. Uno sin lugar para el arrepentimiento.
Pero la vida no es una obra de teatro. No termina tras rebasar el clímax.
No podía evitar preguntárselo. De hecho, deseaba preguntárselo:
Cuando Septimont ya no necesitara a Augusta, cuando esta tierra hubiera dado a luz a nuevas leyendas...
Cuando esta historia de verdad llegara a su fin... ¿En qué se convertiría entonces?
Con esa pregunta carcomiéndola, Augusta se escabulló del Palacio de la Éforo.
Se fue sin rumbo alguno. Se dejó guiar por su instinto.
Mientras deambulaba, no dejaba de pensar:
¿Debía buscar una fuerza aún mayor? ¿Encontrar nuevos y temibles adversarios? ¿Explorar tierras más allá de Septimont? O tal vez, cuando todo hubiera pasado, ¿debía dejar su espada y llevar una vida tranquila y plena?
Había tantas posibilidades. Tantos caminos que se extendían ante ella.
Para cuando Augusta emergió de sus pensamientos, se dio cuenta de que había llegado a la arena. El lugar que albergaba muchísimos recuerdos.
Hoy era día de descanso. La arena, por primera vez, estaba desierta.
Bueno, no del todo.
Alguien más había entrado, como {Male=atraído;Female=atraída} por un pacto silencioso.
Sus ojos se cruzaron con los de Augusta. Y se sonrieron, como si compartieran un secreto que solo {Male=ellos;Female=ellas} dos conocían.
Y así, todas las preocupaciones de Augusta desaparecieron.
Aún no había encontrado respuesta. Pero aún tenía tiempo para encontrarla.
No había prisa alguna.
«Hace tiempo que no estiro los músculos como es debido…».
«Bueno, {Male=amigo mío;Female=amiga mía}...».
«Tenemos una peleíta pendiente, ¿no?».
Una vez que concluyeron las breves celebraciones, la montaña de papeleo seguía ahí. Por mucho que durara la euforia de la victoria, esta siempre sería arrastrada por la suave marea de la vida cotidiana.
Pero a Augusta no le molestaban los días tranquilos como esos. Los Agones aún rugían con pasión. Fuera cual fuera la era, Septimont seguía siendo una nación que ardía con fervor.
Todo avanzaba hacia un futuro más prometedor. Todo el mundo avanzaba.
Y, aun así, Augusta albergaba una pequeña inquietud.
Como éforo de Septimont, estaba más que lista para concebir un futuro radiante junto a su pueblo. Pero, como Augusta, se hallaba estancada en el epílogo de su propia historia.
Desde la niñez hasta el presente, había recorrido el camino de la gloria. Y, ahora, había llegado a la meta.
Había cumplido la antigua profecía y se había convertido en lo que antaño admiró: en una Reina de los Héroes.
Había conocido a quienes estaban destinados a caminar a su lado y había superado pruebas que antes consideraba imposibles.
De haberse escrito un relato que perdurase a través de las eras, este bien podría ser su desenlace. El capítulo final de la Reina de los Héroes, Augusta.
Un final perfecto. Uno sin lugar para el arrepentimiento.
Pero la vida no es una obra de teatro. No termina tras rebasar el clímax.
No podía evitar preguntárselo. De hecho, deseaba preguntárselo:
Cuando Septimont ya no necesitara a Augusta, cuando esta tierra hubiera dado a luz a nuevas leyendas...
Cuando esta historia de verdad llegara a su fin... ¿En qué se convertiría entonces?
Con esa pregunta carcomiéndola, Augusta se escabulló del Palacio de la Éforo.
Se fue sin rumbo alguno. Se dejó guiar por su instinto.
Mientras deambulaba, no dejaba de pensar:
¿Debía buscar una fuerza aún mayor? ¿Encontrar nuevos y temibles adversarios? ¿Explorar tierras más allá de Septimont? O tal vez, cuando todo hubiera pasado, ¿debía dejar su espada y llevar una vida tranquila y plena?
Había tantas posibilidades. Tantos caminos que se extendían ante ella.
Para cuando Augusta emergió de sus pensamientos, se dio cuenta de que había llegado a la arena. El lugar que albergaba muchísimos recuerdos.
Hoy era día de descanso. La arena, por primera vez, estaba desierta.
Bueno, no del todo.
Alguien más había entrado, como {Male=atraído;Female=atraída} por un pacto silencioso.
Sus ojos se cruzaron con los de Augusta. Y se sonrieron, como si compartieran un secreto que solo {Male=ellos;Female=ellas} dos conocían.
Y así, todas las preocupaciones de Augusta desaparecieron.
Aún no había encontrado respuesta. Pero aún tenía tiempo para encontrarla.
No había prisa alguna.
«Hace tiempo que no estiro los músculos como es debido…».
«Bueno, {Male=amigo mío;Female=amiga mía}...».
«Tenemos una peleíta pendiente, ¿no?».
Líneas de Voz de Augusta
Pensamientos: I
Nada más verte, sentí tu poder. Una sensación curiosa, que pocos han logrado hacerme sentir. Desde ese momento supe que habría de luchar a tu lado, así que aproveché la primera oportunidad que se presentó.
Pensamientos: II
La fragilidad del engaño y la vanidad son despreciables. Uno debe enfrentar sus sentimientos, sean cuales sean, a la luz. Por eso te admiro; porque no ocultas el fuego de tu mirada. Tu honestidad es lo que nos convirtió en camaradas.
Pensamientos: III
Las puertas del Palacio de la Éforo siempre estarán abiertas para ti. ¿Sabes por qué? Bueno, no es menester buscar una respuesta complicada. Digamos que eres alguien muy especial. Si me necesitas, estaré a tu lado. Lo juro.
Pensamientos: IV
Como ya te dije, el título de líder es insuficiente para definirte, mas aunque no capta todo tu potencial, sí es bastante apropiado. Por supuesto, no te limita, porque solo tú puedes definirte: {Male=Laureado;Female=Laureada} de Raguna, {Male=Campeón;Female=Campeona} de Septimont, {Male=Rey;Female=Reina} de los Héroes... son fragmentos de tu historia, no el total de tu alma.
Pensamientos: V
Sé bien que tu camino va más allá de Rinascita ; eso es lo que nos diferencia. Yo, Augusta, Éforo de Septimont, nací aquí y aquí yaceré. Mi mirada alcanza cada colina y pico de Septimont, pero termina en el mar. Tú, sin embargo, estás {Male=destinado;Female=destinada} a abrazar el mundo. Así pues, ve. Busca las tierras lejanas y vastas. Ahí es donde está tu verdadera arena.
El pasatiempo de Augusta
Desde lo alto del Palacio de la Éforo, se puede contemplar toda la ciudad de Septimont. Cuando termino mis obligaciones, subo y disfruto del viento. A veces, los Griffrexes que retornan de las Mesetas Sanguis sobrevuelan el palacio. Escucho su alboroto mientras sigo con la mirada cómo barren cada rincón de Septimont, la tierra que nosotros, y nuestros antepasados, recuperamos de las fauces de la tragedia. Los septimontinos no nos regodeamos en el dolor de la lucha, porque sabemos que el camino hacia la victoria no es fácil. Yo continuaré con este legado glorioso. Es la promesa que hago a nuestro pueblo y a nuestra tierra, que solo arde de orgullo.
El problema de Augusta
¿Dificultades? En el Palacio de la Éforo, no es raro encontrar retos. Si estás {Male=dispuesto;Female=dispuesta} a «luchar», todo se resolverá a tiempo. ¡Ja! Los problemas que se pueden superar no son auténticos problemas.
Comida favorita
¿Mi comida favorita? ¡Ja! Una pregunta de lo más difícil. La comida de Septimont es perfecta para mis necesidades, aunque también disfruto de algunos platos extranjeros. Pero si quieres una recomendación, te lo evitaré. Iuno siempre dice que elijo una comida horrible. Pero si aun así, quieres algo, dímelo y yo invito. La buena comida sabe mejor entre amigos.
Comida que no le gusta
Ja, no soy muy exigente con la comida. Mientras me satisfaga, me contento con lo que sea. Sí evito los dulces. De joven, a Angel le encantaban, así que le guardaba los míos. Y con el tiempo, me dejaron de interesar, pero tampoco es que me disgusten.
Ideales
Cuando me nombraron Éforo, juré defender la gloria de Septimont hasta mi último aliento. Desde ese momento, mi confianza no ha vacilado ni un instante. El paso del tiempo no ha debilitado mi juramento, más bien al contrario: con cada golpe de espadas, cada llamada de la cacería, mi determinación crece y se vuelve más firme y fuerte. Es la misión que he elegido y el camino que debo conquistar.
Chat: I
Esta gran espada está forjada con innumerables hojas de gladiadores. Quizás hayas escuchado su historia. Al principio, tomaba las espadas de los derrotados, para que pudieran vivir. Siempre pensé que la sangre de un gladiador solo debe derramarse por el bien mayor de Septimont. Obviamente, necesitaba esas hojas como reclamo de mi poder. Ahora, los gladiadores ya no luchan a muerte en el coliseo, y yo ya no necesito una espada. Sin embargo, en algún momento, esta arma se convirtió en parte de mi ser. Es testigo de quien fui... y plasma quien debo ser.
Chat: II
No hay muchos que conozcan mi pasado, o más bien, mi pasado antiguo. No tengo oscuros secretos, es solo que... de joven fui algo imprudente y me avergüenzo de ello, un poco. Pero contigo es diferente, pues no quiero ocultarte nada. Mi honestidad es lo mínimo que puedo ofrecerte a cambio de tu confianza.
Acerca de Avidius
Un oponente magnífico. Sus palabras y acciones le han ganado el favor del Senado. Sé que es un órgano que está lejos de ser limpio, pero confío en que Avidius no tenga intención de revolcarse en su inmundicia. Lo que sí me pregunto es si su ambición le consumirá, dejando frías brasas tras de sí.
Acerca de Lupa
Una auténtica genialidad nacida para la arena, cuya pasión arde como el sol. Si nos hubiéramos conocido antes, quizás hubiéramos luchado codo con codo, como contigo ahora. Al observarla, veo cómo mis esfuerzos por reformar la arena dan su fruto. El coliseo debe ser un lugar para la pasión y la gloria, no un lodazal infectado de corrupción y decadencia.
Acerca de Buling
Buling... ¡Ja! Con ese nombre, solo puede ser de Huanglong. Desde que nos conocimos, tuve presente que esa joven es formidable. Agradezco que cumpliera su promesa y le diera a Septimont la oportunidad de luchar. Todos los de aquí, yo incluida, siempre estaremos en deuda con ella.
Acerca de Angel
Angel... Nunca olvidaré Fabianum, ni el pasado que compartimos. No sé qué pesadilla viviría ese día, en las profundidades del Roble Hueco, cuando cayó nuestra ciudad. Pero algo me dice... que sigue viva. Espero que, algún día, encuentre el camino a casa, de vuelta a esta tierra.
Acerca de Iuno
Iuno y yo somos amigas porque nos parecemos bastante: cabezotas, tenaces e implacables ante la derrota. Básicamente, nuestros caminos se entrelazaron y así terminamos caminando juntas. Aun así, hay veces que me encantaría que fuera más independiente. Sé que el dolor le ha calado más profundamente de lo que cuenta. A otros les puede parecer arrogante o caprichosa, pero su rebeldía surge de la certeza de hacer lo correcto. Y esa seguridad... tiene un precio.
Deseos de cumpleaños
Feliz cumpleaños, {PlayerName}. Toma esto, {Male=querido amigo;Female=querida amiga}. Una espada digna de ti, forjada por los mejores herreros de Septimont. Sé que no te falta una hoja afilada, pero un verdadero gladiador nunca tiene demasiadas. Si este regalo no te complace por completo, solo dímelo. Cualquier {Male=amigo mío;Female=amiga mía} merece sólo lo mejor.
Inactivo: I
La hoja más desgastada suele ser la más afilada.
Inactivo: II
Un poder débil... pero aun así, uno que merece ser escrutado.
Inactivo: III
Ja... Así me gusta. Ve a buscarlo.
Autopresentación
Soy Augusta, Éforo de Septimont. Graba este nombre en tu memoria, pues pertenece a quien es tu superior y su impronta no se desvanecerá. Nos encontremos como enemigos o amigos, mi espada y yo esperamos ávidamente la lucha.
Saludo
Que el sol sea testigo mientras la gloria nos rinde homenaje.
Unirse al equipo: I
Combatiremos por todo aquello que la luz baña.
Unirse al equipo: II
En marcha, hacia nuestra victoria.
Unirse al equipo: III
La caza nunca cesa.
Ascensión: I
Ataca sin descanso. Una y otra vez... Cada batalla reforja mi espada. Su auténtica fortaleza no proviene del acero, sino de la voluntad que la domina.
Ascensión: II
Septimont fluye a través de mi sangre, no del Senado, ni del coliseo. Mis venas se enraízan profundamente en el suelo de mi ciudad natal y se ramifican vaya donde vaya. Cada batalla librada y camino tomado las hace latir más fuerte.
Ascensión: III
No cejaré mi empeño... La caída de mi ciudad natal reveló la verdad: que solo el sol ardiente acorrala a la oscuridad.
Ascensión: IV
Cuando las reglas están manipuladas, el poder es un arma de destrucción. Pero si reescribimos esas reglas con mi propio poder, podríamos aprender a mantener el equilibrio de Septimont, y gobernar como una auténtica líder.
Ascensión: V
Hubo un tiempo en que me sentí perdida en la cima de la Colina Capitolina. No me preocupaba el ahora, sino el mañana. Cuando la edad no me permita ostentar el peso del cargo y no sea necesaria para Septimont... ¿entonces, qué? ¿Me retiraré a disfrutar de una vida tranquila en un pueblo pequeño? ¿O me convertiré en herrera? No lo sé. Pero si por mí fuera, volvería a luchar en la arena, con mi melena blanca, contra rivales dignos, bajo el rugido de los aplausos... ¡Ja! Mi sangre nunca envejecerá.
Ataque cargado
Rugidos de conquista.
Habilidad de resonancia: I
Una lucha lamentable.
Habilidad de resonancia: II
El canto de mi triunfo.
Habilidad de resonancia: III
Por Septimont.
Habilidad de resonancia: IV
Momento de victoria.
Habilidad de resonancia: V
De un solo golpe.
Habilidad de resonancia: VI
¡Gloria eterna!
Liberación de resonancia: I
Los líderes lideran. Los ganadores ganan.
Liberación de resonancia: II
¡Írguete ante el sol eterno!
Liberación de resonancia: III
Gloria eterna a Septimont.
Liberación de resonancia: IV
Esto llega a su fin.
Liberación de resonancia: V
Con un golpe basta.
Liberación de resonancia: VI
Mi valor no se desvanece.
Liberación de resonancia: VII
Inigualable.
Liberación de resonancia: VIII
Invencible.
Habilidad Intro: I
La conquista comienza ya.
Habilidad Intro: II
Este es mi momento.
Habilidad Intro: III
Lucha a mi lado.
Habilidad Intro: IV
En honor a la gloria.
Habilidad Intro: V
Honor para ti, mi compadre.
Golpe: I
Bien jugado.
Golpe: II
Un oponente digno.
Herido: I
Apenas lo noté.
Herido: II
Nunca retroceder...
Derrotado: I
El sol... nunca se pone...
Derrotado: II
Aquí no caeré...
Derrotado: III
Lucha... o cae...
Invocación de Eco
A las armas.
Transformación de Eco
Bajo control.
Enemigos acercan
El honor no puede mancillarse.
Planeo
Hacia tierras extrañas.
Sensor
Denomínalo precisión.
Esprint
Quédate detrás de mí.
Cofre de suministros: I
Toda cacería tiene su premio.
Cofre de suministros: II
La carrera mereció la pena.
Cofre de suministros: III
Magnífico trofeo.
Cofre de suministros: IV
El fruto de los mares.