Información
Chisa
Chisa VA
Chino: Zhao Lingze
Japonés: Kanemoto Hisako
Coreano: LEE JOO EUN
Inglés: Leader Looi
Informe de Examen Forte de Chisa
Poder de Resonancia
Ojo del desenredo
Informe de Evaluación de Resonancia
>>>Autorización confirmada. Archivos asociados desbloqueados. Bienvenido, Inspector ███>>>
Informe de examen del Forte: NHA-Ojo del desenredo-017
Sujeto: Chisa Kuchiba
Tipo de Resonador: Mutante
Ubicación de la Marca Tácita: Parte superior del brazo derecho
Agencia de pruebas: Ashinohara - Neo Honami - Centro de Supervisión de Resonadores
Las pruebas indican que el sujeto posee una capacidad cognitiva extraordinaria para discernir intuitivamente la estructura, forma y movimiento de los objetos observados. Al emplear su Forte, puede analizar las debilidades de los objetos a través de su visión e interferir con precisión en su formato para inducir una destrucción estructural.
Notas: El sujeto relata percibir la existencia de «hilos» que causan que los objetos se descompongan. El análisis preliminar sugiere que estos «hilos» no son entidades reales, sino manifestaciones visuales exclusivas de su visión.
Informe de Diagnóstico de Overclock
>>>Actualización de Nivel de Acceso: R-III>>>
El Forte del sujeto muestra el potencial de extenderse más allá de límites seguros. En situaciones extremas, puede analizar estructuras espaciales abstractas, identificar el «tejido» de anomalías espaciales e inducir eventos de distorsión de la realidad, incluyendo ██ espaciales.
Indicadores Anómalos Actuales:
- Se detectaron varias fluctuaciones destacables en su Curva de Rabelle , con valores máximos cercanos al punto crítico.
- El Forte continúa inestable, presentando riesgo de Overclock .
Medidas Preliminares:
Se requiere del uso de un dispositivo supresor (collar de Resonador) para regular su Forte. El sujeto queda catalogado como «Resonadora de alto riesgo».
Los organismos de control pertinentes deberán mantener los registros actualizados, así como informar a las autoridades centrales sobre los cambios en el Forte del sujeto y su ubicación en tiempo real. De ser necesario, se tomarán medidas coercitivas de acuerdo con la ley.
Objetos Apreciados y Favores de Chisa
Tijeras antiguas
Unas tijeras de diseño vintage. Antaño eran habituales en cualquier tienda, pero desde entonces han caído silenciosamente en el olvido.
Estas tijeras cortaron hilos sueltos de un uniforme escolar. Cortaron la cinta de un regalo de cumpleaños. Cortaron papel para hacer kirigamis. El destino tiene la curiosa costumbre de ocultar sus presagios en los pequeños detalles: con cada apertura y cierre, marcaron incontables finales y comienzos en su vida, cortando hilos, cintas, estructuras y bucles por igual.
Pero ningún corte fue nunca un final, sino un silencioso presagio de algo nuevo.
Lazo rojo para el cabello
Algunos dicen que un lazo rojo trae buena suerte; otros, que ahuyenta el mal. Pero en los relatos más antiguos, se dice que ata a las personas con la fuerza ineludible del destino.
Un vínculo invisible, atado a su suerte, la ha conectado silenciosamente con otros, y con algún futuro desconocido, con una fuerza irresistible.
Desde ese momento, sin importar cuán largo o solitario sea el viaje, continúa adelante con el eco de la compañía.
Amuleto protector
Aún recuerda ese día. La lluvia acababa de cesar, dejando un cielo azul perfecto. Sus padres la tomaron de las manos mientras tocaban juntos la cuerda de la campana del santuario. Entre el persistente tañido, su madre le ató un pequeño amuleto protector a la muñeca.
«Siempre te protegerá, Chisa».
La pequeña Chisa agitó su muñeca, viendo la borla mecerse en la brisa, como si respondiera a un juramento que era demasiado joven para entender.
«No importa lo lejos que vayas ni lo tarde que sea, porque siempre estaremos aquí, en casa, esperándote».
Historia de Chisa
El verano en que la historia comenzó
Pasó su sexto verano sobre los hombros de su padre.
La brisa nocturna llevaba una mezcolanza entre el olor de la pólvora de los fuegos artificiales y los calamares a la parrilla de los puestos del festival. Con un palito con malvaviscos en una mano, la pequeña Chisa señalaba el cielo con la otra. Farolillos con forma de pez dorado se mecían en la brisa, y los fuegos artificiales destellaban sobre ellos. Se fijó en cómo se estiraban y entrelazaban los hilos rojos atados a las muñecas de las personas, tejiendo una cálida e invisible red que envolvía suavemente al gentío.
«¿Qué deseo has pedido, Chisa?», preguntó su madre, cuya tierna mirada reflejaba los fuegos artificiales. Chisa hinchó los carrillos, pegajosos por el caramelo, y declaró con orgullo: «¡Quiero ser como tú, mamá! ¡Hacer recortes de papel bonitos y guardar todas las cosas preciosas y felices!»
Su verano de los doce años fue diferente. Ese año, su mundo se quedó en silencio de repente.
Su padre se ausentaba en interminables viajes de negocios. La puerta de la nevera estaba empapelada con los turnos de su madre. Con el tiempo, se acostumbró a la señal de línea ocupada que terminaba fríamente sus llamadas.
«No pasa nada, puedo cuidarme sola», se decía la joven Chisa, sin saber muy bien qué hacía mientras levantaba la tapa de la olla. Pero había decidido que se prepararía una olla de sukiyaki al limón tras examinar el libro de cocina que yacía abierto sobre la mesa, y localizar una pequeña anotación en negrita junto a la receta que decía: un plato curativo para una reunión familiar.
El caldo comenzó a burbujear, llenando la habitación con un rico aroma a carne y verduras. El vapor empañó las ventanas. Volviendo su rostro hacia el cristal opacado, Chisa solo vio su propio reflejo, tenue y solitario. Sin risas, ni tintineo de copas.
«Para una reunión familiar».
Qué frase tan bonita. Y qué ajena.
La brisa nocturna llevaba una mezcolanza entre el olor de la pólvora de los fuegos artificiales y los calamares a la parrilla de los puestos del festival. Con un palito con malvaviscos en una mano, la pequeña Chisa señalaba el cielo con la otra. Farolillos con forma de pez dorado se mecían en la brisa, y los fuegos artificiales destellaban sobre ellos. Se fijó en cómo se estiraban y entrelazaban los hilos rojos atados a las muñecas de las personas, tejiendo una cálida e invisible red que envolvía suavemente al gentío.
«¿Qué deseo has pedido, Chisa?», preguntó su madre, cuya tierna mirada reflejaba los fuegos artificiales. Chisa hinchó los carrillos, pegajosos por el caramelo, y declaró con orgullo: «¡Quiero ser como tú, mamá! ¡Hacer recortes de papel bonitos y guardar todas las cosas preciosas y felices!»
Su verano de los doce años fue diferente. Ese año, su mundo se quedó en silencio de repente.
Su padre se ausentaba en interminables viajes de negocios. La puerta de la nevera estaba empapelada con los turnos de su madre. Con el tiempo, se acostumbró a la señal de línea ocupada que terminaba fríamente sus llamadas.
«No pasa nada, puedo cuidarme sola», se decía la joven Chisa, sin saber muy bien qué hacía mientras levantaba la tapa de la olla. Pero había decidido que se prepararía una olla de sukiyaki al limón tras examinar el libro de cocina que yacía abierto sobre la mesa, y localizar una pequeña anotación en negrita junto a la receta que decía: un plato curativo para una reunión familiar.
El caldo comenzó a burbujear, llenando la habitación con un rico aroma a carne y verduras. El vapor empañó las ventanas. Volviendo su rostro hacia el cristal opacado, Chisa solo vio su propio reflejo, tenue y solitario. Sin risas, ni tintineo de copas.
«Para una reunión familiar».
Qué frase tan bonita. Y qué ajena.
La larga temporada de lluvias
Su verano de los quince años olía a virutas de lapicero y soledad.
Una tarde, aprovechando la breve tregua de la lluvia, Chisa cruzó el patio, cargada con una pila de libros para devolver, pasando por la sala de equipamiento. Desde detrás de la puerta llegaron sollozos ahogados. A través de la estrecha rendija, vislumbró a Ritsuko, su compañera de clase, acorralada por tres chicas. Tenía la camisa manchada con tinta y sus gafas estaban rotas, tiradas en el suelo. La cabecilla del grupo acercó un mechero al nombre bordado de su uniforme, impregnando el aire con el hedor intenso de la tela quemada.
A Chisa le recordó a la rana de la clase de biología, clavada en la bandeja de disección, con sus extremidades extendidas y su corazón latiendo inútilmente. Antes de pensarlo dos veces, con una mano ya había empujado la puerta entreabierta, así que con la otra, sacó sus tijeras.
Eran las tijeras de trabajo de su madre. O lo habían sido, hasta que ella las heredó. Y ahora, por primera vez, apuntaban a la cara de alguien.
«Dejadla en paz», exigió.
Las represalias no se hicieron esperar. A la mañana siguiente, su escritorio estaba rayado con la palabra «imbécil». Su taquilla contenía los pedazos de sus libros de texto, destrozados. Pero lo peor de todo eran los rostros difusos. Cuando intentó averiguar quién la había hecho tropezar, se dio cuenta de que cada rostro a su alrededor se había derretido en manchas de color. Semanas después, el informe del doctor rezaría «trastorno de reconocimiento visual psicógeno»; a raíz del despertar de su Forte, su cerebro había cortado la conexión que le permitía reconocer rostros.
En el momento del tropiezo, escuchó el ligero sonido de un hilo rompiéndose, pero no una ruptura frágil de nervios, sino más bien el corte delicado de una cuerda de un farolillo contra la rama de un árbol. Los hilos cálidos y vibrantes que una vez unían a las personas se desenredaron, cayendo como una lluvia de fragmentos rotos.
Cuando sus tijeras destrozaron la última nota repleta de palabras malintencionadas, la lluvia golpeó las ventanas del aula. Chisa miró su reflejo borroso y parpadeante en el cristal y comprendió que crecer significa aprender a cortar los hilos deshilachados por ti misma, ya sean las cuerdas de farolillos enredados en las ramas, los cordeles de las cometas que resbalaban de las manos de sus padres... o los hilos invisibles que tensaban las repulsivas sonrisas de sus acosadoras.
La temporada de lluvias se prolongó hasta que las cigarras, con el calor del verano, hicieron acto de presencia. Aferrada a sus tijeras, Chisa comenzó a imaginar un sendero que recortar por su cuenta: un camino quizás solitario, pero fiel a su corazón. Uno sin marcha atrás.
Una tarde, aprovechando la breve tregua de la lluvia, Chisa cruzó el patio, cargada con una pila de libros para devolver, pasando por la sala de equipamiento. Desde detrás de la puerta llegaron sollozos ahogados. A través de la estrecha rendija, vislumbró a Ritsuko, su compañera de clase, acorralada por tres chicas. Tenía la camisa manchada con tinta y sus gafas estaban rotas, tiradas en el suelo. La cabecilla del grupo acercó un mechero al nombre bordado de su uniforme, impregnando el aire con el hedor intenso de la tela quemada.
A Chisa le recordó a la rana de la clase de biología, clavada en la bandeja de disección, con sus extremidades extendidas y su corazón latiendo inútilmente. Antes de pensarlo dos veces, con una mano ya había empujado la puerta entreabierta, así que con la otra, sacó sus tijeras.
Eran las tijeras de trabajo de su madre. O lo habían sido, hasta que ella las heredó. Y ahora, por primera vez, apuntaban a la cara de alguien.
«Dejadla en paz», exigió.
Las represalias no se hicieron esperar. A la mañana siguiente, su escritorio estaba rayado con la palabra «imbécil». Su taquilla contenía los pedazos de sus libros de texto, destrozados. Pero lo peor de todo eran los rostros difusos. Cuando intentó averiguar quién la había hecho tropezar, se dio cuenta de que cada rostro a su alrededor se había derretido en manchas de color. Semanas después, el informe del doctor rezaría «trastorno de reconocimiento visual psicógeno»; a raíz del despertar de su Forte, su cerebro había cortado la conexión que le permitía reconocer rostros.
En el momento del tropiezo, escuchó el ligero sonido de un hilo rompiéndose, pero no una ruptura frágil de nervios, sino más bien el corte delicado de una cuerda de un farolillo contra la rama de un árbol. Los hilos cálidos y vibrantes que una vez unían a las personas se desenredaron, cayendo como una lluvia de fragmentos rotos.
Cuando sus tijeras destrozaron la última nota repleta de palabras malintencionadas, la lluvia golpeó las ventanas del aula. Chisa miró su reflejo borroso y parpadeante en el cristal y comprendió que crecer significa aprender a cortar los hilos deshilachados por ti misma, ya sean las cuerdas de farolillos enredados en las ramas, los cordeles de las cometas que resbalaban de las manos de sus padres... o los hilos invisibles que tensaban las repulsivas sonrisas de sus acosadoras.
La temporada de lluvias se prolongó hasta que las cigarras, con el calor del verano, hicieron acto de presencia. Aferrada a sus tijeras, Chisa comenzó a imaginar un sendero que recortar por su cuenta: un camino quizás solitario, pero fiel a su corazón. Uno sin marcha atrás.
Rasgos difusos
En su verano de los dieciséis años, oscuras nubes lo cubrían todo. Se avecinaba una tormenta. El trueno resonó en sus tímpanos mientras estaba de pie, frente a las ventanas del centro de supervisión de Resonadores, que cubrían las paredes del suelo al techo.
«¿Me oyes?», dijo una voz descontenta. Chisa levantó la mirada, solo para ver que los rasgos de su interlocutor se disolvían en la nada.
«Alto y claro», respondió al vacío.
El collar se cerró alrededor de su cuello, con toda la frialdad, literal y figurada, del equipo de vigilancia.
Cuando finalmente la tormenta amainó, emprendió el regreso a casa. Atajando por el parque, se topó con un niño llorando junto a un tobogán. Este sostenía una cuerda de cometa rota, atrapada en la copa de un árbol. A ojos de Chisa, el nudo destacaba con claridad: tres ramas formaban un candado natural, y si cortaba la rama del extremo...
«Espera un momento», le dijo al niño. Sus ojos se abrieron de par en par. Con un suave chasquido, la rama se partió, y la cometa se deslizó, posándose suavemente en sus brazos.
El niño estaba a punto de estallar de regocijo cuando un grito agudo lo interrumpió. «¡Monstruo! ¡Aléjate de mi hijo!»
Siguiendo la mirada aterrorizada de la mujer, Chisa volvió a ser consciente del frío collar que le apretaba la garganta.
No era para tanto. Ya debería estar acostumbrada a esto.
Podía ver el arco de la cometa, la trayectoria de las gotas de lluvia o incluso las corrientes de carga serpenteando por las nubes de tormenta, pero ni un solo rostro, ni un solo corazón.
Se dio la vuelta para adentrarse en la lluvia, pero el niño le tiró de la manga. «¡Toma! ¡Son para ti!», dijo, mientras le ponía un paquete de caramelos con forma de estrella. «Mi profe dice que solo los valientes reciben dulces de estrella, así que...».
El envoltorio de plástico crujió suavemente en su mano. Chisa miró al niño. Su rostro seguía siendo un borrón, pero brillaba, como esas luciérnagas que bailaban alrededor de los farolillos, en aquel festival de hace tiempo.
Se acercó y le susurró: «Mamá dice que las que llevan estos collares son malas, pero yo no le creo. ¡Lo de la rama fue increíble!»
Chisa se volvió y se agachó para acariciar su cabeza.
El dispositivo de su garganta permaneció quieto. Su Espectro de Resonancia mostraba una curva rara y estable. Como un cielo de verano tras la tormenta, un toque de luz finalmente se abrió paso.
«¿Me oyes?», dijo una voz descontenta. Chisa levantó la mirada, solo para ver que los rasgos de su interlocutor se disolvían en la nada.
«Alto y claro», respondió al vacío.
El collar se cerró alrededor de su cuello, con toda la frialdad, literal y figurada, del equipo de vigilancia.
Cuando finalmente la tormenta amainó, emprendió el regreso a casa. Atajando por el parque, se topó con un niño llorando junto a un tobogán. Este sostenía una cuerda de cometa rota, atrapada en la copa de un árbol. A ojos de Chisa, el nudo destacaba con claridad: tres ramas formaban un candado natural, y si cortaba la rama del extremo...
«Espera un momento», le dijo al niño. Sus ojos se abrieron de par en par. Con un suave chasquido, la rama se partió, y la cometa se deslizó, posándose suavemente en sus brazos.
El niño estaba a punto de estallar de regocijo cuando un grito agudo lo interrumpió. «¡Monstruo! ¡Aléjate de mi hijo!»
Siguiendo la mirada aterrorizada de la mujer, Chisa volvió a ser consciente del frío collar que le apretaba la garganta.
No era para tanto. Ya debería estar acostumbrada a esto.
Podía ver el arco de la cometa, la trayectoria de las gotas de lluvia o incluso las corrientes de carga serpenteando por las nubes de tormenta, pero ni un solo rostro, ni un solo corazón.
Se dio la vuelta para adentrarse en la lluvia, pero el niño le tiró de la manga. «¡Toma! ¡Son para ti!», dijo, mientras le ponía un paquete de caramelos con forma de estrella. «Mi profe dice que solo los valientes reciben dulces de estrella, así que...».
El envoltorio de plástico crujió suavemente en su mano. Chisa miró al niño. Su rostro seguía siendo un borrón, pero brillaba, como esas luciérnagas que bailaban alrededor de los farolillos, en aquel festival de hace tiempo.
Se acercó y le susurró: «Mamá dice que las que llevan estos collares son malas, pero yo no le creo. ¡Lo de la rama fue increíble!»
Chisa se volvió y se agachó para acariciar su cabeza.
El dispositivo de su garganta permaneció quieto. Su Espectro de Resonancia mostraba una curva rara y estable. Como un cielo de verano tras la tormenta, un toque de luz finalmente se abrió paso.
Pesadilla del segundo mes
«¡Ah...!»
Chisa se despertó de golpe de la pesadilla, con el sudor frío empapando su espalda. Aún aturdida, su costado palpitaba con un dolor agudo y fantasmal que le desgarraba los nervios.
Pero su carne estaba intacta, a diferencia del sueño. Respirando profundamente, presionó una mano contra su pecho, tratando de calmarse.
Llevaba dos meses atrapada en Honami. Su cuerpo se adaptaba lentamente al bucle infinito día tras día, pero cada noche, las pesadillas arrastraban su alma al más profundo de los abismos.
Giró su cabeza hacia el sofá. Sumika yacía profundamente dormida, con una mano resbalando del cojín y la otra descansando junto a un cuaderno abierto, garabateado con números y notas. Afuera, la lluvia caía en torrentes implacables.
Cuando Sumika despertó, ya había comenzado a anochecer. La tormenta había amainado, y tenues estrellas salpicaban el cielo azul tinta, como clavos de plata esparcidos descuidadamente por la noche fría. Aún bostezando, siguió a Chisa a un mercadillo.
Mientras Chisa reunía comida y suministros de los estantes, Sumika miraba absorta el letrero parpadeante del techo, con su cuaderno y bolígrafo ya en mano. «¡Chisa, mira esto!», susurró con su voz rebosante de emoción contenida. «¡Es exactamente igual que la última vez! El tiempo, la frecuencia de parpadeo... ¡Todo coincide! Si podemos reunir solo unas pocas muestras más... ¡estos datos nos permitirán descubrir el patrón detrás del bucle!»
Captando el brillo en sus ojos, Chisa inconscientemente apretó los puños. En su palma persistía la sensación del corte de ayer, cuando segó los hilos de las Disonancias Tácitas. Como un escalofrío, como el chasquido de la seda.
Cada vez que sacaba sus tijeras y usaba su Forte, líneas carmesí surgían en su visión: los hilos de la vida, visibles solo para ella. A diferencia de la calidez de las venas humanas, estos hilos apestaban a podredumbre. Las disonancias perseguían a los Abandonados, desgarrándolos y arrastrando sus frágiles vidas a otro bucle, junto con el Lamento.
Chisa estudió su reflejo en la ventana: un rostro calmado, casi pálido, pero con una brasa refulgiendo en sus ojos.
El día anterior, en esa misma tienda, se había cruzado otra vez con la niña. La que conocía en cada bucle, la que siempre compartía su comida con ella de forma altruista. La que no se percataba de que portaba el brillo iridiscente de los Abandonados. Quizás fuera esa bondad frágil, pero inquebrantable, lo que impedía a Chisa aceptar que la ciudad había sido aprisionada para siempre en el pasado.
La noche parecía no tener fin, pero el amanecer siempre llegaba.
Cuando la primera luz del día se abrió paso a través de las plomizas nubes, pensó que podía escuchar el zumbido tembloroso de los hilos. Presionando su mano contra su pecho, Chisa sabía que, cuando comenzara el siguiente bucle, todo se reiniciaría una vez más.
Pero no pasaba nada. Mientras tuviera sus tijeras, los fragmentos de calidez no se olvidarían por completo...
Seguiría caminando hacia adelante hasta el día en que finalmente pudiera cortar la pesadilla y salir de la trampa.
Chisa se despertó de golpe de la pesadilla, con el sudor frío empapando su espalda. Aún aturdida, su costado palpitaba con un dolor agudo y fantasmal que le desgarraba los nervios.
Pero su carne estaba intacta, a diferencia del sueño. Respirando profundamente, presionó una mano contra su pecho, tratando de calmarse.
Llevaba dos meses atrapada en Honami. Su cuerpo se adaptaba lentamente al bucle infinito día tras día, pero cada noche, las pesadillas arrastraban su alma al más profundo de los abismos.
Giró su cabeza hacia el sofá. Sumika yacía profundamente dormida, con una mano resbalando del cojín y la otra descansando junto a un cuaderno abierto, garabateado con números y notas. Afuera, la lluvia caía en torrentes implacables.
Cuando Sumika despertó, ya había comenzado a anochecer. La tormenta había amainado, y tenues estrellas salpicaban el cielo azul tinta, como clavos de plata esparcidos descuidadamente por la noche fría. Aún bostezando, siguió a Chisa a un mercadillo.
Mientras Chisa reunía comida y suministros de los estantes, Sumika miraba absorta el letrero parpadeante del techo, con su cuaderno y bolígrafo ya en mano. «¡Chisa, mira esto!», susurró con su voz rebosante de emoción contenida. «¡Es exactamente igual que la última vez! El tiempo, la frecuencia de parpadeo... ¡Todo coincide! Si podemos reunir solo unas pocas muestras más... ¡estos datos nos permitirán descubrir el patrón detrás del bucle!»
Captando el brillo en sus ojos, Chisa inconscientemente apretó los puños. En su palma persistía la sensación del corte de ayer, cuando segó los hilos de las Disonancias Tácitas. Como un escalofrío, como el chasquido de la seda.
Cada vez que sacaba sus tijeras y usaba su Forte, líneas carmesí surgían en su visión: los hilos de la vida, visibles solo para ella. A diferencia de la calidez de las venas humanas, estos hilos apestaban a podredumbre. Las disonancias perseguían a los Abandonados, desgarrándolos y arrastrando sus frágiles vidas a otro bucle, junto con el Lamento.
Chisa estudió su reflejo en la ventana: un rostro calmado, casi pálido, pero con una brasa refulgiendo en sus ojos.
El día anterior, en esa misma tienda, se había cruzado otra vez con la niña. La que conocía en cada bucle, la que siempre compartía su comida con ella de forma altruista. La que no se percataba de que portaba el brillo iridiscente de los Abandonados. Quizás fuera esa bondad frágil, pero inquebrantable, lo que impedía a Chisa aceptar que la ciudad había sido aprisionada para siempre en el pasado.
La noche parecía no tener fin, pero el amanecer siempre llegaba.
Cuando la primera luz del día se abrió paso a través de las plomizas nubes, pensó que podía escuchar el zumbido tembloroso de los hilos. Presionando su mano contra su pecho, Chisa sabía que, cuando comenzara el siguiente bucle, todo se reiniciaría una vez más.
Pero no pasaba nada. Mientras tuviera sus tijeras, los fragmentos de calidez no se olvidarían por completo...
Seguiría caminando hacia adelante hasta el día en que finalmente pudiera cortar la pesadilla y salir de la trampa.
Más allá del fin del verano
Por la tarde, la llovizna repiqueteaba contra la ventana.
Chisa se paró junto al gran ventanal del Archivo Intergaláctico. A sus dieciocho años, por fin había encontrado la satisfacción al escuchar el ritmo de la lluvia, pero no la cadencia monótona de las gotas del bucle de Honami, sino los chubascos tangibles y perdurables de Lahai-Roi. Fresca, viva, teñida con una tenue dulzura en el aire. Era el tipo de lluvia que mojaría un uniforme escolar en el tendedero del balcón o empaparía a un estudiante desprevenido en el camino a casa.
El vapor se curvaba suavemente desde el café en su mesa. Con sus tijeras, abrió el azucarillo. Sí, aún las llevaba a todas partes, aunque ahora se usaban más para podar plantas o abrir paquetes. El azúcar se disolvió en el líquido oscuro de la taza mientras, a través de la ventana, algunos estudiantes con impermeable amarillo saltaban en los charcos. Su vívido color traspasaba el velo gris de la llovizna, señalando recuerdos de esos días de comienzos iguales y finales parecidos. De buscar el final del bucle infinito, cortando los hilos que enmarañaban la larga noche. De caminar incontables senderos falsos para convertirse en la piedra angular de la verdad.
Cuando la lluvia cesó, Chisa salió del Archivo con un libro. La brisa húmeda de la tarde levantó su cabello recién cortado. El campus se extendía ante ella, vivo con el suave resplandor del rocío de la lluvia. Y cerca vio a un grupo de estudiantes del Departamento de Ingeniería, debatiendo acaloradamente acerca de un dispositivo flotante. Uno de ellos la vio a través de la niebla que se desvanecía, la saludó efusivamente y la invitó a unirse.
Ella observó a estas almas jóvenes y fervientes, compañeros bajo el mismo cielo, compartiendo el objetivo de alzarse sobre el manto de estrellas. Y se dio cuenta, con una claridad sorprendente, de que ya no era una vagabunda perdida en un bucle infinito. Tras un período de estancamiento, su vida ya formaba parte de esa corriente que arrastraba a todo el mundo hacia adelante.
Al fin había dejado atrás ese verano infinito, y con paso firme, caminó hacia su nuevo futuro.
Chisa se paró junto al gran ventanal del Archivo Intergaláctico. A sus dieciocho años, por fin había encontrado la satisfacción al escuchar el ritmo de la lluvia, pero no la cadencia monótona de las gotas del bucle de Honami, sino los chubascos tangibles y perdurables de Lahai-Roi. Fresca, viva, teñida con una tenue dulzura en el aire. Era el tipo de lluvia que mojaría un uniforme escolar en el tendedero del balcón o empaparía a un estudiante desprevenido en el camino a casa.
El vapor se curvaba suavemente desde el café en su mesa. Con sus tijeras, abrió el azucarillo. Sí, aún las llevaba a todas partes, aunque ahora se usaban más para podar plantas o abrir paquetes. El azúcar se disolvió en el líquido oscuro de la taza mientras, a través de la ventana, algunos estudiantes con impermeable amarillo saltaban en los charcos. Su vívido color traspasaba el velo gris de la llovizna, señalando recuerdos de esos días de comienzos iguales y finales parecidos. De buscar el final del bucle infinito, cortando los hilos que enmarañaban la larga noche. De caminar incontables senderos falsos para convertirse en la piedra angular de la verdad.
Cuando la lluvia cesó, Chisa salió del Archivo con un libro. La brisa húmeda de la tarde levantó su cabello recién cortado. El campus se extendía ante ella, vivo con el suave resplandor del rocío de la lluvia. Y cerca vio a un grupo de estudiantes del Departamento de Ingeniería, debatiendo acaloradamente acerca de un dispositivo flotante. Uno de ellos la vio a través de la niebla que se desvanecía, la saludó efusivamente y la invitó a unirse.
Ella observó a estas almas jóvenes y fervientes, compañeros bajo el mismo cielo, compartiendo el objetivo de alzarse sobre el manto de estrellas. Y se dio cuenta, con una claridad sorprendente, de que ya no era una vagabunda perdida en un bucle infinito. Tras un período de estancamiento, su vida ya formaba parte de esa corriente que arrastraba a todo el mundo hacia adelante.
Al fin había dejado atrás ese verano infinito, y con paso firme, caminó hacia su nuevo futuro.
Líneas de Voz de Chisa
Pensamientos: I
Estas tijeras niqueladas pesan unos 152 gramos. Su ángulo máximo de apertura es de unos 60 grados, justo lo suficiente para cortar lana gruesa, incluso la felpa acolchada oculta en la costura. Siempre he sido capaz de calcular números así, desde niña. Pero cuando ese poder extraño y aterrador descendió sobre mí, comencé a ver más. Ahora, incluso una sola pulgada es un mundo entero.
Pensamientos: II
Cuando era pequeña, me sentaba en el porche de casa, escuchando las cigarras mientras recortaba papel de colorines en forma de peces dorados y estrellas de la suerte. Mi madre estaba cerca, cosiendo yukatas. El ventilador eléctrico crujía al girar, y había aburridos culebrones de mediodía en la televisión... Ahora que lo pienso, esos veranos eran un auténtico lujo.
Pensamientos: III
En Honami, el verano nunca termina. Pero no hay cigarras, ni campanillas de viento nocturnas; solo el bucle infinito del Lamento. A veces, encuentro viejas cajas con chuches en tiendas abandonadas. Normalmente, los seres vivos no deberían sentir hambre dentro de una Esfera Sonora, pero ese dulzor siempre me evoca recuerdos de celebraciones en casa, con las manos repletas de golosinas. Perdón, supongo que ya nada de eso importa.
Pensamientos: IV
Yo no soy buena con las caras. Cuando era pequeña, la gente siempre me decía que me quedaba atascada en los detalles. Pero cuando comenzaron a difuminarse los rostros de la gente, tuve que aprender a fijarme en esos detalles. En esta Sonora, la «muerte» es temporal. Aquellos que desaparecen, reaparecen como si nada, así que voy tomando notas mentales. La mancha de grasa en la manga del tendero al otro lado de la calle, la forma de la horquilla del cabello de la dependienta en la tienda... De esa manera, aunque sus caras estén borrosas, yo sé quiénes son.
Pensamientos: V
Desde primaria, era una estudiante de matrícula de honor. Calificaciones estables. Asistencia perfecta. Letra pulcra. Deberes siempre a tiempo. Ni una sola arruga en mis libros de texto. Para la mayoría de la gente, eso me define, y la verdad es que no me molesta. La gente siempre ha confiado en mí por esas cosas sin conocerme realmente. Pero contigo es diferente. No viniste a mí al verme «hacerlo todo bien». No te quedaste porque parecía «fiable». Hemos estado {Male=juntos;Female=juntas} al borde del colapso de esta ciudad, una y otra vez. Por eso quería contarte esto. Como ya dijiste, somos {Male=compañeros;Female=compañeras}, así que confío en ti sin dudar lo más mínimo.
El pasatiempo de Chisa
Manualidades, confección, matemáticas... Sí, diría que soy bastante buena en esas cosas.
El problema de Chisa
Probablemente sea por mi falta de expresividad. Mucha gente piensa que soy «difícil de abordar». No es que la gente no me guste, es que no sé cómo hacerlo natural.
Comida favorita
Chocolatinas... Una antigua compañera de clase me dio una vez y me dijo algo como: «Si sigues frunciendo el ceño así, te vas a quedar sin azúcar en sangre». Realmente no sé muy bien por qué, pero desde que probé la primera, siempre tengo alguna a mano. Son buenas para un chispazo de energía y mantienen mi cabeza despejada. Por eso suelo tenerlas.
…Aunque tengo que admitir que el de chocolate sabe mejor que el de fresa.
…Aunque tengo que admitir que el de chocolate sabe mejor que el de fresa.
Comida que no le gusta
Comida picante. Probé algo en Huanglong mientras estaba en Costa Negra, y era... única. Fue la primera vez que me percaté de mi nula tolerancia a las especias, pero tal vez eso podría cambiar con algo de práctica. Tendré que probar más.
Ideales
No tengo grandes ideales. Solo sé que, cuando veo algo que no me gusta, no puedo hacer como si nada. Si puedo ayudar con mis habilidades, aunque sea un poco, seguiré usándolas.
Chat: I
Estas tijeritas que siempre llevo conmigo son un regalo de mi madre. Las usó siempre como costurera. Luego me las dio para arreglar mi nuevo uniforme escolar, el que llevé a la orientación. No me quedaba muy bien, así que me lo ajusté yo misma. Son un hilo invisible que me une a mis padres. Discreto, pero siempre tira de mí hacia delante.
Chat: II
El día que me pusieron este collar, llovió por primera vez en semanas, en mi ciudad natal. Observé esa lluvia y las nubes de tormenta a través de la ventana, y extrañamente, me sentí aliviada. Mi habilidad de resonancia había sido restringida, y me dije: «Ya no te odiarán más».
Acerca de Sumika
Sumika fue la primera que descubrió el «patrón de bucle» de la Sonora . Solíamos pasar noches en vela en la casa segura, procesando datos. Yo necesitaba café para mantenerme concentrada, pero ella siempre estaba alerta, casi hasta un punto maniático... pero necesitaba profundamente entender la verdad detrás del Lamento de la ciudad. Tal vez esa es simplemente la naturaleza de un verdadero investigador. Como ella dijo, incluso la ecuación más peligrosa necesita a alguien dispuesto a resolverla.
Acerca de Namipón
Nacido del amor. Siempre amable y fiable... así es el guardián de la ciudad de Honami. O al menos, así es como le gusta presentarse. Cuando estás cerca de Namipon, sientes paz. Es difícil de explicar. A veces me sigue, en silencio, y yo no me doy cuenta hasta que se frota contra mí, con su suave pelaje en mi brazo, y me pregunta si quiero café. Pero hay algo más bajo esa cara. Algo grandioso. Tal vez solo está... tratando de devolver el amor que la gente una vez le dio.
Acerca de Buling
Es una taoísta muy... fascinante. Si recuerdo bien, es de Mengzhou , en Huanglong , ¿no? Siempre habla con metáforas extrañas y dichos locales, y presume de las antigüedades raras que lleva consigo. Una vez intentó venderme unas baratijas. Que si me llevaba dos, me hacía un descuento, o algo así. Igual acepto su oferta, a ver qué pasa.
Acerca de Guardacostas
Guardacostas me ayudó mucho mientras me recuperaba en Costa Negra . Me costó adaptarme, pero con el tiempo, comencé a sentir que es un lugar casi como hogareño. Un día, Guardacostas me llevó a la playa en el Refugio de Brotes para ver las estrellas. Eran infinitas, y me encontré pensando en las veces que Sumika debía haber visto ese mismo cielo, imaginando un futuro.
Deseos de cumpleaños
Un cumpleaños no es solo el aniversario de tu nacimiento. También es un recordatorio de que aún estás aquí. Para mí, con eso ya es importante.
Así que, por favor, continúa cuidándote, mantén la cabeza fría, infinitamente capaz, y siendo alguien en quien confiar. Que cada uno de tus días transcurra sin problemas, y que siempre haya alguien caminando a tu lado.
Ese es el deseo de cumpleaños más conciso y práctico que pude concebir.
Así que, por favor, continúa cuidándote, mantén la cabeza fría, infinitamente capaz, y siendo alguien en quien confiar. Que cada uno de tus días transcurra sin problemas, y que siempre haya alguien caminando a tu lado.
Ese es el deseo de cumpleaños más conciso y práctico que pude concebir.
Inactivo: I
Hmm… Ese no es. Es este.
Inactivo: II
*Sonido de esfuerzo*
Inactivo: III
…Vas para allí, entonces.
Autopresentación
Kuchiba Chisa, de la División de Desarrollo Táctico, Departamento de Ingeniería, Academia Fuegostelar. Especialización de Forte: disección estructural... Disculpas, tal vez este no sea el momento para formalidades.
Saludo
Voy a cortar este punto muerto.
Unirse al equipo: I
Vamos a darle un tijeretazo.
Unirse al equipo: II
Hora de recortar las cosas.
Unirse al equipo: III
Trabajemos {Male=juntos;Female=juntas} de nuevo.
Ascensión: I
Los hilos... Ahora los veo con más claridad.
Ascensión: II
La estructura es más compleja, pero también más identificable.
Ascensión: III
Mi energía de resonancia continúa expandiéndose. No te preocupes, puedo controlarla.
Ascensión: IV
Esto no ha sido una casualidad, ni coincidencia. Hay una abertura en el punto muerto. Lucharemos {Male=juntos;Female=juntas}, como antes.
Ascensión: V
Da igual dónde nos lleve esto, Voy a entregarme por completo.
Ataque básico: I
Cortado al milímetro.
Ataque básico: II
Extirpado en un momento.
Ataque básico: III
¡A desmontar!
Ataque básico: IV
¡Hecho trizas!
Ataque básico: V
¡A despedazar!
Ataque básico: VI
Conexiones cortadas.
Ataque básico: VII
¡Vamos a cortar las cifras!
Ataque básico: VIII
Los hilos convergen.
Ataque cargado: I
Nudo deshecho.
Ataque cargado: II
Desviación corregida.
Habilidad de resonancia: I
Centro exacto, fijado.
Habilidad de resonancia: II
¡Ojo del desenredo!
Habilidad de resonancia: III
Puntos de estrés localizados.
Habilidad de resonancia: IV
¡Esto termina aquí!
Habilidad de resonancia: V
Colapso estructural.
Liberación de resonancia: I
Un momento crucial.
Liberación de resonancia: II
¡La nada, deconstruida!
Liberación de resonancia: III
Ven... encuentra tu final.
Habilidad Intro: I
Línea vital sesgada.
Habilidad Intro: II
¡Parpadea!
Circuito del Forte: I
Punto de ruptura fijado.
Circuito del Forte: II
Fractura marcada.
Golpe: I
...El corte no es profundo.
Golpe: II
Un error de cálculo.
Herido: I
Integridad estructural intacta. Continúa.
Herido: II
Aún hay tiempo... antes de que los hilos se rompan.
Herido: III
Duele...
Derrotado: I
No hay... vuelta atrás.
Derrotado: II
¿Es aquí hasta donde llego...?
Derrotado: III
Así que... este es el final.
Invocación de Eco
Parpadea hacia una forma.
Transformación de Eco
En un abrir y cerrar de ojos.
Enemigos acercan
¡Obstrucción!
Planeo
Trayectoria calibrada.
Sensor
Análisis estructural completo.
Cofre de suministros: I
Hagamos que merezca la pena.
Cofre de suministros: II
Un rendimiento aceptable para el esfuerzo invertido.
Cofre de suministros: III
Más suministros. Esto nos durará unos días.